La mujer bajo la lluvia
Los golpes no volvieron enseguida.
Eso fue lo peor.
Si hubieran insistido, si hubieran aporreado la madera, si una voz hubiera gritado desde la calle, Nadir habría encontrado una forma sencilla de sentir miedo. El ruido da permiso al cuerpo para temblar. Pero aquel silencio posterior tenía otra naturaleza. Era paciente. Era educado. Era casi íntimo.
Como si quien esperaba al otro lado supiera que tarde o temprano abrirían.
Aisha apagó la lámpara de un soplo.
La habitación quedó sumida en una penumbra azulada, apenas rota por la claridad pobre que entraba entre los postigos. Nadir oyó la respiración de su madre, más rápida de lo que ella habría querido admitir.
—No bajes —susurró.
—Es nuestra casa.
—Esta noche no.
Tres golpes más.
Esta vez sonaron más suaves.
Nadir sintió que el pergamino escondido bajo la túnica parecía crecer contra su pecho, como si aquella línea escrita tuviera peso propio.
Pensó en Salma. En su advertencia. En los hombres que quizá habían visitado a su padre seis noches antes.
Pensó también en la bofetada de su madre, en su miedo, en Burgos, en aquella familia desconocida que acababa de aparecer en su vida como una grieta en una pared vieja.
—Madre —dijo muy bajo—, dime quién es.
Aisha no contestó.
Bajó de la cama con cuidado, cruzó la habitación y se acercó al arcón donde guardaba la ropa de invierno.
Lo abrió sin hacer ruido. Nadir, inmóvil junto a la puerta, la vio apartar mantas, una camisa de lino, un viejo rosario de cuentas oscuras que él no sabía que conservara.
Debajo de todo sacó una bolsa pequeña de cuero.
Dinero.
No mucho, pero más del que Nadir había visto nunca junto.
—¿Qué haces?
—Prepararnos.
—¿Para qué?
—Para vivir.
No dijo huir.
Las madres tienen pudor incluso para nombrar el miedo.
Abajo, una voz habló desde la calle.
—Aisha.
No fue un grito.
Fue peor.
La pronunciación del nombre tuvo una precisión cruel. No la llamó Leonor. No la llamó señora. No la llamó viuda de Yusuf. La llamó Aisha, con una familiaridad que no pertenecía a ningún vecino de Toledo.
Aisha cerró los ojos.
Nadir la vio envejecer otro poco.
—Lo conoces —dijo.
—Conozco su voz.
—¿Quién es?
Ella se llevó un dedo a los labios.
La voz volvió a subir desde la calle.
—Sabemos que el muchacho está contigo.
El muchacho.
Nadir sintió una punzada de humillación absurda. En medio del miedo, le dolió que lo llamaran así, como si no tuviera nombre, como si fuera una parte menor del asunto que otros habían venido a resolver.
—No abras —repitió su madre.
—No pensaba hacerlo.
Pero en cuanto dijo aquello, supo que una parte de él mentía.
No quería abrir. No era tan necio. Pero tampoco soportaba aquella ignorancia. Hay preguntas que empujan desde dentro con más fuerza que cualquier enemigo desde fuera.
Aisha le puso la bolsa de cuero en las manos.
—Escúchame. Si algo ocurre, sal por el patio, sube al muro bajo y pasa a la casa de Hamid. Él te esconderá hasta el alba.
—No voy a dejarte aquí.
—No te estoy pidiendo opinión.
—Pues yo no soy un niño.
Aisha lo miró entonces con una tristeza tan cansada que la frase se le rompió a Nadir por dentro.
—Todos los hijos dicen eso la noche antes de descubrir que aún lo son.
Abajo, algo rozó la puerta.
No un golpe.
Metal.
Una herramienta probando la cerradura.
Aisha soltó el brazo de Nadir y salió al pasillo. Él la siguió. Bajaron los primeros escalones sin luz. La casa parecía distinta en la oscuridad, como si hubiera dejado de pertenecerles. Cada tabla crujía con memoria propia. Cada sombra parecía contener una decisión antigua.
Cuando llegaron al rellano, la puerta principal se estremeció apenas.
Nadir imaginó la hoja de hierro entrando despacio, buscando la lengua de la cerradura.
Su padre había arreglado aquel cierre muchas veces.
Lo recordaba inclinado, mascullando que en Toledo nadie sabía fabricar una puerta que obedeciera bien.
Ahora aquella misma puerta era lo único que separaba a su madre de una voz que conocía demasiado su nombre.
Aisha entró en el taller.
—Ayúdame.
Entre los dos empujaron la mesa larga hasta colocarla contra la entrada interior. No impediría que entrasen, pero les daría tiempo. Tiempo para qué, Nadir no lo sabía. A veces los vivos se aferran a unos segundos como si fueran un reino.
—Sube —dijo ella.
—No.
—Nadir.
—No.
La cerradura cedió con un chasquido seco.
La puerta principal se abrió.
Durante un instante, nadie entró.
El aire frío de la calle avanzó por la casa antes que los hombres. Trajo olor a lluvia, a barro y a cuero mojado. Después sonaron unos pasos. Tres pares, quizá cuatro. Pesados, seguros. No pasos de ladrones. Los ladrones entran con prisa. Aquellos hombres entraron como quien reclama una propiedad.
Aisha se colocó delante de su hijo.
Nadir sintió vergüenza de agradecerlo.
Una figura apareció en el umbral del taller. Era alta, envuelta en una capa oscura. La lámpara apagada no dejaba ver bien el rostro, pero sí la línea pálida de una cicatriz que le cruzaba el cuello hasta perderse bajo la barba.
El hombre de la cicatriz.
Salma no había mentido en eso.
