Las manos manchadas de tinta #2
La frase fue simple, pero le arrancó algo.
Nadir pensó en los viajes breves de Yusuf, siempre justificados por encargos, enfermedades ajenas, compras de material, visitas a viejos maestros.
Pensó en los días en que regresaba más delgado, más callado, con arena en los pliegues de la ropa aunque juraba haber estado en Talavera.
Pensó en su madre mirándolo entonces con una mezcla de alivio y reproche.
Hay verdades que uno no descubre de golpe.
Primero recuerda.
Y el recuerdo, si se mira bien, acusa.
—¿Qué quieres? —preguntó Nadir.
—Lo mismo que quería él.
—¿Y qué quería?
Salma bajó la voz.
—Que el libro no caiga en manos de quienes creen que la verdad puede encerrarse en una sola lengua.
Nadir sintió cansancio. Un cansancio enorme, impropio de su edad. Su padre estaba muerto, su madre no hablaba, una desconocida le hablaba de libros secretos, y él aún llevaba bajo las uñas la tierra húmeda del entierro.
—No sé nada de ningún libro.
—Pero sabes de encuadernaciones.
—Eso no me convierte en guardián de nada.
—No. Pero ser su hijo, sí.
Nadir dejó el cuchillo sobre la mesa. No porque confiara en ella. Porque de pronto le pareció ridículo amenazar con una hoja pequeña a una desgracia grande.
—Mi padre nunca me habló de ti.
—Eso significa que te quería.
—Extraña forma de querer.
—La única que conocen los hombres perseguidos.
La palabra quedó suspendida entre ambos.
Perseguidos.
Nadir miró hacia la escalera. Arriba, su madre seguía encerrada. Quizá dormía. Quizá rezaba. Quizá escuchaba.
—Dices que mi padre murió por esto.
—Digo que lo visitaron tres hombres hace seis noches.
—Eso no es posible. Yo estaba aquí.
—No estabas. Fuiste a llevar un volumen al monasterio de San Clemente.
Nadir sintió frío.
Era cierto.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque yo también estaba vigilando la casa.
—¿Vigilando?
—Protegiendo, si prefieres una palabra más amable.
—No la prefiero.
Salma aceptó el golpe sin moverse.
—Entraron al anochecer. Uno llevaba capa de clérigo. Otro tenía cicatriz en el cuello. El tercero no habló. Tu padre los recibió en este taller. Discutieron. Después se fueron. Al día siguiente, Yusuf quemó varias cartas y escondió ese fragmento en el libro.
—¿Y tú no hiciste nada?
Por primera vez, algo se quebró en la expresión de Salma.
—Llegué tarde.
Lo dijo de una manera que no admitía burla.
Nadir bajó la mirada. Sobre la mesa, junto al tratado de astronomía, seguía el tintero de su padre. La tinta se había espesado un poco por estar abierta demasiadas horas. Formaba en la superficie una piel oscura, fina y arrugada.
Como si también ella estuviera envejeciendo de golpe.
—Quiero hablar con mi madre —dijo.
—No.
La respuesta fue demasiado rápida.
Nadir volvió a mirarla.
—¿Perdona?
—No le enseñes eso. Todavía no.
—Es mi madre.
—Precisamente.
—Sal de mi casa.
—Tu madre sabe más de lo que te ha contado, pero menos de lo que teme. Si le enseñas el pergamino esta noche, hará lo que cualquier madre haría: intentará salvarte. Y para salvarte quizá destruya la única cosa por la que tu padre aceptó morir.
El golpe fue limpio.
Nadir no se movió.
—Mi padre no aceptó morir.
Salma bajó los ojos.
—Nadie acepta. Pero algunos entienden antes que otros el precio.
En ese instante, desde la parte alta de la casa, sonó una tabla.
Los dos miraron hacia la escalera.
La voz de Aisha llegó débil, pero clara.
—Nadir.
El nombre atravesó el taller con la autoridad de todo lo que no necesita gritar.
Salma retrocedió un paso hacia la sombra.
—Escúchame bien —susurró—. Si esta noche alguien llama a la puerta después de la última oración, no abras. Aunque digan traer noticias de tu padre. Aunque vengan con sello de iglesia. Aunque nombren a tu madre por su nombre cristiano.
Nadir no respondió.
—Mañana, antes del alba, ve al puente de Alcántara. Si quieres saber quién fue Yusuf, lleva el pergamino. Si prefieres seguir siendo quien eras ayer, quémalo.
—¿Y tú estarás allí?
Salma se cubrió de nuevo con el manto.
—Yo ya estoy en esa historia. El que aún no ha entrado eres tú.
La joven salió a la calle sin esperar permiso.
Nadir se quedó solo en el taller. Durante unos segundos escuchó sus pasos alejarse sobre la piedra mojada. Luego ya no escuchó nada, salvo el latido de la lluvia en el patio.
—Nadir —volvió a llamar su madre desde arriba.
Guardó el pergamino bajo la túnica.
