La alquería de Dunia
Dunia fue la primera en levantarse.
No hizo ruido, pero la casa cambió de respiración. El perro ladraba fuera con una furia seca, interrumpida por gruñidos breves. Las cabras del corral golpeaban la puerta de madera, no por valentía, sino porque el miedo de los animales siempre busca un borde contra el que romperse.
Salma ya estaba en pie.
Ishaq abrió un ojo.
—¿Cuántos?
—No lo sé —dijo ella.
Dunia volvió del zaguán con una azada en la mano. No parecía sorprendida, ni siquiera asustada. Solo profundamente molesta.
—Si son soldados, habláis vosotros. Si son ladrones, hablo yo.
Nadir se levantó demasiado deprisa. La rodilla le recordó la caída del muro. Se apoyó contra la pared y sintió que el cuarto giraba un poco. Había dormido, sí, pero el sueño no lo había devuelto al mundo: lo había dejado en otra parte, entre el agua bajo la arena y la voz de su padre.
—¿Rodrigo? —preguntó.
Salma le hizo un gesto para que callara.
Al otro lado de la casa sonaron pasos. No en la puerta principal. Rodeaban la alquería.
Dunia escupió al suelo.
—No son soldados.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Nadir.
—Los soldados llaman donde hay comida. Estos buscan dónde hay miedo.
El perro soltó un aullido breve.
Después, silencio.
A Nadir se le cerró el estómago.
Dunia apretó la azada.
—Ese perro no mordía ni al hambre. Quien lo haya callado venía con prisa.
Ishaq se incorporó con esfuerzo.
—Hay salida trasera.
—Hay tres —dijo Dunia—. Una para visitas, una para deudas y una para desgracias. Hoy toca la tercera.
Nadir habría sonreído en otra vida.
La mujer apartó una estera junto al hogar. Debajo había una trampilla baja, apenas visible entre las losas ennegrecidas. La abrió con un tirón. Subió un olor de tierra húmeda, aceite viejo y cebollas guardadas demasiado tiempo.
—Bajad.
—¿Todos? —preguntó Ishaq.
—No. Yo me quedaré arriba a fingir que no os he visto, que es lo que llevo haciendo media vida con los problemas ajenos.
Salma vaciló.
—Dunia...
—No me mires con ojos de mártir. Las mujeres como tú sois muy pesadas cuando creéis que vais a salvar a alguien. Baja.
Un golpe sacudió la puerta principal.
No tres golpes pacientes.
Uno solo.
Brutal.
La madera se estremeció.
Nadir sintió que la escena se repetía con otro decorado: otra puerta, otra mujer delante, otro mandato de huir. El cuerpo le pidió quedarse. La memoria de la noche anterior le pidió obedecer.
—Baja —le dijo Salma.
—Estoy harto de bajar, correr y no entender nada.
Dunia le dio un empujón tan fuerte que casi cayó por la trampilla.
—Pues entiende esto: los vivos se esconden. Los muertos se quedan.
Nadir bajó.
El sótano era bajo y estrecho. No podían estar de pie. Había tinajas, sacos de grano, dos pellejos vacíos y una pared falsa de cañas cubiertas de barro seco. Ishaq descendió después con una agilidad sorprendente para su edad. Salma fue la última.
Dunia cerró la trampilla.
La oscuridad cayó sobre ellos.
Arriba, la puerta cedió.
Nadir oyó madera romperse, pasos, una voz masculina que exigía agua, otra que reía, una tercera más baja. No distinguió palabras. Las paredes de tierra apagaban los sonidos, los convertían en amenazas sin forma.
Salma se inclinó junto a él.
—Respira por la boca.
—No me digas cómo respirar.
—Entonces hazlo mal y desmáyate. Me da igual.
Ishaq, desde la otra punta, murmuró:
—Qué descanso ver que la juventud sigue siendo incapaz de morir en silencio.
Nadir cerró los puños.
Arriba, Dunia hablaba.
Su voz no temblaba.
—Si buscáis vino, llegáis pobres y tarde.
Un hombre respondió algo.
Dunia soltó una carcajada seca.
—Por esa cara, ni pagando.
Salma pegó la oreja a la trampilla. Nadir se acercó. Notó el calor de su hombro junto al suyo. Olía a humo, cuero y lluvia seca. A vida que no había tenido tiempo de lavarse.
—No es Rodrigo —susurró ella.
—¿Entonces?
—Peor para nosotros. Mejor para él.
—¿Qué significa eso?
—Mercenarios.
La palabra atravesó el sótano como una corriente de aire.
