El jardín de agua
Llegaron de noche, después de un camino áspero y de dos mentiras mal pagadas. Granada se levantaba roja sobre la colina, con torres que parecían recién salidas de la tierra. A Nadir le pareció una ciudad hermosa y vigilante, como una mujer que ha aprendido a sonreír con un cuchillo bajo la manga.
Salma caminaba más despacio desde que habían cruzado la última puerta. No cojeaba, no se quejaba, no pedía descanso. Solo miraba demasiado las esquinas.
—Aquí vivías —dijo Nadir.
—Aquí me enseñaron a no decir dónde vivía.
El jardín pertenecía a una familia caída en desgracia. El agua seguía corriendo por los canales estrechos, aunque nadie cuidaba ya los arrayanes. La fuente central estaba seca. En el fondo, entre hojas podridas, había una piedra marcada con la estrella de ocho puntas.
Laila se arrodilló y metió la mano.
—Si sale una serpiente, me quejaré a vuestros muertos.
No salió una serpiente. Salió una pieza de hueso pulido, blanca como una muela vieja. No era aún la segunda llave, sino una mitad. La otra debía estar en la casa de Harun al-Qattab, el hombre que había enseñado a Salma a leer mapas y a desconfiar de los maestros.
—No iremos a verlo —dijo ella.
Ishaq se limpió el polvo de las mangas.
—Entonces pasearemos por Granada hasta que Rodrigo nos encuentre. Es una opción poética, pero incómoda.
Salma lo fulminó con la mirada.
—Harun vende a cualquiera si la palabra correcta se le pone delante.
—Todos vendemos algo —dijo Ishaq—. La cuestión es saber si aún queda algo que no tenga precio.
La casa de Harun olía a granada abierta, tabaco y papeles viejos. Él los recibió con la sonrisa de quien ya había calculado cuánto valía cada visitante. Era un hombre delgado, elegante, con barba cuidada y ojos de mercader aburrido.
Al ver a Salma, la sonrisa le cambió.
—Volviste.
—No por gusto.
—Eso dicen todos los que regresan a un sitio que les ganó.
Harun los dejó pasar. Nadir no necesitó que nadie se lo explicara: entre Salma y aquel hombre había una historia mal enterrada. Y las historias mal enterradas, como los cadáveres en tierra húmeda, acaban levantando la superficie.