La ruta de los que no preguntan
Salieron de Toledo por caminos secundarios, evitando las ventas, los portazgos y las miradas demasiado despiertas.
Ishaq guiaba la mula con la paciencia de quien sabe que toda prisa malgastada se paga después con sangre o agotamiento.
Salma caminaba unos pasos por delante. Nadir, montado a ratos y a ratos a pie para no sentirse inútil, aprendió aquella mañana que el cuerpo puede seguir avanzando incluso cuando la mente se ha quedado arrodillada en otro lugar.
Nadie habló durante la primera legua.
El silencio no era incómodo.
Era necesario.
Había silencios que tapaban. Silencios que mentían. Silencios que castigaban. Aquel, en cambio, parecía una venda puesta sobre una herida reciente. No curaba, pero impedía que todo se derramara a la vez.
La lluvia cesó cuando el sol ya había subido un palmo. El campo apareció lavado, con un brillo pobre sobre las piedras y los matorrales. Toledo quedó atrás, coronada por una neblina gris. Desde lejos, la ciudad no parecía una trampa ni una pérdida.
Parecía hermosa.
Eso le pareció injusto.
Nadir se detuvo en una loma y miró hacia ella.
—No vendrán por el camino principal —dijo Salma sin volverse—. Rodrigo supondrá que intentaremos mezclarnos con mercaderes.
—¿Y no lo haremos?
—No todavía.
—¿Por qué?
—Porque ahora mismo hueles a incendio, a miedo y a muchacho que acaba de descubrir que el mundo no le debe explicaciones. Cualquier mercader te vendería por una moneda y media.
Ishaq tosió.
—Por dos, quizá.
Nadir los miró a ambos.
—Me alegra viajar con gente tan piadosa.
—La piedad sirve para enterrar muertos —dijo Salma—. Para salvar vivos conviene otra cosa.
—¿Mentir?
—Entre otras.
A Nadir le irritaba su forma de hablar. No porque fuera brusca, sino porque a menudo tenía razón antes de darle tiempo a odiarla.
Caminaba con seguridad, sin quejarse del barro ni del frío.
Llevaba el manto recogido sobre un hombro y una bolsa cruzada al pecho.
A plena luz parecía menos misteriosa que en el taller, pero no menos difícil de entender.
Tenía una belleza extraña, hecha más de presencia que de rasgos.
No era delicada. No intentaba serlo. Había en ella algo de cuchillo envuelto en tela.
—Aún no me has dicho quién eres —dijo Nadir.
—Sí te lo dije. Salma.
—Eso es un nombre.
—Para mucha gente, un nombre ya es demasiado.
—¿De Córdoba?
—A veces.
—¿Eso qué significa?
—Que he tenido que marcharme de muchos sitios antes de que me pertenecieran.
Nadir pensó en su propia casa ardiendo.
—Eso no es una respuesta.
—No. Es lo que puedo darte sin ponerte en más peligro.
Él se rio sin alegría.
—¿Más?
Salma se detuvo.
Por primera vez desde que habían salido de Toledo, lo miró de frente. Tenía los ojos oscuros, pero no negros; al sol aparecían vetas de un color parecido al de la miel quemada.
—Crees que el peligro empezó anoche. No es así. Anoche solo te dejaron verlo.
Nadir no contestó.
Ishaq se acercó con la mula.
—Dejad las preguntas grandes para cuando tengamos pan. Con hambre, todo misterio parece una ofensa personal.
Caminaron hasta media mañana. Luego se desviaron hacia un pequeño olivar abandonado, donde los árboles crecían torcidos, con los troncos abiertos como manos de anciano. Ishaq sacó de una alforja pan duro, queso, higos secos y una bota de agua. Comieron sentados sobre piedras, sin encender fuego.
Nadir apenas pudo tragar.
Cada vez que cerraba los ojos veía el taller ardiendo.
Veía a su madre.
Vive.
La palabra le volvía una y otra vez. No como consuelo. Como mandato.
—Has dicho que mi madre ya sobrevivió una vez —le dijo a Salma.
Ella partió un higo por la mitad.
—Sí.
—¿A qué?
Ishaq dejó de masticar.
Salma no lo miró, pero notó su advertencia.
—No me escondáis más cosas —dijo Nadir—. Estoy aquí porque vosotros sabéis algo de mi familia que yo no sé. Mi padre está muerto. Mi casa ha ardido. Mi madre puede estar presa o escondida o peor. Así que no me habléis como si fuera una jarra que puede romperse.
Ishaq limpió unas migas de su barba.
—Las jarras rotas también cortan.
—Entonces hablad.
Salma guardó silencio.
Fue Ishaq quien respondió.
—Tu madre nació en una casa cristiana de Toledo. Se llamaba Leonor de Alvar. Su padre era escribano de un hombre poderoso. Demasiado poderoso para un hombre honrado, demasiado pequeño para un hombre prudente. Cuando Leonor tenía quince años, su padre copió unos documentos que no debía haber leído.
—¿Qué documentos?
—Cartas. Pagos. Nombres de hombres que predicaban una cosa y vendían otra. Tu abuelo entendió tarde que la tinta también puede ser una soga.
Nadir sintió una punzada extraña al oír la palabra abuelo. Nunca había conocido a ninguno. Su madre decía poco de su familia. Su padre, menos.
—¿Lo mataron?
Ishaq miró los olivos.
—Lo hicieron desaparecer. En aquellos tiempos, la diferencia entre una cosa y otra dependía de si alguien encontraba el cuerpo.
Nadir tragó saliva.
—¿Y mi madre?
—Yusuf la escondió.
—¿Mi padre?
