La ciudad que soñaba con el mar El precio de una traición
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El precio de una traición

Harun no pidió oro. Eso inquietó más a Ishaq que si hubiera pedido el doble.

—Quiero una copia —dijo—. De lo que encontréis.

—No sabes lo que encontraremos —respondió Salma.

—Por eso lo quiero.

Estaban sentados en un patio con una parra vieja y una fuente que murmuraba como si no quisiera mezclarse en asuntos humanos.

Laila comía dátiles de un cuenco sin que nadie se los hubiera ofrecido.

Nadir observaba a Harun y pensaba que los traidores no siempre tenían cara de sombra; algunos olían bien, servían vino dulce y usaban palabras suaves.

Salma se negó.

Harun no discutió. Sacó de una caja la otra mitad de la llave de hueso y la dejó sobre la mesa. El sonido fue leve, pero todos lo escucharon como una amenaza.

—Tu madre vino a verme antes de desaparecer —dijo.

Salma se quedó quieta.

—Mientes.

—Claro. Pero no en eso.

Nadir sintió el eco de su propia escena en Toledo. El mundo tenía una forma mezquina de repetir las heridas, cambiándoles el nombre.

Harun contó que Zahra, la madre de Salma, llegó a Granada con un mapa cosido en el forro del manto y miedo a quedarse dormida. Buscaba la ciudad enterrada no por fe, ni por gloria, sino porque creía que allí había una lista de nombres salvados de las hogueras y las conversiones forzadas.

—Tu madre quería demostrar que algunos muertos habían vivido de otro modo —dijo Harun—. A veces eso basta para que los vivos respiren.

Salma bajó la mirada. Durante años había sostenido su rabia como se sostiene una lámpara en una casa oscura: con miedo a que, si se apagaba, no quedara nada. De pronto aquella rabia empezaba a iluminar otras cosas.

Aceptaron el trato con una condición: Harun viajaría con ellos hasta encontrar la segunda llave completa. Él aceptó demasiado deprisa.

Esa noche, Nadir no durmió. Oyó a Salma llorar detrás de una celosía. No era un llanto grande. Era peor: un llanto bien educado, de los que han aprendido a no molestar. No fue a consolarla. No habría sabido cómo. Se quedó al otro lado, sentado en el suelo, haciéndole compañía sin invadir su dolor.

A la mañana siguiente Salma salió con los ojos secos.

—No digas nada.

—No iba a hacerlo.

—Eso también cuenta.

Y siguieron adelante, un poco menos solos, aunque ninguno supiera admitirlo sin arruinarlo.