La noche de los lobos
Los lobos no aullaron. Eso fue lo que más tarde recordó Nadir.
Llegaron sin anunciarse, sombras bajas entre las dunas, atraídos por un animal enfermo que los camelleros habían intentado mantener en marcha demasiado tiempo. El primer grito fue de un niño. Luego el campamento se rompió en fuego, órdenes y cuerpos buscando algo que agarrar.
Qamar no perdió la calma. Mató al primer lobo con una lanza corta y empujó a Nadir hacia el círculo de antorchas.
—Protege el agua, no tu orgullo.
Era una frase excelente porque no daba tiempo a discutirla.
Salma luchó junto a Laila. Laila, que nadie habría descrito como valiente si la viera regatear en un mercado, clavó un cuchillo en el hocico de un animal que se abalanzaba sobre Samir. Después vomitó detrás de un saco de sal.
—No digáis nada —murmuró.
—No íbamos a hacerlo —dijo Salma.
—Eso dicen todos antes de contarlo mal.
La noche dejó dos hombres heridos, un camello muerto y una niña con una mordida en el brazo. Ishaq limpió la herida con vino mientras la niña insultaba a sus antepasados con una creatividad que hizo sonreír incluso a Qamar.
Nadir, en cambio, no podía apartar la vista de la arena.
Allí donde había caído la sangre del lobo, la tierra había formado una figura: una estrella incompleta.
No era milagro. Eso se dijo. La sangre corre por la pendiente, la arena hace caprichos, el miedo dibuja lo que necesita. Pero cuando Salma se agachó a mirarla, su rostro perdió color.
—Mi madre llevaba esa marca bordada por dentro del manto.
Nadir sintió que el desierto dejaba de ser paisaje y se convertía en alguien que respondía tarde.
Esa madrugada, Rodrigo apareció en el borde de una duna, solo, demasiado lejos para atacarlos y demasiado cerca para ser sueño.
Levantó una mano.
No saludaba.
Contaba.
Como quien mira una mesa y decide qué piezas va a quitar primero.