La biblioteca vacía
La biblioteca no estaba escondida tras un muro solemne ni bajo una mezquita antigua. Estaba detrás de una tienda de tintes, entre cubas de añil y lana húmeda, en una calle donde nadie miraba dos veces porque el olor empujaba a seguir caminando.
Farach, el guardián, les abrió con una mano en el cerrojo y otra dentro de la túnica. Tenía un ojo blanco y el otro demasiado vivo.
—Aquí no hay libros.
—Eso dicen todas las bibliotecas que quieren llegar a viejas —contestó Ishaq.
Farach los dejó pasar después de mirar la llave de cobre. No la tocó. Algunos objetos, pensó Nadir, no se cogen con los dedos sino con deudas.
Dentro no había estantes. Solo paredes desnudas, marcas rectangulares en la cal y un polvo fino que olía a abandono. Nadir sintió una tristeza rara. No tristeza por libros que hubiera leído, sino por los libros que habían sido obligados a desaparecer sin dejar ni el hueco de su voz.
—Los quemaron —dijo.
Farach escupió al suelo.
—Peor. Los repartieron entre hombres que no sabían leerlos. El fuego al menos es sincero.
Bajo una losa del suelo conservaba una caja de ciprés. Dentro había un comentario de Aristóteles, un trozo de seda verde y una nota de Yusuf escrita en el margen de una página arrancada. La letra era la misma, pero Nadir la sintió distinta: menos padre, más fugitivo.
Lo que gira no vuelve al mismo lugar; vuelve cambiado.
Debajo aparecía una secuencia de letras en árabe, hebreo y latín. Ishaq la copió en un trozo de tela. Salma vigilaba la puerta. Laila, sin pedir permiso, pasó los dedos por las paredes vacías.
—Mi abuelo decía que un libro robado pesa más que uno comprado.
—Tu abuelo era honrado —dijo Farach.
—No. Era librero. Se parecen solo cuando conviene.
Nadir sonrió sin querer. Fue un gesto pequeño, casi una traición al duelo. Se avergonzó al instante. Salma lo vio y no dijo nada. A veces el silencio es la única forma decente de dejar vivir a alguien.
Cuando las botas de Rodrigo sonaron en la calle, Farach no pareció sorprendido.
—Tejados —dijo.
Subieron por una escalera tan estrecha que Ishaq maldijo a todos los arquitectos de Córdoba, vivos y muertos. Pasaron al tejado de una viuda que regaba albahaca con cara de odiar la interrupción más que el peligro. Ella miró a Nadir, luego a Salma, luego a la calle.
—Si vais a morir, hacedlo lejos de mis macetas.
Nadir pensó que quizá el mundo seguía en pie gracias a personas que no se creían heroínas.