Ishaq guardó silencio. Eso alarmó más a Nadir que cualquier explicación.
Arriba se movieron muebles. Una tinaja cayó y se rompió. Dunia insultó a alguien con una creatividad que incluso Salma pareció admirar.
Luego sonó un golpe seco.
Dunia no volvió a hablar.
Nadir se lanzó hacia la trampilla, pero Salma lo sujetó por la túnica.
—No.
—La han golpeado.
—Y si sales, la habrán golpeado para nada.
—¡Siempre es para nada si no hacemos nada!
Su voz salió demasiado alta.
Arriba, todos los ruidos se detuvieron.
Salma le tapó la boca.
Nadir forcejeó. Ella no apartó la mano. Tenía una fuerza contenida, hecha de años de no poder permitirse perder. Sus ojos estaban cerca. En ellos no había frialdad. Había súplica, aunque su mano fuera una orden.
Sobre la trampilla, unos pasos se acercaron.
Una sombra se detuvo justo encima.
Nadir notó el latido de Salma en los dedos que le apretaban la cara. O quizá era el suyo. Ya no sabía distinguir.
El hombre de arriba respiraba.
Lento.
Escuchando.
Después, una voz dijo:
—Aquí huele a miedo viejo.
Nadie respondió.
El silencio duró tanto que Nadir sintió que envejecía dentro de él.
Entonces Dunia habló desde otro punto de la casa, débil pero clara:
—Será el tuyo. Lleva más tiempo contigo.
El hombre se alejó.
Salma retiró la mano.
Nadir tragó aire como si acabara de salir de un pozo.
Pasaron los minutos. O quizá una hora. El tiempo bajo tierra no caminaba: goteaba.
Arriba siguieron los pasos, los golpes, las preguntas.
Los mercenarios registraron la casa, el corral, el pozo.
Uno orinó cerca de la trampilla. Otro dijo que Rodrigo pagaba mal para tanto barro.
Un tercero afirmó que el muchacho no llegaría a Córdoba vivo.
Nadir memorizó esa frase.
No por miedo.
Por rabia.
Cuando al fin los pasos se alejaron, nadie se movió. Ishaq contó algo en silencio con los dedos. Salma esperó. Nadir aprendió que sobrevivir no era solo correr. A veces era quedarse inmóvil cuando cada hueso suplicaba moverse.
Dunia abrió la trampilla al cabo de un tiempo que no supieron medir.
Tenía el labio partido y una mejilla hinchada. También tenía los ojos furiosos, lo cual resultaba tranquilizador.
—Han roto la tinaja buena.
Ishaq subió primero.
—Me alegra saber que sigues estableciendo bien las prioridades.
—Mis prioridades no gotean por el suelo.
Nadir salió después. La casa estaba revuelta. El cuenco de sopa que había usado estaba partido en dos. La mesa, volcada. En la puerta quedaban astillas como dientes rotos. El perro yacía junto al corral.
Dunia siguió la mirada de Nadir.
—No lo mires como tragedia. Se llamaba Sordo y nunca obedeció. Ha muerto siendo coherente.
Pero su voz falló al final.
Salma salió y se acercó a ella.
—Lo siento.
Dunia apartó la cara.
—No gastes eso aquí. Guárdalo para cuando sirva.
Nadir sintió que tenía que decir algo. No encontró nada. Había demasiadas mujeres fuertes en aquella historia y demasiados hombres intentando romperlas.
Ishaq examinó la puerta.
—No podemos quedarnos.
—Qué novedad —dijo Dunia.
Se acercó al arcón del rincón, sacó una bolsa de cuero y se la lanzó a Salma.
—Queso, pan, sal, dos vendas y aceite. La mula podéis llevárosla. Ya era más vuestra que mía desde que llegó oliendo a judío viejo.
—Eso podría ser un elogio —dijo Ishaq.
—No abuses.
Dunia se volvió hacia Nadir.
—Tú.
Él se enderezó.
—¿Yo?
—Si vas a mirar a todo el mundo como si te debiera una explicación, acabarás ciego de rabia. Nadie te debe la verdad entera. A veces solo te dan el trozo que pueden cargar sin romperse.
Nadir miró el labio partido de la mujer.
—¿Mi madre está en uno de esos trozos?
Dunia no contestó enseguida.
Salma la miró con advertencia.
Ishaq también.
La mujer se rió sin ganas.
—Ah, no. En mi casa no vais a jugar a viejos sabios y muchachas misteriosas. Bastante tengo con la puerta.
Fue hasta una repisa, levantó una tabla suelta y sacó un cilindro pequeño de caña, sellado con cera oscura.
