La ciudad que soñaba con el mar El nombre que no debía escribirse
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El nombre que no debía escribirse

La carta de Yusuf cambió el modo en que caminaban.

Antes huían de Toledo. Después avanzaban hacia Córdoba.

No parecía una gran diferencia para quien los hubiera visto desde lejos: tres figuras, una mula, una nube de polvo en los tramos secos, barro en los bajos de las túnicas, cansancio en la espalda.

Pero Nadir lo notaba en el pecho. La huida empuja por detrás.

El destino tira por delante. Ambas cosas duelen de manera distinta.

Ishaq decidió evitar los caminos más transitados durante dos jornadas. Eso significó dormir al raso, comer poco y acostumbrarse a que cada sonido nocturno pareciera una decisión ajena acercándose con cuchillo.

La primera noche, Nadir no soñó.

La segunda, soñó con su madre.

No la vio presa ni herida. La vio sentada en el taller intacto, cosiendo una camisa blanca junto a un fuego que no quemaba nada. Cuando él entraba, ella no levantaba la vista.

—Has tardado —decía.

—Vine en cuanto pude.

—No es verdad. Viniste cuando supiste qué preguntar.

Nadir despertó antes de responder.

Salma estaba despierta, como siempre.

—¿No duermes nunca? —murmuró él.

—Duermo cuando no puedo evitarlo.

—Eso no es dormir. Es rendirse.

Ella lo miró un instante.

—A veces es lo mismo.

No hablaron más.

Al tercer día encontraron una caravana de tratantes de paños que descendía hacia el sur.

Ishaq negoció con el jefe, un hombre gordo llamado Munio que llevaba tres anillos en una mano y ningún escrúpulo visible en la cara.

Viajaba con dos carros, seis mulas, cuatro criados y una mujer joven que no era su esposa pero a la que todos trataban con más cautela que a una esposa.

—Tres viajeros y una mula vieja —dijo Munio—. Eso no suma protección. Suma retraso.

Ishaq inclinó la cabeza.

—Mi mula se ofendería si entendiera las matemáticas.

—¿Pagáis?

—Pagamos poco.

—Entonces rezáis mucho.

—Rezar siempre ha sido más barato.

Munio soltó una carcajada y los aceptó por una suma que a Nadir le pareció indecente y a Ishaq razonable, lo cual significaba que probablemente era indecente.

Viajar con otros les permitió mezclarse. También los expuso a una forma distinta de peligro: las preguntas pequeñas.

—¿De dónde venís?

—¿Adónde vais?

—¿Sois familia?

—¿Por qué cojea el viejo?

—¿Por qué el muchacho lleva anillo de hombre muerto?

Salma respondió a casi todas con mentiras sobrias. Venían de Illescas. Iban a Córdoba por una deuda. Ishaq era su tío. Nadir era su hermano. El anillo pertenecía a un abuelo que había tenido demasiados dedos para una sola vida.

Nadir escuchaba y aprendía.

Mentir bien no consistía en inventar mucho. Consistía en ofrecer a los demás una historia lo bastante aburrida para que no quisieran levantarla.

La mujer joven de Munio se llamaba Inés. Tenía el pelo negro recogido con un pañuelo amarillo y una mirada que no se quedaba quieta en ninguna parte. Al segundo día de viaje se acercó a Nadir mientras él ayudaba a ajustar una cincha.

—Tu hermana no es tu hermana.

Nadir se golpeó un dedo con la hebilla.

—¿Perdón?

—La morena. La que mira como si ya hubiera enterrado a quien le habla.

—Es mi hermana.

Inés sonrió.

—Claro. Y yo soy una prima lejana del rey de Castilla.

—No me interesa quién seas.

—Eso demuestra que eres joven. A todos debería interesarles saber quién viaja cerca.

Nadir intentó apartarse, pero Inés se apoyó en el carro y bloqueó el paso sin esfuerzo.

—Tranquilo. No voy a decir nada. Munio prefiere no saber cosas si no puede venderlas por más de lo que le costaría callarlas.

—¿Y tú?

—Yo vendo menos que él, pero escucho mejor.

Nadir la miró por primera vez con atención.

Inés no parecía peligrosa. Ese era el problema. Las personas peligrosas de verdad rara vez se molestaban en parecerlo.

