La ciudad que soñaba con el mar
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Las manos manchadas de tinta
El día que enterraron a su padre, Nadir descubrió que los muertos pesan menos que sus secretos.
La lluvia había empezado antes del amanecer, una lluvia fina, gris, casi humilde, que caía sobre Toledo como si el cielo no quisiera molestar demasiado a los vivos.
Las calles olían a barro, a lana mojada y a humo pobre.
Desde la puerta de la casa, Nadir vio pasar a los vecinos con la cabeza baja, algunos por pena, otros por costumbre, otros porque siempre se camina así cuando uno no sabe qué decir.
Aquello fue lo primero que Nadir pensó al verlo tendido sobre la mesa larga del taller.
No pensó en Dios. No pensó en el paraíso.
No pensó en las palabras solemnes que los hombres buscan cuando la muerte entra en una casa.
Pensó en sus dedos. En las uñas oscurecidas.
En aquella pequeña cicatriz que tenía junto al pulgar, hecha años atrás con un cuchillo de encuadernar.
Pensó que esas manos habían copiado más vidas de las que habían vivido.
—No llores todavía —le había dicho su madre, sin mirarlo.
Y Nadir no lloró.
Obedecer era una forma antigua de amor.
Durante toda la mañana entraron hombres en la casa.
Un alfaquí de barba blanca. Dos comerciantes judíos que hablaban poco y observaban mucho.
Un fraile del convento de San Román que se quedó en el umbral, como si no supiera si tenía derecho a cruzarlo.
Mujeres cubiertas con velos oscuros. Aprendices de escribano.
Un muchacho cojo que Nadir no conocía y que dejó sobre la mesa una naranja seca, pequeña, casi negra, como ofrenda inútil.
Todos decían lo mismo con palabras distintas.
Que había sido un hombre bueno.
Que había sido un hombre sabio.
Que Alá tendría misericordia de él.
Que Dios lo recibiría.
Que el Eterno guarda memoria de los justos.
Nadir escuchaba y pensaba que si tantos nombres tenía la misericordia, tal vez era porque nadie estaba seguro de haberla visto nunca.
Su padre se llamaba Yusuf ibn Farid, aunque en la calle de los Francos muchos lo conocían como José el Encuadernador, porque Toledo tenía esa costumbre de cambiar los nombres a las personas igual que cambiaba las monedas de mano.
Había nacido musulmán, trabajaba para cristianos, copiaba a sabios judíos y juraba, cuando el vino le aflojaba la prudencia, que la tinta entendía mejor a Dios que los hombres.
—La tinta no pregunta de quién es la verdad —decía—. Solo quiere una superficie donde quedarse.
A Nadir aquella frase le había parecido hermosa de niño y peligrosa de mayor.
Su padre no era rico, pero en su taller entraban libros que ningún noble habría dejado sobre la mesa de un carnicero.
Tratados de astronomía venidos de Oriente.
Comentarios de Aristóteles traducidos del árabe al latín.
Poemas que hablaban de amantes como si hablaran de Dios, y de Dios como si fuera un amante cruel.
Evangelios incompletos. Recetas médicas.
Mapas con islas que no existían y mares dibujados por hombres que nunca habían visto el agua.
Nadir había crecido entre todo aquello, respirando polvo de pergamino, aprendiendo antes a distinguir una mala costura que una mala intención.
Sabía preparar cola, limpiar cuero, dorar cantos, afilar plumas, copiar letras redondas en árabe y letras severas en latín.
Sabía callar cuando entraban clientes importantes.
Sabía fingir que no entendía conversaciones que sí entendía.
Y, sobre todo, sabía que los libros no eran objetos inocentes.
Un libro podía salvar a un hombre.
También podía condenarlo.
Cuando se llevaron el cuerpo, la casa quedó demasiado grande.
Su madre, Aisha para unos y Leonor para otros, subió a la habitación sin aceptar ayuda. Cerró la puerta con suavidad, como si temiera despertar al muerto que ya no estaba.
Nadir permaneció en el patio. La lluvia había dejado pequeños charcos entre las losas. En uno de ellos flotaba una hoja seca con la terquedad de un barco derrotado. Desde alguna calle cercana llegó el pregón de un vendedor de cebollas. Luego el paso de una mula. Luego una risa breve, casi culpable.
La vida, pensó Nadir, no guarda luto por nadie.
Esa fue la primera crueldad que aprendió aquel día.
La segunda la descubriría antes de que anocheciera.
Bajó al taller cuando ya nadie lo miraba.
No sabía qué buscaba. Quizá una prueba de que su padre no se había ido del todo.
Quizá una excusa para no subir y encontrarse con el silencio de su madre.
Quizá simplemente necesitaba tocar las cosas que él había tocado la víspera, como si los objetos conservaran un poco de calor humano más allá de la piel.
El taller estaba casi igual que la noche anterior.
Los pergaminos extendidos bajo pequeñas piedras.
Los pliegos secándose en cordeles. El olor a cola, cuero, humedad y polvo.
La piedra de alisar junto a la ventana. El tintero abierto.
Sobre el atril descansaba el último encargo: una copia incompleta de un tratado de astronomía que un noble castellano había comprado a precio de pecado.
Nadir acercó la lámpara.
La letra de su padre seguía allí: limpia, paciente, firme. Una letra que no parecía escrita por un hombre que iba a morir.
