La ciudad que soñaba con el mar Córdoba no duerme
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Córdoba no duerme

Córdoba olía a agua antes de dejarse ver del todo.

No al agua libre y áspera del Tajo, sino a otra más domesticada: acequias, fuentes, patios interiores, baños tibios, tinajas frescas en la sombra.

Después llegaban los otros olores: pan plano recién hecho, estiércol, cuero curtido, almendras, aceite caliente, sudor humano, tinta, jazmín.

La ciudad no tenía un solo aliento. Respiraba por cientos de bocas a la vez.

Entraron por una puerta secundaria, mezclados con campesinos que llevaban hortalizas y dos hombres que discutían por el precio de una mula coja.

Ishaq había comprado en el camino una capa parda para Nadir y un velo más sencillo para Salma.

Inés se cubrió el rostro sin que nadie se lo pidiera.

No por pudor, pensó Nadir, sino para decidir quién podía verla.

—No miréis como recién llegados —dijo Ishaq.

—¿Y cómo mira uno que no acaba de llegar? —preguntó Nadir.

—Con desprecio leve y preocupación por el precio del pan.

Inés lo hizo al instante.

Salma también.

Nadir fracasó.

Córdoba era demasiado.

Calles estrechas que se abrían de pronto a plazas luminosas.

Muros blancos con sombras azules. Puertas cerradas detrás de las cuales sonaba agua.

Niños que corrían entre burros cargados.

Hombres con turbante, hombres con capucha, mujeres con cestas, ancianos sentados como si llevaran siglos juzgando el mismo rincón.

Un vendedor ofrecía dátiles con voz de profeta.

Otro juraba que su azafrán era tan puro que podía reconciliar matrimonios.

—No compres nada que prometa salvarte la vida o el matrimonio —dijo Ishaq—. Ambas cosas suelen estar pasadas.

Nadir casi sonrió.

Casi.

La belleza de Córdoba le resultaba ofensiva.

Su casa había ardido hacía tres noches. Su madre estaba desaparecida.

Su padre le hablaba desde cartas escondidas.

Y sin embargo la ciudad brillaba, negociaba, comía, dormía la siesta detrás de celosías.

La vida continuaba con una falta de delicadeza que empezaba a parecerle el principal talento del mundo.

—La casa del agua muda —dijo Salma—. ¿Dónde está?

Ishaq no contestó enseguida.

—Primero necesitamos desaparecer.

—Estamos en una ciudad llena de gente —dijo Nadir.

—Precisamente. La multitud no es escondite si alguien sabe qué cara busca.

Los condujo a una callejuela del barrio de los curtidores. Allí las pieles colgaban de cuerdas y el olor era tan intenso que Nadir tuvo que cubrirse la nariz. Ishaq pareció satisfecho.

—Aquí nadie rastrea a nadie por el olfato.

Entraron en una casa estrecha de dos plantas. Les abrió un muchacho de unos doce años, flaco, con ojos demasiado grandes para la cara. Al ver a Ishaq, no sonrió.

—Mi padre dijo que no volviera.

—Tu padre también decía que nunca se casaría con una mujer pelirroja y ahora tiene cinco hijos color zanahoria.

El muchacho meditó el argumento.

—Está muerto.

Ishaq bajó la mirada.

—¿Desde cuándo?

—Dos inviernos.

El anciano permaneció quieto un momento. Luego tocó el marco de la puerta con los dedos, como si saludara a alguien que ya no podía abrir.

—Que su memoria tenga techo.

El muchacho se apartó.

—Mi madre cobra por cama.

—Tu madre siempre fue justa.

—Mi madre siempre fue pobre.

—También.

La casa tenía un patio mínimo, una fuente seca y tres habitaciones para huéspedes. La madre del muchacho, una mujer pelirroja de rostro afilado llamada Raquel, no preguntó nada. Miró a Ishaq como quien recibe una deuda antigua con patas.

—Dos noches —dijo.

—Necesitamos tres.

—Entonces dos y media.

—He echado de menos tu generosidad.

—Y yo tu dinero. Una de las dos cosas existe menos que la otra.

Les dio una habitación con dos jergones. Inés se sentó en uno y se descalzó con la tranquilidad de quien ha decidido que una fuga también puede doler en los pies. Salma inspeccionó la ventana, la puerta, el techo y una grieta en la pared antes de quitarse el manto.

Nadir dejó el anillo sobre la palma de la mano.

La estrella de ocho puntas parecía más pequeña a la luz de Córdoba.

—Maryam la Azul —dijo.

Inés levantó la vista.

—No pronuncies ese nombre tan alegremente.

—No lo he pronunciado alegremente en mi vida.