—¿Qué quieres?

—Saber por qué un chico que no sabe mentir viaja con una mujer que miente como quien respira y un viejo que parece haber inventado la mitad de las mentiras antiguas.

—Vamos a Córdoba.

—Eso no es una razón. Es una dirección.

La frase le recordó a Ishaq y le molestó que los desconocidos también fueran capaces de decir cosas ciertas.

—Buscamos a alguien.

—Todos buscamos a alguien. A veces incluso cuando creemos buscar oro.

Nadir no respondió.

Inés inclinó la cabeza hacia el anillo.

—Ese dibujo. La estrella.

Él cerró la mano.

—¿Qué pasa con ella?

—La he visto antes.

La sangre le golpeó en los oídos.

—¿Dónde?

Inés miró hacia Munio, que discutía con un criado por el precio de unas correas.

—En Córdoba. En una casa donde nadie entra por la puerta.

Nadir intentó controlar la respiración.

—¿La casa del agua muda?

El rostro de Inés cambió apenas. Lo suficiente.

—Entonces sí sabes mentir —dijo—. Pero aún no sabes cuándo no preguntar.

Se marchó antes de que él pudiera retenerla.

Aquella noche se lo contó a Salma e Ishaq.

Ishaq cerró los ojos.

—Inés no es nombre para fiarse ni para desconfiar. Eso complica las cosas.

—¿La conoces? —preguntó Salma.

—No. Pero conozco a las mujeres que sobreviven cerca de hombres como Munio. Suelen saber demasiado porque los hombres las confunden con muebles.

—Ha visto la estrella —dijo Nadir.

—O ha visto que tú querías que la hubiera visto.

Nadir apretó los dientes.

—Todos suponéis que soy idiota.

—No —dijo Ishaq—. Solo suponemos que estás desesperado. Es más peligroso.

Salma permanecía callada.

—¿Qué piensas? —le preguntó Nadir.

—Que Inés nos ha elegido.

—¿Para qué?

—Aún no lo sé.

Esa fue la noche en que Nadir empezó a entender que una búsqueda no se compone solo de pistas. También se compone de personas que aparecen demasiado pronto o demasiado tarde, y uno nunca sabe hasta el final si vinieron a abrir una puerta o a cerrarla.

Al día siguiente, la caravana atravesó una zona de encinares bajos. El camino estaba seco, el sol fuerte, la sed constante. Munio cantaba coplas obscenas. Ishaq fingía no oírlas. Salma caminaba más cerca de Nadir de lo habitual. Inés, desde el segundo carro, no volvió a dirigirle la palabra.

Al atardecer llegaron a una venta solitaria, con paredes encaladas y olor a grasa vieja. Munio decidió pasar allí la noche. Ishaq no quiso.

—Demasiada gente —dijo.

Munio abrió los brazos.

—Esa es la gracia de una venta.

—También de una peste.

Pero la mula necesitaba descanso y Nadir tenía fiebre baja por el cansancio. Salma lo notó antes que él.

—Nos quedamos —dijo.

Ishaq la miró.

—Mandas mucho para alguien que no manda.

—Y tú protestas mucho para alguien que acabará haciendo lo mismo.

La venta estaba llena de arrieros, dos frailes, un juglar sin instrumento y un hombre con una venda en el ojo que comía como si estuviera vengándose del plato. Nadir se sentó en un rincón, de espaldas a la pared. Salma le pasó un cuenco de guiso.

—Come.

—Todo el mundo me dice eso.

—Porque pareces a punto de caerte encima de tus propias dudas.

—Tú también pareces cansada.

Salma se encogió de hombros.

—Yo tengo práctica.

—¿En cansarte?

—En no concederle importancia.

Nadir comió. El guiso sabía a ajo, grasa y algo que tal vez había sido conejo en una vida anterior. Le pareció excelente.

Los frailes hablaban en voz baja. Uno era joven, de rostro pecoso. El otro, mayor, con manos anchas. Nadir no les prestó atención hasta que oyó una palabra.

Toledo.

Luego otra.

Incendio.

Y después su nombre.

No completo. No claro. Pero suficiente.

Salma también lo oyó.

Su mano bajó hacia el cuchillo.

