La ciudad que soñaba con el mar El muchacho que escuchaba a los muertos
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El muchacho que escuchaba a los muertos

Samir conocía los jardines como otros conocen una oración: sin pensar, con el cuerpo. Saltó un murete, se deslizó por un canal vacío y apareció al otro lado de una fila de cipreses antes de que Nadir entendiera por dónde había pasado.

—¡Aquí, escribano!

Nadir no era escribano, pero no tenía aliento para corregirlo.

Rodrigo no corría. Sus hombres sí. Eso decía mucho de él. Los hombres que mandan a otros a ensuciarse las manos rara vez llegan sudados a la historia.

Laila perdió una sandalia y siguió descalza. Ishaq se quedó atrás un instante, jadeando, y Salma volvió por él sin épica, sin frase, agarrándolo del brazo como quien recoge una parte necesaria del mundo.

Harun apareció por una puerta lateral. Tenía sangre en la ceja y la llave de hueso en la mano.

—No me miréis así. Me han pegado antes de que pudiera arrepentirme mejor.

Salma le cruzó la cara de una bofetada.

El golpe sonó seco. Harun lo aceptó.

—Eso también lo merecía.

No hubo tiempo para más. Samir los metió en una estancia baja, llena de tinajas vacías.

Desde allí pasaron a un pasillo de servicio.

Nadir oyó a Rodrigo llamar a Salma por su nombre.

No con odio. Con conocimiento. Como si todo lo que uno era pudiera convertirse en herramienta si caía en la boca adecuada.

—Zahra murió por menos —dijo la voz.

Salma se detuvo.

Nadir le tomó la mano. No lo pensó. Ella tampoco se apartó.

—No le regales tu dolor —susurró.

Quizá fue la frase correcta. Quizá solo fue una frase dicha en el único momento posible. Salma siguió caminando.

Escaparon por una puerta de servicio hacia una calle llena de humo de hornos. Samir los llevó a casa de su tía, que no era su tía, y de allí a una azotea donde las mujeres tendían sábanas y fingían no ver a los fugitivos que pasaban entre ellas.

Cuando por fin estuvieron a salvo, Samir reclamó pago.

—¿Cuánto? —preguntó Ishaq.

—Llévenme con ustedes.

Todos lo miraron.

El muchacho se encogió de hombros.

—Los muertos hablan menos cuando uno se queda demasiado tiempo en el mismo sitio.

Laila le devolvió la sandalia perdida. No era la suya, pero a Samir le valió.