La ruta de los que no preguntan #2
Guardó el pergamino.
—Iré a Córdoba.
Salma no sonrió.
Ishaq tampoco.
Eso le gustó.
Habría desconfiado de cualquier alegría.
Reanudaron la marcha cuando el sol empezaba a calentar la tierra mojada. Nadir caminó detrás de Salma. Durante un rato observó sus pasos. No eran ligeros, pero sí constantes. Pisaba como quien no espera que el suelo sea amable.
—Salma —dijo.
Ella no se volvió.
—¿Qué?
—Anoche dijiste que mi padre murió porque no quiso decirte dónde estaba el pergamino.
—Sí.
—¿Era verdad?
Tardó en responder.
—No.
Nadir se detuvo.
—¿No?
Salma siguió unos pasos más y luego se volvió.
—Tu padre no murió por no decírmelo a mí.
—Entonces ¿por qué lo dijiste?
—Porque necesitaba que me escucharas rápido.
—Mentiste.
—Sí.
—¿Y ahora debería confiar en ti?
—No.
La respuesta lo dejó sin réplica.
Salma se acercó. Había cansancio bajo sus ojos. No solo de aquella noche. Un cansancio más antiguo, más instalado.
—No confíes en mí porque te lo pida. No confíes en Ishaq porque parezca sabio. No confíes en los muertos porque los amas. Mira lo que hacemos. Después decide.
—Eso también puede ser una mentira.
—Sí.
Durante un momento se miraron sin hablar.
Nadir pensó que Salma debía de haber aprendido muy joven a no pedir perdón por sobrevivir. Quizá por eso le irritaba. Porque él acababa de empezar a aprenderlo y ya le parecía insoportable.
—¿Cómo murió mi padre? —preguntó.
Salma bajó la voz.
—No lo sé con certeza.
—Dime lo que sabes.
—Sé que Rodrigo entró en vuestra casa. Sé que discutieron. Sé que Yusuf se negó a entregar algo. Sé que al día siguiente cayó enfermo. Sé que el médico no pudo explicar la fiebre. Sé que tu padre, antes de perder el habla, envió un mensaje a Ishaq.
—¿Y a ti?
—A mí no.
Aquello le dolió, aunque no sabía por qué.
—Entonces ¿por qué viniste?
Salma miró hacia el sur.
—Porque mi madre desapareció buscando lo mismo que tu padre escondía.
Nadir sintió que la historia se cerraba alrededor de ambos, no como una cadena todavía, pero sí como una cuerda lanzada desde extremos opuestos.
—¿Cuándo?
—Hace siete años.
—Eras casi una niña.
—No tanto como para que el mundo se apiadara de mí.
Siguieron caminando.
A media tarde, el camino se estrechó entre colinas bajas. El barro dificultaba el paso de la mula. Ishaq empezó a cojear más. Salma le ofreció el brazo sin decir nada. Él lo aceptó sin agradecerlo. Había gestos que, por repetidos, ya no necesitaban ceremonia.
Nadir observó aquella confianza silenciosa.
—¿Cuánto hace que os conocéis?
—Demasiado —dijo Ishaq.
—Lo suficiente —dijo Salma al mismo tiempo.
Por primera vez en todo el día, Nadir estuvo a punto de sonreír.
No llegó a hacerlo.
Pero estuvo cerca.
Al caer la tarde divisaron la alquería. Era un conjunto pobre de casas de adobe, un pozo, una higuera grande y un corral donde dos cabras mordisqueaban una puerta como si quisieran escapar por aburrimiento.
El humo salía de una chimenea baja. Un perro flaco ladró al verlos y luego se arrepintió a mitad del esfuerzo.
Una mujer salió a la puerta.
Era ancha de cuerpo, con pañuelo rojo en la cabeza y brazos fuertes de cargar agua. Al ver a Ishaq, no mostró sorpresa. Solo cansancio.
—Otra vez problemas —dijo.
—También me alegra verte, Dunia.
La mujer miró a Salma.
Luego a Nadir.
Luego la mula.
—¿Cuántos?
—Tres y media —dijo Ishaq—. El muchacho cuenta doble de momento.
Dunia resopló.
—Los muchachos siempre cuentan doble y trabajan la mitad.
Nadir habría protestado, pero no tenía fuerzas.
La mujer los hizo entrar.
La casa olía a sopa, humo y lana húmeda. Para Nadir, en aquel instante, aquel olor fue casi insoportable. Le recordó que existían casas que no ardían, mesas donde se comía, madres que abrían la puerta y se quejaban de los visitantes. Tuvo que apartar la mirada.
Dunia lo vio.
No preguntó.
Le puso un cuenco caliente en las manos.
—Come.
Nadir obedeció.
La sopa era simple: cebolla, pan, algo de ajo, quizá un hueso viejo que había prestado su memoria al caldo. Le supo a salvación y a culpa.
Después, Dunia les indicó un cuarto pequeño con mantas en el suelo.
—Dormid. Al anochecer habláis, lloráis o mentís, lo que tengáis por costumbre. Ahora dormid.
Ishaq se tumbó sin discutir.
Salma se sentó junto a la puerta, con la espalda contra la pared y la mano cerca del cuchillo que llevaba oculto bajo el manto.
Nadir permaneció de pie.
—No puedo dormir.
Dunia lo miró como se mira a un niño terco.
—Claro que puedes.
—Mi madre está en Toledo.
—Entonces duerme por ella también. Los muertos, los presos y las madres sufren mucho viendo a los hijos hacer tonterías por cansancio.
Nadir bajó la mirada.
Se tumbó sobre una manta.
Creyó que permanecería despierto, vigilando, pensando, odiando, recordando.
Se durmió antes de terminar de cerrar los ojos.
Y soñó con el mar.
No con un mar visto desde la costa, ni con barcos, ni con pescadores.
Soñó con un mar imposible, encerrado bajo la arena.
Un agua oscura que respiraba debajo de una ciudad enterrada.
En el sueño, las calles estaban vacías y cubiertas de sal.
Las puertas no tenían cerraduras. Las ventanas miraban hacia dentro.
En una plaza blanca había una fuente seca y, junto a ella, un niño escribía con tinta azul sobre una piedra.
Nadir se acercó.
El niño levantó la cabeza.
Tenía sus ojos.
Pero no su rostro.
—Llegas tarde —dijo.
Nadir quiso preguntarle a dónde, pero entonces oyó la voz de su padre.
No venía de la plaza.
Venía del agua bajo la tierra.
—No busques lo que perdiste, hijo. Busca lo que aún puede perderse.
Despertó con la boca abierta, empapado en sudor.
La habitación estaba oscura.
Salma seguía junto a la puerta.
No dormía.
—Has hablado en sueños —dijo.
Nadir se incorporó.
—¿Qué he dicho?
Ella tardó en responder.
—Has dicho: la ciudad tiene sed.
Fuera, en algún lugar de la noche, el perro empezó a ladrar.
Esta vez no se arrepintió.