Ishaq, sentado al otro lado, negó apenas con la cabeza.

La paciencia puede ser más difícil que el valor.

Nadir bajó la mirada al cuenco.

El fraile joven decía que un encuadernador había muerto de fiebre y que su taller había ardido la misma noche. El mayor respondió que las casas de herejes suelen atraer llamas. Luego mencionó a un muchacho mestizo, quizá fugitivo, quizá secuestrado por una mujer de mala reputación.

Salma levantó una ceja.

—No sabía que ya tenía reputación —murmuró.

—No parece buena —dijo Nadir.

—Las útiles casi nunca lo son.

Ishaq dejó unas monedas sobre la mesa.

—Nos vamos.

—Ahora sí hay demasiada gente —dijo Salma.

Pero cuando se levantaron, Inés apareció junto a ellos.

—No salgáis por la puerta trasera.

Munio estaba al fondo, bebiendo.

—¿Por qué? —preguntó Nadir.

—Porque allí hay dos hombres preguntando por un muchacho con anillo de estrella y una mujer que no sonríe.

Salma casi sonrió.

—Podría ser cualquiera.

—Claro. En cada venta abundan mujeres con cara de puñal.

Ishaq se acercó.

—¿Qué quieres a cambio de esta bondad?

Inés lo miró sin miedo.

—Que cuando lleguéis a Córdoba me llevéis a la casa del agua muda.

El silencio que siguió fue más revelador que cualquier respuesta.

—No sabemos qué es —dijo Nadir.

Inés suspiró.

—Entonces moriréis antes de encontrarla.

Salma dio un paso hacia ella.

—¿Por qué quieres ir?

Inés miró hacia Munio.

Por primera vez, su rostro perdió la ironía.

—Porque hay puertas de las que una mujer no puede salir sola. Y porque Maryam la Azul me debe un nombre.

—¿Qué nombre?

—El mío.

Nadir no entendió.

Ishaq sí. Lo vio en sus ojos.

—Nos movemos ya —dijo el anciano.

Salieron por la cocina, entre sacos de harina y ollas sucias. Inés caminó con ellos sin mirar atrás. La cocinera no levantó la vista. Quizá estaba acostumbrada a fugas. Quizá todas las cocinas del mundo han visto escapar a alguien.

Detrás, en la sala, un hombre gritó.

Luego otro.

Munio llamó a Inés con una palabra que no era su nombre.

Ella no se detuvo.

En el patio de la venta, Salma derribó una lámpara para distraer a los hombres de la puerta trasera. No prendió fuego esta vez. Solo humo y aceite. Bastó.

Corrieron hacia los corrales, saltaron una valla baja y tomaron un sendero entre higueras oscuras. La mula protestó por la falta de dignidad del procedimiento. Ishaq protestó más.

—A mi edad, huir debería requerir una licencia especial.

—A tu edad, todo requiere una licencia —dijo Salma.

Nadir corría junto a Inés.

—¿Por qué has venido?

—Porque Munio pensaba venderme en Córdoba.

La frase no tembló.

Eso la hizo peor.

—Lo siento.

—No. No lo sientas. Corre mejor.

Corrió.

Esa noche no durmieron. Atravesaron campos, cruzaron un arroyo, se escondieron bajo un puente seco hasta que los perseguidores pasaron de largo. Cuando al fin el amanecer abrió una línea pálida en el horizonte, Córdoba apareció a lo lejos.

No entera.

Primero las torres.

Luego los tejados.

Luego una mancha blanca y dorada extendida junto al río, como si alguien hubiera derramado luz sobre la tierra.

Nadir la miró sin saber qué sentir.

Ishaq se persignó a su manera, que era no hacer ningún gesto reconocible.

Salma respiró hondo.

Inés, cubierta de polvo, dijo:

—Ahí dentro todo el mundo compra algo. Pan, seda, perdón, cuerpos, silencios. Procurad no vender lo único que os queda.

—¿Y qué es? —preguntó Nadir.

Inés sonrió sin alegría.

—La posibilidad de elegir todavía quién os traiciona.

Córdoba los esperaba con sus puertas abiertas.

Y Nadir entendió, por primera vez, que las ciudades también podían fingir.

Parte II

LA RUTA DE LAS TRES LENGUAS