La ciudad que soñaba con el mar Nadie cruza una frontera limpio
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Nadie cruza una frontera limpio

Harun desapareció antes de llegar al mar.

Dejó una nota bajo la taza de Ishaq, escrita con una elegancia irritante: Puedo alejar a Rodrigo si camino hacia el este. No me perdonéis demasiado pronto; podría acostumbrarme.

Salma leyó la nota una vez. Luego la rompió en cuatro pedazos y los tiró al fuego.

—Idiota.

No sonó como insulto. Sonó como despedida.

El camino hacia la costa fue más pobre que hermoso.

Aldeas quemadas por impuestos, campos agrietados, niños que miraban a la mula como si también ella pudiera deberles algo.

Nadir empezó a entender que la historia no era una línea de ciudades brillantes.

Era una suma de mesas sin pan, nombres tachados, mujeres que escondían monedas bajo una baldosa y hombres que hablaban de Dios mientras contaban beneficios.

Cuando vio el mar por primera vez, no dijo nada.

Había copiado mapas durante años. Había trazado costas con tinta limpia, bahías obedientes, monstruos ornamentales en los márgenes. Nada de eso servía. El mar no cabía en una palabra. Respiraba. Se movía como una bestia inmensa que no necesitaba conocerlo para poder tragárselo.

Laila fue la primera en reír.

—Demasiada agua junta. Mala administración.

Samir, con la sandalia ajena todavía atada al pie, preguntó si al otro lado había más mundo o si era una exageración de los comerciantes.

Ishaq se sentó en una roca.

—El mar siempre exagera. Por eso los hombres lo respetan.

La noche antes de embarcar, Salma y Nadir caminaron por la playa. No hablaron de amor. Habría sido una torpeza. Hablaron de miedo, que a veces es más íntimo.

—Tengo miedo siempre —dijo ella.

—No lo parece.

—Porque aprendí a dejarlo caminar detrás.

Nadir recogió una concha rota. La guardó sin saber por qué.

—Empiezo a odiar menos a mi padre. Eso me asusta.

Salma miró la línea negra del agua.

—Perdonar no es absolver. A veces solo es cansarse de vivir atado al mismo golpe.

A la mañana siguiente subieron a un barco que olía a brea, pescado y promesas dudosas. El patrón juró que el viaje sería tranquilo. Ishaq pagó antes de escucharlo terminar.

—Cuando un marinero dice tranquilo, se refiere a que espera sobrevivir él.