—Yusuf dejó esto aquí hace tres inviernos. Dijo que solo lo entregara si alguien venía con su anillo, su hijo o su desgracia. Habéis traído las tres cosas.
Nadir sintió que el mundo se inclinaba.
—¿Mi padre estuvo aquí?
—Tu padre estuvo en muchos sitios donde tú creías que no había estado.
La frase ya no le sorprendió.
Eso fue lo que le dolió.
Dunia le puso el cilindro en la mano. La cera llevaba grabada una estrella de ocho puntas.
—No lo abras aquí.
—¿Por qué?
—Porque si después de tantos años he aprendido algo, es que los mensajes de los muertos siempre traen más vivos detrás.
Salma se acercó.
—Dunia, ven con nosotros.
La mujer miró su casa rota, el perro junto al corral, la tinaja quebrada, la puerta destrozada.
—¿Y quién se queda para insultar al próximo que entre?
—Pueden volver.
—Claro que pueden. Pero esta es mi casa. La gente como Rodrigo cree que todos huimos cuando nos enseñan el miedo. Algunos no huimos. Algunos nos quedamos para que el miedo tenga que dormir en el suelo.
Ishaq inclinó la cabeza.
—Sigues siendo imprudente.
—Y tú sigues siendo viejo. Ninguno ha mejorado.
Se despidieron sin abrazos.
Dunia no era mujer de adornar las despedidas. Le entregó a Nadir un pañuelo limpio para la sangre de la lengua y le dio un golpe suave en la nuca.
—No mueras antes de aprender a callar.
—Lo intentaré.
—Eso dicen todos los jóvenes. Luego abren la boca.
Salieron al camino antes de que la tarde terminara de caer.
La mula avanzaba más ligera con las alforjas reorganizadas.
Salma caminaba más deprisa de lo normal.
Ishaq callaba. Nadir llevaba el cilindro escondido bajo la túnica, junto al pergamino.
Dos mensajes de su padre. Dos heridas con forma de letra.
No lo abrió hasta que estuvieron lejos de la alquería, en un pequeño barranco donde los juncos ocultaban el sendero. Ishaq hizo un gesto de resignación cuando Nadir rompió la cera.
—Podríamos esperar a estar bajo techo.
—Podríamos —dijo Nadir.
Y abrió.
Dentro había una tira de pergamino más fina que la primera. La letra era de Yusuf. No la letra perfecta del taller, sino otra más rápida, nerviosa, casi humana.
Hijo, si lees esto, he fracasado en la única cosa que juré hacer bien: dejarte fuera de mi miedo.
Nadir dejó de respirar.
Salma apartó la mirada. Ishaq bajó la cabeza.
La carta continuaba:
No confíes en quien te ofrezca respuestas limpias.
La verdad que buscamos ha pasado por demasiadas manos para no estar manchada.
Ve a Córdoba. Busca la casa del agua muda.
Pregunta por Maryam la Azul. No digas mi nombre.
No digas el de tu madre. Y si alguien te habla de la primera llave, recuerda esto: ninguna puerta importante se abre hacia fuera.
Debajo había otra frase, más separada:
Perdóname por amarte de una forma que se parece demasiado al silencio.
Nadir leyó la carta tres veces.
La última no vio las letras.
Solo la mano de su padre trazándolas.
Solo la certeza de que Yusuf había sabido que quizá no viviría.
Solo la rabia de haber sido protegido como se protege un libro valioso: cerrándolo.
—Maryam la Azul —dijo Salma.
Su voz sonó distinta.
—¿La conoces? —preguntó Nadir.
—Mi madre la buscaba cuando desapareció.
Ishaq levantó los ojos.
El barranco se llenó de un silencio nuevo.
No de miedo.
De destino apretando el paso.
A lo lejos, una bandada de pájaros levantó el vuelo sobre los campos. Nadir guardó la carta con cuidado. No era consuelo. Las palabras de su padre no le devolvían nada.
Pero le daban una dirección.
Y a veces, cuando uno ha perdido la casa, la madre y el nombre del mundo, una dirección es lo más parecido a una promesa.
—Entonces Córdoba —dijo.
Salma miró hacia el sur.
—Entonces Córdoba.
Ishaq suspiró.
—Entonces barro, hambre, mentiras y posadas caras. Qué hermoso es tener juventud ajena para arruinarla.
Nadir, esta vez, sí sonrió.
Fue una sonrisa pequeña, casi culpable.
Pero existió.
Y el camino, que hasta entonces solo había sido huida, empezó a parecer otra cosa.
No esperanza.
Todavía no.
Pero sí movimiento.