La carta escrita en tres alfabetos
No porque estuviera cifrada de forma difícil, sino porque cada línea parecía apartar la cara cuando él estaba a punto de entenderla.
Las letras árabes conducían a una palabra hebrea; la palabra hebrea se rompía en una abreviatura latina; el latín devolvía el sentido a una raíz antigua que Ishaq pronunciaba con cuidado, como quien desentierra un hueso.
Trabajaron en la habitación de una casa prestada, con las ventanas cerradas y una vela metida dentro de un cuenco para que no se viera desde fuera. Córdoba seguía despierta al otro lado de los muros: agua, pasos, voces, alguna risa. Aquella normalidad hacía más estrecha la habitación.
—Tu padre no escribía para ser entendido —dijo Salma.
—Escribía para que Rodrigo no entendiera.
—También para que tú tardaras.
Eso le dolió más de lo razonable. Nadir dejó la pluma.
—¿Por qué todos habláis de mi padre como si hubiera sido un santo torpe? Si quería protegerme, pudo decirme la verdad.
Ishaq no levantó la vista.
—Hay padres que creen que ocultar el incendio es lo mismo que apagarlo.
Laila soltó una risa baja.
—Mi madre me ocultó una deuda durante dos años. La deuda siguió creciendo, pero ella dormía mejor.
El comentario rompió algo de tensión. No alegría; la alegría era todavía demasiado cara. Pero sí un poco de aire.
Al amanecer descifraron el mensaje. No era una dirección. Era una frase:
Donde el agua no cae, busca el jardín que recuerda.
Ishaq cerró los ojos.
—Granada.
Salma apoyó la frente en la pared. No fue cansancio solamente. Fue memoria.
—No quiero volver allí.
Nadir la miró. Estaba acostumbrado a verla hecha de filo, de paso firme, de respuesta rápida. De pronto parecía una mujer joven que había olvidado dónde dejar el miedo.
—¿Qué hay en Granada?
—Lo que dejé cuando creí que marcharme bastaba.
Nadir no insistió. Aprendía despacio, pero aprendía: hay puertas que se abren mejor si uno no empuja delante de todos.
Esa tarde, mientras se preparaban para salir, Farach les entregó una bolsita con monedas, una aguja larga y un frasco de tinta azul.
—La tinta es mejor que el oro —dijo.
—Depende de la taberna —respondió Laila.
Farach no sonrió.
—El oro compra una noche. La tinta puede cambiar un siglo, si no la coge un idiota.
Nadir guardó el frasco junto al pergamino. Por primera vez desde Toledo sintió que no llevaba solo una carga. Llevaba una herramienta. Y eso, aunque no salvara a nadie todavía, cambiaba la forma de respirar.