—Entonces era joven. Más joven que tú ahora. Trabajaba copiando para la escuela de traductores y hacía encargos para quien pagara. Tu madre llegó a él con una bolsa de cartas y la ropa manchada de sangre que no era suya.
Nadir intentó imaginar a su madre con quince años. No pudo. Los hijos creen que sus madres nacieron sabiendo doblar sábanas, soportar silencios y conocer el precio justo de las lentejas. Cuesta imaginar que un día fueron muchachas perseguidas bajo la lluvia.
—¿Y él la salvó?
—Sí —dijo Ishaq—. Y al salvarla, entró en una historia de la que ya no pudo salir.
Salma levantó la vista.
—Nadie salva a otro gratis. Aunque no cobre, siempre paga.
Nadir la miró.
—Hablas como si eso te molestara.
—Me molesta que la gente llame destino a las deudas de otros.
Aquella frase quedó flotando entre los tres.
Ishaq recogió el pan sobrante y lo envolvió en un paño.
—Tu padre no era un santo, Nadir. Conviene que lo sepas pronto. Los santos son fáciles de amar porque no contradicen a nadie desde la tumba. Yusuf era mejor que eso y peor que eso. Era un hombre. Hizo cosas nobles por miedo, y cosas cobardes por amor. Como todos, salvo los mentirosos.
Nadir miró el anillo en su dedo.
—¿Qué tiene que ver todo eso con el pergamino?
—Las cartas que llevaba tu madre no eran lo único que había en aquella bolsa.
Salma se tensó.
Ishaq continuó:
—También había una página arrancada de un libro antiguo. Una página escrita en tres lenguas. Tu abuelo la había escondido porque entendió que valía más que todos los documentos juntos.
Nadir sacó el pergamino de su túnica.
—¿Esto?
—No. Eso es una pista hacia lo que aquella página señalaba.
—La ciudad que soñaba con el mar.
Ishaq asintió.
—Durante siglos se la ha llamado de muchas formas. La ciudad enterrada. La ciudad sin puertas. La biblioteca bajo la arena. Algunos dicen que nunca existió. Otros que existió demasiadas veces.
—Eso no significa nada.
—Casi nada importante significa algo al principio.
Nadir sintió un cansancio agrio.
—Hablad claro.
Salma se limpió los dedos en la tela del manto.
—Hay un libro.
—Siempre hay un libro.
—Este no debería existir.
—¿Por qué?
Ishaq respondió en voz baja:
—Porque no pertenece a una religión, y por eso todas podrían reclamarlo. Porque no confirma del todo a nadie, y por eso todos podrían temerlo. Porque habla de los hombres antes de que aprendieran a separar a Dios en habitaciones distintas.
Nadir frunció el ceño.
—Eso suena a herejía.
—Para algunos, todo lo que no pueden mandar callar lo es.
Salma miró hacia el camino.
—Rodrigo cree que ese libro puede comprar protección. Otros creen que puede destruir reputaciones. Algunos lo quieren por fe. Otros por oro. Tu padre lo quería lejos de todos ellos.
—¿Y vosotros?
Ishaq sonrió sin alegría.
—Yo soy demasiado viejo para querer libros peligrosos.
—Eso no responde.
—Los viejos sobrevivimos así.
Nadir se volvió hacia Salma.
—¿Y tú?
Ella tardó en contestar.
—Yo quiero encontrar a mi madre.
La respuesta lo sorprendió.
—¿Qué tiene que ver tu madre con esto?
Salma cerró la bolsa.
—Todo.
El viento movió las ramas de los olivos.
De alguna parte llegó el sonido de una campana lejana, quizá de una ermita, quizá de una aldea oculta tras la loma.
Nadir pensó que el mundo seguía lleno de gente que despertaba, amasaba pan, daba de comer a las gallinas, discutía por tonterías.
Gente que ignoraba la existencia de Rodrigo, de la página arrancada, de la ciudad imposible. Gente afortunada.
—¿Está viva? —preguntó.
Salma miró al suelo.
—No lo sé.
La dureza de su voz se resquebrajó apenas, lo justo para que Nadir entendiera que allí había una herida parecida a la suya. No igual. Ninguna herida lo es. Pero cercana.
Ishaq se levantó con dificultad.
—Seguiremos hasta una alquería donde aún me deben favores. Allí dormiremos unas horas. Después tomaremos el camino de Córdoba.
—¿Y si no quiero ir? —preguntó Nadir.
El anciano se apoyó en su bastón.
—Entonces te daremos pan, un nombre falso y consejo para esconderte. Nadie te atará a esta búsqueda.
Salma lo miró con sorpresa, como si no esperara aquella concesión.
Nadir también se sorprendió.
—¿Puedo irme?
—Claro —dijo Ishaq—. Eres libre.
La palabra sonó hermosa.
Demasiado hermosa.
Nadir había vivido lo suficiente entre libros para desconfiar de las palabras hermosas cuando llegaban limpias a una frase sucia.
—Pero si me voy, Rodrigo encontrará a mi madre antes que yo.
Ishaq no dijo nada.
—Y si tiene el pergamino, quizá pueda cambiarlo por ella.
—Quizá —admitió el anciano.
—O quizá la mate igualmente.
—Quizá.
Nadir se puso en pie.
—Esa libertad tuya se parece mucho a una trampa.
Ishaq lo miró con una mezcla de cansancio y respeto.
—La mayoría de libertades verdaderas se parecen a una trampa porque no vienen con un camino seguro. Solo con la obligación de elegir.
Nadir quiso odiarlo por aquella frase.
No pudo.
Porque en el fondo ya había elegido desde el momento en que subió al muro y dejó atrás la casa ardiendo. Lo que estaba haciendo ahora no era decidir. Era aceptar la forma de su propia caída.