—Pues tampoco lo pronuncies triste. Aquí las paredes escuchan mejor cuando una palabra pesa.

Ishaq cerró la puerta.

—Maryam no vive en la casa del agua muda. Nadie vive allí. Por eso algunos sobreviven visitándola.

—Hablas como si la conocieras —dijo Salma.

—La conocí cuando todavía no era azul.

—¿Y qué era?

Ishaq miró la fuente seca del patio a través de la ventana.

—Una mujer que sabía leer lo que otros escondían entre líneas. Eso ya era peligroso. Luego aprendió a leer lo que escondían entre silencios. Eso la volvió imprescindible.

Nadir sacó la carta de Yusuf.

—Mi padre confiaba en ella.

—Tu padre confiaba en muy poca gente. Y a veces se equivocaba por compensar.

—¿Eso significa que Maryam puede traicionarnos?

Ishaq se sentó con cuidado.

—Todo el mundo puede. La pregunta es si tendrá un motivo mejor que el nuestro.

Inés se rio.

—Viejo, tú conviertes hasta comprar pan en una discusión con la muerte.

—La muerte compra pan también. Lo mastica despacio.

—Eres insoportable.

—Es uno de los pocos talentos que sobreviven a la edad.

Por la tarde, Salma y Nadir salieron juntos. Ishaq decidió que era menos sospechoso enviar a dos jóvenes que a un viejo judío, una muchacha fugitiva y un muchacho que lo miraba todo como si hubiera nacido la víspera. Inés quiso ir. Salma se negó.

—No me escondo para cambiar de dueño —dijo Inés.

—Nadie te ha llamado propiedad.

—Entonces no decidas dónde me quedo.

Salma sostuvo su mirada.

—Si vienes, y Munio ha avisado a alguien, nos pondrás en peligro.

—Si me quedo, y Munio aparece, me pondréis vosotros en peligro a mí.

Nadir esperaba que Salma discutiera. En lugar de eso, le dio un pañuelo oscuro.

—Cúbrete el pelo.

Inés sonrió.

—Así me gusta. La obediencia mejora cuando parece decisión ajena.

Salma no sonrió.

Fueron los tres.

La casa del agua muda no estaba señalada en ninguna calle. Inés los condujo primero hasta un baño público, luego a una plaza con una fuente llena de niños, después a un callejón que olía a cal y limones. Allí, detrás de una puerta baja sin aldaba, había un corredor estrecho. Al fondo se oía agua.

Pero no corría.

No goteaba.

No cantaba.

Era un sonido quieto, imposible: agua presente sin movimiento, como si alguien hubiera encerrado un río y le hubiera ordenado guardar silencio.

—Por eso el nombre —susurró Nadir.

Inés lo miró.

—Vas aprendiendo a no parecer del todo perdido.

Salma golpeó la puerta interior tres veces.

Nada.

Luego dos.

Nada.

Luego una sola vez.

El agua dejó de sonar.

La puerta se abrió.

Una mujer anciana los observó desde la penumbra. No llevaba velo. Su cabello era blanco, salvo una mecha teñida de azul intenso que le caía junto a la sien como una llama fría. Tenía la piel arrugada, los ojos vivos y una mancha de tinta en la muñeca.

—No vendo remedios —dijo.

—Buscamos a Maryam —respondió Salma.

—Mala costumbre.

—Venimos de parte de Yusuf ibn Farid.

Nadir sintió que la advertencia de su padre se rompía en el aire.

No digas mi nombre.

Salma lo supo en cuanto lo dijo. La anciana también.

Algo cambió detrás de sus ojos.

—Entonces venís tarde —dijo Maryam.

Intentó cerrar, pero Inés metió el pie en la puerta.

—También vengo yo.

Maryam la miró por primera vez.

La dureza de su rostro se abrió apenas.

—No —susurró.

Inés levantó la barbilla.

—Me debes un nombre.

La anciana cerró los ojos.

Durante un instante pareció más vieja que la casa, más cansada que el agua, más sola que todos ellos juntos.

—Pasad —dijo.

El interior era fresco y blanco. En el centro del patio había una alberca cuadrada llena hasta el borde.

El agua no reflejaba el cielo. Reflejaba un techo que ya no estaba.

Nadir se inclinó un poco y vio, en la superficie inmóvil, columnas rotas, lámparas apagadas y una escalera descendiendo hacia una oscuridad azul.

Retrocedió.

—¿Qué es esto?

Maryam lo observó.

—Un lugar donde las preguntas aprenden a tener miedo.

Salma cerró la puerta tras ellos.

—Necesitamos la primera llave.

La anciana soltó una risa breve.

