El ciego que leía mapas
Idris le pidió a Nadir que cerrara los ojos.
—Ya veo bastante poco por los dos —protestó el muchacho.
—Precisamente.
Le puso las manos sobre el mapa de cuero.
No era liso. Cada línea estaba levantada con hilo, cada pozo marcado por una cuenta, cada peligro por una pequeña espina cosida.
Nadir recorrió el relieve con torpeza. Al principio solo sintió formas.
Luego, poco a poco, empezó a sentir decisiones: aquí alguien eligió evitar una garganta; aquí una caravana se partió; aquí un camino murió porque los vivos dejaron de nombrarlo.
—Leer no es mirar —dijo Idris—. Tu padre lo sabía. Por eso escondía cosas donde los ojos se confían.
Nadir retiró las manos.
—Todo el mundo me dice lo que sabía mi padre.
Idris sonrió.
—Es lo malo de los muertos reservados. Dejan herederos llenos de comentarios ajenos.
El ciego les habló de la tercera llave. No era objeto entero, sino señal repartida en tres pozos. El primero contenía agua amarga; el segundo, agua dulce; el tercero no contenía agua, pero sí su recuerdo.
—¿Y eso qué significa? —preguntó Laila.
—Que deberéis pasar sed, supongo.
—Qué generoso el destino.
Idris no les dio una ruta segura. Les dio una ruta posible. La diferencia pesaba.
Antes de partir, Nadir se quedó a solas con él.
—¿Conociste a Yusuf?
—Sí.
—¿Lo querías?
El ciego tardó.
—A veces. Y a veces quería empujarlo por una escalera. Una amistad decente necesita ambas posibilidades.
Nadir tragó saliva.
—¿Fue cobarde?
—Claro. También fue valiente. También fue vanidoso, tierno, mentiroso, generoso y insoportable cuando ganaba al ajedrez. Hijo, solo los relatos malos hacen de un hombre una sola cosa.
La frase se le quedó dentro. No como consuelo, sino como tarea.
Cuando salió, Salma lo esperaba en la calle con una capa nueva.
—La compré con dinero de Harun.
—¿No era para emergencias?
—Lo es. Tu aspecto empezaba a ser una emergencia.
Nadir se la puso. Olía a lana barata y mercado caliente. Por alguna razón, aquel gesto le dolió más que muchas palabras dulces.