—Paz a esta casa —dijo.
La frase, en aquella boca, sonó como una burla.
Aisha no respondió.
Detrás del primero apareció otro hombre más bajo, vestido con hábito de clérigo. Tenía las manos pequeñas y limpias, demasiado limpias para una noche de barro. El tercero quedó en la sombra del pasillo. No se distinguía su cara. Solo su quietud.
Nadir pensó que aquel era el que no hablaba.
El de la cicatriz miró la mesa atravesada contra la puerta del taller.
—No hacía falta incomodarse.
—Mi marido ha sido enterrado hoy —dijo Aisha—. Esta casa está de duelo.
—Precisamente por eso hemos venido con discreción.
—Habéis forzado la puerta.
El clérigo sonrió.
—La madera no tiene alma. No se ofende.
Nadir sintió asco. Un asco frío, limpio, más fuerte que el miedo.
El hombre de la cicatriz dio un paso más.
—Yusuf dejó algo que no le pertenecía.
—Yusuf ya no puede devolver nada.
—Tú sí.
Aisha levantó la barbilla.
—No sé de qué hablas.
El hombre la observó con una paciencia casi amable.
—Siempre fuiste mejor mintiendo en castellano.
Nadir notó que su madre se tensaba.
—Sal de mi casa, Rodrigo.
El nombre cayó entre ellos como una piedra.
Rodrigo.
Cristiano, entonces. O al menos vestido por dentro con esa parte del mundo. Nadir miró el hábito del otro, las botas del tercero, la cicatriz del primero. No parecían soldados, ni monjes, ni alguaciles. Parecían algo peor: hombres acostumbrados a moverse entre todos ellos.
Rodrigo sonrió apenas.
—Me alegra que me recuerdes.
—Hay desgracias que no se olvidan.
—Ni deudas.
La palabra hizo que Aisha palideciera.
Nadir quiso preguntar qué deuda, pero no se atrevió. Sintió que cada respuesta posible le robaba un poco más a su padre.
El clérigo miró hacia él por primera vez.
—El muchacho se parece a Yusuf.
—Mi hijo no tiene nada que ver con esto.
—Los hijos siempre tienen que ver con lo que sus padres esconden.
Rodrigo extendió la mano.
—El fragmento.
Aisha frunció el ceño con tal perfección que Nadir casi la habría creído.
—No hay ningún fragmento.
—Entonces nos permitirás buscar.
—No.
El hombre de la cicatriz suspiró, como quien lamenta tener que ser descortés.
—Aisha, no hemos venido a hacer daño.
—Los hombres como tú nunca ven daño en lo que hacen. Solo ven necesidad.
—La necesidad mueve el mundo.
—No. Lo ensucia.
Durante un instante, Nadir vio a su madre de otra manera.
Ya no era solo la mujer que le cosía el cuello de las camisas, que regateaba el precio del trigo, que callaba demasiado cuando su padre viajaba.
Había en ella una vida anterior, una dureza que él no conocía, una dignidad antigua levantada en mitad del miedo.
Rodrigo también pareció verla.
Y aquello lo irritó.
—Aparta al chico.
—No.
El tercer hombre se movió por fin.
No dijo nada. Solo avanzó hacia la mesa. Nadir reaccionó antes de pensar. Agarró la piedra de alisar del taller y la sostuvo con ambas manos. Era pesada, lisa, absurda como arma. El hombre se detuvo.
El clérigo soltó una risita.
—Tiene carácter.
—Tiene duelo —dijo Aisha—. No lo confundas con valor. El duelo muerde porque no sabe dónde poner la boca.
Rodrigo dejó de sonreír.
—Última vez. Danos lo que Yusuf escondió.
Nadir sintió que todos los ojos se dirigían hacia él, aunque nadie lo había señalado.
Y entonces comprendió.
No solo sospechaban que el pergamino estaba en la casa.
Sabían que él lo había encontrado.
Quizá lo habían visto bajar al taller. Quizá alguien vigilaba desde la calle. Quizá Salma no había sido la única sombra en la lluvia.
Aisha también lo comprendió.
No lo miró. No hizo ningún gesto. Pero Nadir notó que su cuerpo cambiaba apenas de posición, colocándose de forma que lo cubría mejor.
—No tenemos nada —dijo ella.
Rodrigo hizo un gesto con dos dedos.
El hombre silencioso fue rápido.
Apartó la mesa de un empujón brutal. La madera chilló contra el suelo. Aisha intentó interponerse, pero Rodrigo la sujetó por el brazo. Nadir levantó la piedra, dispuesto a golpear, pero el clérigo sacó de alguna parte una pequeña daga y la apoyó bajo la barbilla de su madre.
Todo se detuvo.
—No seas joven —dijo el clérigo.
No dijo no seas tonto.
No seas valiente.
No seas héroe.
Dijo no seas joven.
Y aquella frase, por alguna razón, le heló la sangre.
Nadir bajó la piedra lentamente.
Aisha no lloró.
—Hijo —dijo—, mírame.
Él la miró.
Sus ojos, secos hasta entonces, estaban llenos de algo que no era súplica. Era orden. Era amor, sí, pero un amor sin dulzura. Un amor preparado para hacer daño si con eso salvaba.
—Corre.
Nadir no entendió la palabra hasta que ella ya se había movido.
Aisha golpeó con la frente la nariz del clérigo.
La daga le abrió una línea roja bajo la mandíbula, pero no la detuvo. Rodrigo maldijo. El hombre silencioso se lanzó hacia Nadir. La piedra de alisar cayó al suelo. Nadir retrocedió, tropezó con el banco, sintió una mano rozarle la túnica.
Entonces la lámpara del taller estalló.
No por magia.
Por Salma.