—Todo el mundo necesita algo cuando cruza mi puerta. Los pobres necesitan pan. Los ricos, perdón. Los enamorados, señales. Los perseguidos, llaves. Casi todos confunden necesidad con derecho.

Nadir dio un paso al frente.

—Mi padre me envió aquí.

—Tu padre me pidió que no te dejara entrar.

La frase lo golpeó con más fuerza que cualquier acusación.

—Eso no es posible.

—Las cosas que más duelen suelen serlo.

Maryam se acercó al agua. Su mecha azul se reflejó en la superficie sin moverse.

—Yusuf quería dos cosas incompatibles: protegerte y corregir lo que había hecho. Murió sin elegir del todo. Eso es muy propio de los hombres buenos. Dejan a otros la parte sucia de sus decisiones.

Salma apretó los labios.

—¿Conoces a Rodrigo?

—Rodrigo no se conoce. Se padece.

—¿Ha venido?

—Antes que vosotros.

Nadir sintió un vuelco.

—¿Tiene a mi madre?

Maryam no contestó.

—¿La tiene? —repitió.

La anciana lo miró con una compasión que él no quiso recibir.

—Tu madre no es una moneda que él guarde en un bolsillo. Aisha lleva más años escapando de Rodrigo de los que tú llevas creyendo que la conoces.

—Todos habláis de ella como si fuera una desconocida.

—Para ti, quizá lo es.

Nadir sintió rabia. Pero debajo de la rabia había miedo. Y debajo del miedo, algo peor: la sospecha de que todos tenían razón.

Inés se acercó a Maryam.

—Mi nombre.

La anciana se volvió hacia ella.

—No aquí.

—Sí aquí.

—No delante de ellos.

—Delante de ellos he dejado de ser lo que Munio decía que era. Delante de ellos quiero escuchar quién fui antes.

Maryam cerró los ojos.

—Te llamabas Laila.

Inés no se movió.

Nadir vio que Salma bajaba la mirada.

—Tu madre era Zahra bint Harun —continuó Maryam—. Murió en el camino de Sevilla. Te vendieron cuando tenías tres años. Yo te busqué. Llegué tarde.

Inés, o Laila, tragó saliva.

—Siempre llegáis tarde.

No lloró.

Eso fue lo más triste.

Maryam asintió como quien acepta una condena merecida.

—Sí.

El agua de la alberca se movió por primera vez.

Una onda suave cruzó la superficie.

Nadir vio, bajo el reflejo, algo metálico.

Una llave.

No grande. No dorada. Una pequeña pieza de hierro azulada por el óxido, suspendida en el agua como si no pesara.

Maryam siguió su mirada.

—La primera llave no abre una puerta. Abre una memoria.

—¿De quién? —preguntó Salma.

—De quien se atreva a tomarla.

Nadir miró el agua.

Recordó el sueño.

La ciudad tiene sed.

—¿Qué ocurre si la tomo?

Maryam sonrió con tristeza.

—Lo mismo que ocurre siempre con la verdad. Perderás una mentira que te mantenía en pie.

Nadir pensó en su padre. En su madre. En la casa. En el anillo grande en su dedo. En la frase del pergamino.

Busca la ciudad que soñaba con el mar, y sabrás qué parte de tu vida no era tuya.

Metió la mano en el agua.

Estaba helada.

No como agua de pozo.

Como una noche antigua.

Tocó la llave.

Y Córdoba desapareció.

Vio a su madre joven, empapada por la lluvia, entrando en el taller de Yusuf con una bolsa contra el pecho.

Vio a su padre, joven también, hermoso de una manera que Nadir nunca había imaginado, cerrando la puerta tras ella.

Vio sangre en la manga de Aisha.

Vio una página escrita en tres lenguas.

Vio a Rodrigo sin cicatriz, sonriendo como un hombre que todavía no sabía cuánto daño podía hacer.

Y luego vio algo que le arrancó el aire.

Vio a Yusuf entregando la página a Rodrigo.

No obligado.

No vencido.

Entregándola.

Nadir sacó la mano del agua con un grito.

La llave cayó sobre las baldosas.

Salma lo sujetó antes de que perdiera el equilibrio.

—¿Qué has visto?

Nadir no podía responder.

Maryam recogió la llave y la envolvió en un paño azul.

—Ha visto el principio de la deuda.

—Mi padre lo traicionó todo —susurró Nadir.

—No —dijo Maryam—. Tu padre hizo algo peor que traicionar por maldad.

Nadir la miró.

—¿Qué?

—Traicionó por amor.

Fuera, alguien llamó a la puerta de la casa.

Tres golpes.

Paciente.

Educado.

Casi íntimo.

Maryam cerró el puño sobre la llave.

—Rodrigo —dijo.

Y el agua, por primera vez, empezó a temblar.