Granada, la roja
Granada no se despertaba: se desdoblaba. Primero abrían los hornos, luego los patios, luego las voces de los vendedores. Más tarde aparecían los hombres importantes, con sus túnicas limpias y sus urgencias fabricadas. Para entonces, las mujeres ya habían sostenido media ciudad sobre los hombros.
Harun los condujo por callejones altos hasta una casa con la puerta azul. Allí vivía Samir, un muchacho que, según Harun, oía a los muertos. Según Laila, lo que oía eran bolsillos ajenos.
Samir tendría trece años, quizá catorce, y la cara de quien había aprendido a parecer más pequeño cuando convenía. Les abrió con una aceituna en la boca y un gato bajo el brazo.
—No están.
—¿Quiénes? —preguntó Nadir.
—Los que buscáis antes de saber que los buscáis.
Laila le quitó la aceituna de los dedos y se la comió.
—Este me cae mal. Eso suele ser buena señal.
Samir sabía entrar en los jardines altos de la Alhambra por un canal de mantenimiento. También sabía dónde dormían los guardias, quién bebía de más y qué cocinera cambiaba información por canela. No sabía, o fingía no saber, quién había pagado por preguntar sobre ellos aquella mañana.
Subieron al atardecer. Desde las murallas, Granada parecía hecha para engañar a los ojos: roja, dorada, delicada. Nadir pensó en Toledo gris bajo la lluvia y sintió una nostalgia inesperada por su fealdad familiar.
Salma caminaba junto a él.
—No mires tanto.
—¿Por qué?
—Porque luego cuesta irse.
Esa frase le dijo más de Granada que cualquier guía.
La segunda mitad de la llave estaba escondida en un canal seco, bajo una placa de mármol con versos casi borrados. Harun la encontró antes que nadie. Durante un segundo, demasiado breve y demasiado claro, dudó. Nadir lo vio. Salma también.
Rodrigo apareció al otro lado del jardín con tres hombres.
—Harun —dijo—. Siempre tan útil.
La traición no fue una sorpresa. Lo que dolió fue que, aun sabiéndola posible, una parte de ellos había querido lo contrario.
Harun cerró la mano sobre la llave. Su rostro se vació de encanto.
—Corred —dijo.
Y por primera vez desde que lo conocían, pareció no estar vendiendo nada.