Antes de subir, miró el anillo de su padre, que descansaba junto al tintero. Lo habían retirado del cuerpo antes del entierro porque la carne hinchada impedía sacarlo con facilidad y el alfaquí había murmurado que no convenía enterrar a un hombre con adornos. Nadir lo tomó.
Era sencillo. Plata gastada. Una estrella de ocho puntas grabada en el interior, donde nadie podía verla salvo quien lo llevara puesto.
Se lo puso en el dedo.
Le quedaba grande.
Como todo lo que acababa de heredar.
Subió la escalera lentamente.
Su madre estaba sentada en la cama, sin velo, con el cabello suelto cayéndole por los hombros. A la luz de la lámpara parecía mucho más vieja que por la mañana. Tenía los ojos secos. Eso asustó a Nadir más que si la hubiera encontrado llorando.
—¿Con quién hablabas? —preguntó ella.
Nadir sintió el pergamino contra el pecho.
Pensó en decir la verdad.
Pensó en mentir.
Y entonces comprendió algo terrible: hasta ese día, había creído que la mentira era una puerta que uno cruzaba para alejarse de los demás. Pero a veces era justo lo contrario. A veces se mentía para permanecer un poco más cerca de alguien.
—Con nadie —dijo.
Su madre cerró los ojos.
No pareció creerlo.
Tampoco pareció sorprenderse.
—Tu padre también decía eso —murmuró.
Nadir quiso preguntarle qué sabía. Quiso sacar el pergamino, ponerlo entre los dos, romper aquella pared de silencio que la muerte había levantado en mitad de la casa. Pero recordó la voz de Salma.
Si le enseñas el pergamino esta noche, hará lo que cualquier madre haría.
Aisha abrió los ojos y miró su mano.
—Te has puesto su anillo.
Nadir bajó la vista.
—Sí.
Durante un instante creyó ver miedo en el rostro de su madre.
No dolor.
Miedo.
—Quítatelo —dijo ella.
—¿Por qué?
—Porque no es tuyo.
—Ahora sí.
Aisha se levantó. Cruzó la habitación y le tomó la mano con una fuerza que no esperaba de ella. Intentó sacar el anillo, pero se detuvo al notar que estaba flojo y que, aun así, Nadir cerraba el puño.
—Madre.
—Quítatelo.
—Solo es un anillo.
Aisha lo miró entonces como se mira a un niño que acaba de repetir una frase peligrosa sin comprenderla.
—Nada es solo lo que parece en esta casa.
Nadir sintió que el pergamino le quemaba bajo la ropa.
—¿Qué quieres decir?
Su madre soltó su mano.
Se apartó de él.
Durante un momento, la habitación quedó llena de todas las preguntas que ninguno de los dos se atrevía a formular. La lluvia golpeaba los postigos con suavidad. En algún lugar, un perro ladró dos veces.
Aisha se cubrió el cabello con el velo, aunque no había nadie más allí.
—Quiero decir que mañana venderemos el taller.
Nadir creyó haber oído mal.
—¿Qué?
—Nos iremos de Toledo.
—¿Adónde?
—A casa de mi hermana, en Burgos.
—No tenemos familia en Burgos.
—Yo sí.
Aquella fue otra puerta abriéndose hacia una habitación que Nadir no conocía.
—Mi vida está aquí.
—Tu vida era tu padre. Y tu padre ya no está.
La crueldad de la frase los hirió a los dos.
Aisha se arrepintió apenas la dijo, pero no pidió perdón. Su madre era de esas personas que preferían cargar con una culpa antes que debilitar una decisión.
—No voy a vender el taller —dijo Nadir.
—No te lo estoy preguntando.
—El taller es mío.
—El taller está lleno de hombres muertos.
—Solo ha muerto uno.
Aisha lo abofeteó.
No fue fuerte, pero el sonido pareció llenar toda la casa.
Nadir se quedó inmóvil.
Su madre también.
Los dos miraron la marca roja subir lentamente en su mejilla, como si perteneciera a otra persona.
—Perdóname —dijo ella.
Lo dijo tan bajo que casi no fue una palabra.
Nadir no contestó.
Aisha le tocó la cara, pero él se apartó. El gesto le dolió más que la bofetada. Lo vio en sus ojos.
—Hijo...
—¿De qué tienes miedo?
La pregunta salió sola.
Aisha bajó la mano.
—De lo mismo que tu padre.
—¿Y qué era?
Ella miró el anillo.
Después miró la ventana.
Después la puerta.
Como si la casa pudiera estar escuchando.
—De que un día vinieran a cobrar lo que le perdonaron.
Nadir sintió que algo muy antiguo entraba en la habitación.
—¿Quiénes?
Aisha no respondió.
Abajo, alguien llamó a la puerta.
Tres golpes.
No fueron fuertes.
No fueron impacientes.
Precisamente por eso parecieron peores.
Madre e hijo se miraron.
La última oración aún no había pasado.
Pero la noche, de pronto, ya estaba dentro.