La primera llave
Maryam no se despidió de nadie. Alzó la estera, abrió la trampilla y puso en la mano de Nadir una llave de cobre, tan pequeña que daba vergüenza pensar que alguien hubiera muerto por ella.
—No abre puertas —dijo—. Las puertas son para los ricos y los cobardes. Esto abre lo que se tapa.
Nadir quiso preguntar cuánto sabía, desde cuándo, por qué todos parecían haber recibido una parte de su padre menos él. Pero arriba Rodrigo ya golpeaba la entrada. No el golpe del que pide permiso: el del que avisa a la casa de que su voluntad ha terminado.
Maryam le cerró los dedos sobre la llave. Tenía las manos calientes, ásperas de fregar, de cargar agua, de sobrevivir sin ponerle nombre bonito a la supervivencia.
—Tu padre me salvó una vez. Luego me hizo jurar que no volvería a verlo. Los hombres buenos también saben ser crueles cuando tienen miedo.
Salma bajó primero por el conducto. Laila la siguió sin soltar la bolsa. Ishaq tardó más: los huesos viejos no obedecen bien a los pasajes estrechos. Nadir fue el último. Antes de descender, miró a Maryam.
—Vendrán a por ti.
—Ya vinieron muchas veces. Solo que antes traían otros nombres.
La trampilla se cerró sobre su cabeza. El mundo se redujo a barro, piedra fría y respiraciones contenidas.
El agua antigua les lamía los tobillos. Sobre ellos, amortiguada por la tierra, llegó la voz de Rodrigo.
No gritaba. Rodrigo no necesitaba gritar.
Tenía esa clase de autoridad que se aprende cuando demasiada gente ha obedecido demasiado deprisa.
Maryam respondió algo que no pudieron distinguir. Luego una silla cayó. Después silencio.
Nadir quiso volver. Salma le agarró la manga sin mirarlo.
—Hay sacrificios que se respetan caminando.
Él odió la frase. La odió porque sonaba limpia, y nada de aquello lo estaba.
Aun así caminó. El túnel desembocó en un patio de Córdoba abandonado, con una higuera seca y una fuente llena de hojas negras.
Al salir al aire, Nadir abrió la mano. La llave de cobre había dejado una marca roja en su palma.
—Primera llave —murmuró Ishaq.
Laila, que hasta entonces había fingido ser solo una boca rápida y unas manos ligeras, preguntó:
—¿Y cuántas faltan para que esto deje de perseguirnos?
—Dos —dijo Salma.
No sonó a respuesta. Sonó a sentencia.