La mujer bajo la lluvia #2
Había entrado por el patio con una antorcha y la arrojó contra los pliegos secos que colgaban junto a la ventana. El fuego prendió al instante en el papel, subiendo por los cordeles con una alegría horrible. La habitación se llenó de luz, humo y gritos.
—¡Por aquí! —gritó ella.
Nadir no pensó.
La siguió.
Pasó junto a su madre, quiso agarrarla, pero Aisha lo empujó hacia el patio con una fuerza desesperada.
—¡Vive! —le gritó.
No “huye”.
No “sálvate”.
Vive.
Esa palabra lo perseguiría durante años.
Salma tiró de él. Cruzaron el patio bajo la lluvia. El fuego crecía detrás, devorando pergaminos, mesas, sombras, la letra paciente de Yusuf, la vida entera de una casa. Nadir intentó volver la cabeza, pero Salma se lo impidió.
—No mires.
Pero miró.
Vio a su madre en la puerta del taller, iluminada por las llamas. Vio a Rodrigo sujetándose el brazo. Vio al clérigo con la cara llena de sangre. Vio al hombre silencioso avanzar entre el humo como una criatura sin miedo al fuego.
Luego Salma lo empujó contra el muro bajo.
—Sube.
—Mi madre.
—Sube.
—¡Mi madre!
Salma lo agarró del cuello de la túnica y acercó su rostro al suyo.
—Si vuelves, mueres tú y muere ella para nada.
La frase fue cruel.
Y verdadera.
Nadir subió al muro con las manos resbalando por la lluvia. Al otro lado, el patio de Hamid estaba oscuro. Cayó mal, se golpeó la rodilla, se mordió la lengua. El sabor de la sangre le llenó la boca. Salma cayó junto a él con más agilidad.
Detrás, la casa ardía.
Nadir quiso gritar, pero no le salió voz.
Salma le tapó la boca con la mano.
—Ahora no.
Había en esas dos palabras un mundo entero de pérdidas aplazadas.
Cruzaron el patio vecino, pasaron por una puerta trasera, bajaron una calle estrecha donde el agua corría entre las piedras.
Nadir no sabía hacia dónde iban. Toledo era su ciudad, pero aquella noche todas las calles parecían pertenecer a otros.
Salma avanzaba sin dudar, como si hubiera ensayado aquella huida muchas veces en su cabeza.
Al llegar a una esquina, Nadir se soltó.
—No puedo dejarla.
Salma se volvió.
La luz del incendio teñía de rojo el borde de los tejados. En su rostro había ceniza y lluvia. También había culpa.
—Tu madre sabe sobrevivir.
—¿Y tú cómo lo sabes?
—Porque ya lo hizo una vez.
Nadir se quedó inmóvil.
—¿Qué significa eso?
Salma miró hacia atrás.
Se oyeron voces. Pasos. Alguien gritó su nombre desde lejos.
No “el muchacho”.
Su nombre.
—Significa que nada de lo que creías empezó contigo —dijo ella—. Pero si no corres, acabará esta noche.
Volvieron a moverse.
Bajaron hacia el río por callejones que Nadir conocía y no conocía.
Pasaron junto a una panadería apagada, una fuente, una imagen de la Virgen metida en un hueco de la pared.
En otro tiempo, Nadir se habría santiguado por costumbre ajena o habría bajado la vista por respeto propio. Aquella noche solo corrió.
La lluvia se hizo más fuerte.
Cuando llegaron al puente de Alcántara, el alba todavía era una promesa sucia en el borde del cielo. El Tajo pasaba oscuro bajo los arcos, hinchado por el agua, llevando ramas, barro y quizá los reflejos rotos de la ciudad que ardía detrás.
Salma se detuvo junto a una de las torres.
—Dame el pergamino.
Nadir la miró como si no la hubiera oído.
—No.
—No tenemos tiempo.
—Mi padre lo escondió para mí.
—Tu padre lo escondió para que llegara a donde debe llegar.
—Eso no eres tú.
Salma respiró hondo. Parecía a punto de discutir, pero algo en la cara de Nadir la hizo detenerse.
—Está bien. Guárdalo. Pero si nos atrapan, trágatelo, quémalo o tíralo al río. Lo que sea antes de dárselo a Rodrigo.
—¿Quién es?
Salma miró el agua.
—Un hombre que aprendió demasiado pronto que la fe abre puertas que la espada no puede romper.
—¿Trabaja para la Iglesia?