Pasó los dedos por el margen de la página.
Le sorprendió sentir rabia. No una rabia grande, de esas que gritan y rompen cosas, sino una rabia pequeña y dura, como una piedra dentro de la boca.
Su padre había muerto sin avisar. Sin dejarle una frase final.
Sin decirle qué hacer con el taller, con las deudas, con su madre, con el vacío.
Había vivido rodeado de palabras y, al final, no había dejado ninguna para su hijo.
Entonces vio la mancha.
No era tinta. Era demasiado pálida. Tampoco parecía humedad. La piel del pergamino tenía una ligera elevación junto al lomo, casi imperceptible, como una vena bajo la piel.
Nadir se inclinó.
El cuero interior de la encuadernación había sido levantado y vuelto a pegar.
Durante un momento no respiró.
Su padre odiaba los libros mal cerrados. Decía que un volumen podía mentir en sus palabras, pero nunca en sus costuras.
Tomó el cuchillo fino.
Lo introdujo con cuidado bajo el borde interior.
La cola cedió con un crujido leve.
Dentro había un trozo de pergamino doblado tres veces.
Nadir lo sostuvo entre los dedos sin abrirlo. Notó que le temblaba la mano y se avergonzó, aunque no había nadie mirando. Luego pensó en su padre muerto, en su madre encerrada, en todos aquellos hombres que habían venido a despedirse con frases correctas y ojos evasivos.
Abrió el pergamino.
Solo había una línea escrita.
Busca la ciudad que soñaba con el mar, y sabrás qué parte de tu vida no era tuya.
Debajo, dibujada con tinta azul, había una estrella de ocho puntas.
Nadir conocía aquel signo.
Lo había visto una sola vez, siendo niño, grabado en la parte interior del anillo que su padre nunca se quitaba.
La puerta del taller crujió a su espalda.
—Sabía que lo encontrarías —dijo una voz de mujer.
Nadir se volvió con el cuchillo aún en la mano.
En el umbral había una joven cubierta con un manto oscuro. La lluvia le brillaba en las pestañas. No parecía asustada. Tampoco parecía una ladrona.
Parecía alguien que llevaba mucho tiempo llegando tarde.
—¿Quién eres? —preguntó Nadir.
Ella miró el pergamino. Después miró la escalera que subía hacia la habitación donde su madre guardaba silencio.
—Me llamo Salma —dijo—. Y tu padre murió porque no quiso decirme dónde estaba escondido eso.
Nadir cerró la mano sobre el pergamino.
—Mi padre murió de fiebre.
Salma no respondió enseguida. Tenía el rostro sereno, pero no frío.
Sería de su edad, quizá algo mayor. Bajo el manto asomaba una túnica de viaje manchada de barro.
No llevaba joyas, salvo una pequeña pieza de cobre colgada al cuello.
Su acento no era de Toledo. Había en su voz algo de Córdoba, quizá algo de Granada.
Una música suave puesta encima de una piedra.
—Eso le dijeron a tu madre —dijo.
Nadir sintió que la rabia de antes cambiaba de forma.
—Vete.
—No puedo.
—Entonces llamaré a los vecinos.
—Y cuando vengan, ¿qué les enseñarás? ¿El cuchillo? ¿El pergamino? ¿O les dirás que una desconocida entró en el taller de tu padre el día de su entierro porque sabía dónde buscar algo que tú ignorabas?
Nadir odiaba que tuviera razón.
Apretó más el cuchillo.
—Una palabra más y grito.
Salma dio un paso dentro del taller. No levantó las manos, no suplicó, no fingió miedo.
—Tu padre me pidió que viniera si él moría.
Aquello fue peor que una amenaza.
Nadir sintió que la frase se abría paso dentro de él como una astilla.
—Mientes.
—Sí —dijo ella—. Pero no en eso.
La sinceridad inesperada lo desarmó por un instante.
—¿En qué mientes?
—En casi todo lo que no importa.
—¿Y quién decide qué importa?
Salma señaló el pergamino.
—Eso.
La lámpara tembló sobre la mesa. O quizá tembló la mano de Nadir. Afuera, en la calle, un carro pasó sobre las piedras con un estruendo lento. El mundo seguía moviéndose, indiferente al hecho de que en aquel taller acababa de cambiar algo.
Nadir miró otra vez la frase.
Busca la ciudad que soñaba con el mar...
—No existe ninguna ciudad con ese nombre.
—No es un nombre —dijo Salma—. Es una señal.
—Las señales son para los que no saben leer.
Ella sonrió apenas. No fue una sonrisa alegre.
—Eso decía tu padre.
Oírlo nombrado por ella le produjo una punzada extraña, casi física.
—No hables de él como si lo conocieras.
—Lo conocí antes de que tú nacieras.
Nadir quiso contestar, pero no encontró palabras. Aquella mujer no podía tener muchos más años que él. Si lo que decía era cierto, habría sido una niña.
Salma pareció adivinar el cálculo en su rostro.
—No como piensas. Mi madre lo conoció. Él la ayudó a salir de Córdoba cuando quemaron la casa de mi abuelo. Después, durante años, nos llegaron cartas. Nunca con su nombre. Nunca por el mismo camino.
—Mi padre no salía de Toledo.
—Eso creías tú.