La ciudad que soñaba con el mar La caravana
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La caravana

—Eso no tranquiliza —dijo Nadir.

—Tranquilizar es cosa de madres y vendedores de alfombras —respondió Qamar—. Yo llevo gente de un sitio a otro. A veces llega.

El grupo pagó por mezclarse entre mercancías de sal, cuero y cerámica. Ishaq entregó parte de las monedas con la tristeza de quien se despide de hijos obedientes. Rafiqa les había dado ungüentos, dátiles secos y una advertencia: no bebáis de manos demasiado amables.

Al principio el viaje casi pareció normal.

Había discusiones por el paso, niños llorando de aburrimiento, hombres que exageraban rutas pasadas, mujeres que corregían esas exageraciones sin levantar la voz.

Laila se ganó la confianza de dos comerciantes jugando a los dados y perdiendo lo justo para que quisieran seguir cerca.

Samir caminaba con Nadir.

—¿Tú crees que la ciudad tendrá fantasmas?

—Espero que no.

—Entonces será aburrida.

Nadir lo miró. El muchacho fingía ligereza, pero dormía encogido, con un cuchillo pequeño bajo la manga. Todos llevaban sus ruinas de viaje.

La primera noche, el cielo se abrió de una manera que a Nadir le pareció indecente. Demasiadas estrellas. En Toledo el cielo se veía entre tejados; allí no había nada que lo defendiera a uno de su tamaño.

Salma se tumbó a poca distancia.

—Cuando era pequeña, mi madre decía que cada estrella era una pregunta que nadie había sabido apagar.

—Mi padre decía que eran cálculos.

—Tu padre arruinaba muchas cosas hermosas.

—Sí.

Se rieron bajo. No de felicidad. De cansancio compartido, que a veces se parece.

El primer pozo apareció al tercer día. El agua sabía a hierro y a vieja promesa rota. Qamar bebió primero para demostrar que no mataba. Nadie dijo que eso bastara.

Cuando Nadir llenó su odre, vio en el fondo del pozo un reflejo que no era el suyo: una puerta blanca, cerrada bajo el agua.

No se lo contó a nadie hasta que el reflejo parpadeó.