—Trabaja para quien pague y perdone. A veces es la Iglesia. A veces un rey. A veces un hombre con miedo a que un libro sobreviva más que su mentira.
Nadir quiso preguntar otra cosa, pero la rodilla le dolía, la mejilla le ardía, la lengua le sangraba y el mundo entero parecía haberse reducido a frío, humo y pérdida.
Metió la mano bajo la túnica.
El pergamino seguía allí.
También el anillo de su padre.
Grande.
Frío.
Imposible.
Al otro lado del puente, entre la lluvia, apareció una mula cargada con dos alforjas. La guiaba un anciano encorvado, envuelto en una capa de lana parda. Tenía la barba blanca, la piel oscura y una cicatriz pequeña en la frente. No parecía sorprendido de encontrarlos.
—Llegáis tarde —dijo.
Salma soltó una risa seca.
—Hemos tenido que incendiar una casa.
El anciano miró a Nadir.
—Eso explica el olor a destino quemado.
Nadir no tenía fuerzas para frases extrañas.
—No voy a ninguna parte hasta saber qué ha pasado con mi madre.
El anciano se acercó despacio. Sus ojos eran claros, casi dorados, y parecían mirar no solo el rostro, sino también el cansancio que había detrás.
—Tu madre está viva.
Nadir sintió que el aire volvía a entrarle en los pulmones de golpe.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque si estuviera muerta, los hombres de Rodrigo no estarían buscando al hijo. Estarían celebrando haber terminado el trabajo.
No era consuelo.
Pero bastó.
—¿Quién eres? —preguntó Nadir.
El anciano hizo una pequeña inclinación.
—Me llamo Ishaq ben Ezra. Tu padre me debía una partida de ajedrez y una explicación que ya no podrá darme.
—Todo el mundo conocía a mi padre menos yo.
Ishaq lo miró con una tristeza breve.
—No. Tú conocías la parte que él protegió para que no fuera destruida.
Nadir bajó la vista.
La lluvia le caía por el pelo, por las pestañas, por la nuca. De pronto tuvo diecisiete años y cien. Quiso estar en su cama. Quiso que su padre siguiera inclinado sobre un libro. Quiso que su madre le gritara por dejar la puerta del patio abierta. Quiso no haber encontrado nunca el pergamino.
Salma se acercó a la mula y revisó las alforjas.
—Tenemos que salir antes de que cierren las puertas.
—¿Salir adónde? —preguntó Nadir.
Ishaq señaló el sur.
—A Córdoba.
Nadir soltó una carcajada amarga que le hizo daño en la lengua.
—Mi casa arde, mi madre ha desaparecido, unos hombres me persiguen y tú quieres que vaya a Córdoba.
—No —dijo el anciano—. Yo quiero quedarme en Toledo, dormir tres horas y comer gachas calientes. Pero tu padre quiso otra cosa. Y los muertos, cuando han sido prudentes en vida, suelen volverse muy molestos después.
Nadir miró el puente. Luego la ciudad. Toledo se levantaba detrás como una bestia herida, llena de humo, campanas y tejados mojados.
En algún lugar de aquella maraña estaba su madre.
En algún lugar quizá Rodrigo ya sabía que había escapado.
En algún lugar, la vida que conocía acababa de cerrarse sin pedirle permiso.
Sacó el pergamino.
La tinta azul de la estrella parecía más viva bajo la lluvia.
Busca la ciudad que soñaba con el mar, y sabrás qué parte de tu vida no era tuya.
—No creo en señales —dijo.
Ishaq sonrió con cansancio.
—Mejor. Los que creen demasiado pronto acaban obedeciendo a cualquiera.
—Entonces ¿por qué debo ir?
El anciano señaló el anillo.
—Porque llevas en la mano una pregunta que otros matarían por contestar en tu lugar.
Nadir cerró el puño.
Al este, el cielo empezó a aclarar.
No fue un amanecer hermoso. Fue pálido, frío, lleno de humo. Un amanecer sin promesas. Pero era luz al fin. Y la luz, incluso cuando no salva, obliga a ver.
Nadir subió a la mula sin mirar atrás.
Pero mientras cruzaban el puente, mientras Toledo quedaba a su espalda, mientras el río arrastraba la lluvia hacia tierras que él no conocía, comprendió que sí estaba mirando.
No con los ojos.
Con todo lo que acababa de perder.
Y por primera vez desde la muerte de su padre, lloró.
No mucho.
No como un niño.
No como un héroe.
Lloró como lloran los que todavía no saben si están huyendo de una desgracia o entrando en ella.