Fez
Nadir se sintió de nuevo analfabeto.
Sabía leer tres alfabetos y, aun así, no sabía leer una ciudad.
Ishaq tenía allí un contacto. Eso dijo. Después de Toledo, Córdoba y Granada, Nadir había aprendido que contacto significaba alguien que quizá no te vendiera si el día era bueno.
El contacto se llamaba Rafiqa y tenía una tienda de perfumes. Era pequeña, anciana y feroz. Antes de saludarlos, les hizo lavarse las manos.
—No quiero polvo cristiano, judío ni musulmán sobre mis frascos. El polvo es igual de pesado venga de donde venga.
Samir la miró fascinado.
—¿Usted oye muertos?
—Oigo vivos, que es bastante peor.
Rafiqa conocía al ciego que leía mapas. Vivía cerca de los curtidores, en una habitación llena de cordeles tensados y tablillas perforadas. Había perdido los ojos en una revuelta, pero no la vanidad. Cuando Ishaq dijo su nombre, el hombre sonrió hacia un lugar equivocado.
—Ishaq ben Ezra. Sigues vivo por pura mala educación.
—Y tú sigues cobrando por mirar sin mirar.
El ciego se llamaba Idris. Tocó la llave de hueso, luego la de cobre, luego el anillo de Nadir. Sus dedos eran finos y seguros, como arañas con memoria.
—Falta la llave de agua —dijo.
—Estamos rodeados de fuentes —murmuró Laila.
—No toda agua moja.
Nadir se habría impacientado semanas atrás. Ahora empezaba a entender que los viejos sabios hablaban así no porque fueran profundos, sino porque disfrutaban viendo sufrir a los jóvenes.
Idris extendió un mapa de cuero marcado con relieves. No dibujaba caminos. Dibujaba ausencias: pozos secos, caravasares abandonados, tumbas sin inscripción, valles donde los hombres evitaban pasar aunque el rodeo costara días.
—La ciudad que buscáis no está perdida —dijo—. Está apartada. Perder algo es un accidente. Apartarlo durante siglos es una voluntad.
Fuera, Fez seguía gritando. Dentro, Nadir oyó por primera vez algo parecido a respeto hacia aquello que perseguían.