72 SALÓN DE BANQUETES DEL KREMLIN
SALÓN DE BANQUETES DEL KREMLIN
NIZHNI NÓVGOROD
—Creo que habría preferido la ópera de Ruski-Cosascoski —suspiró Tom.
—El compositor se llama Rimski-Kórsakov, pedazo de inculto —dijo Hellen.
El presidente ruso llevaba ya media hora pronunciando un discurso en su lengua materna. Sin embargo, al final le cedió el micrófono a Theresia de Mey, que subió al estrado entre los aplausos de los asistentes. Estaba allí en nombre de la UNESCO para entregar la cruz de Kítezh al Estado ruso.
—Esperemos que tu madre cumpla la vieja regla sobre los discursos en las fiestas —susurró Tom.
—Se puede hablar de lo que sea, siempre y cuando no dure más de cinco minutos —dijo el abuelo de Tom desde la fila de atrás.
—Has dado en el clavo, Paps —afirmó Tom.
Y, en efecto, Theresia se limitó a entregarle la cruz al gobernador de Nizhni Nóvgorod, dedicó unas palabras de agradecimiento al equipo, estrechó algunas manos y volvió a bajar del estrado.
—No sabía que alguien de tu familia pudiera ser tan breve —le dijo Tom a Hellen con una sonrisa. La mirada de reproche que le lanzó ella fue tan obligatoria como la mueca de Cloutard.
—¡Hora de celebrar con unas copitas! —exclamó el francés, parando a un camarero que pasaba y quitándole una bandeja entera de chupitos de vodka helado. Cloutard se bebió de inmediato dos de los vasitos y repartió el resto entre Tom, Hellen, Arthur, el padre Lazarev y Theresia de Mey.
—¡Tvoye zdorovie! —exclamó Cloutard mientras chocaban los vasos. Se bebieron el vodka de un trago y, al unísono, pusieron la misma cara: «Uaggg». Sin previo aviso, Cloutard estrelló su vaso vacío contra el suelo con todas sus fuerzas.
Un silencio sepulcral se adueñó de la sala. El centenar de invitados se giró para mirar a Cloutard.
—Merde —murmuró él, paseando la vista a su alrededor con cara de circunstancias—. Creía que aquí todavía se hacía así.
—¡Tvoye zdorovie! —gritó el presidente ruso, rompiendo el tenso silencio. Vació su copa de un solo trago y, como Cloutard, la estrelló contra el suelo.
—¡Tvoye zdorovie! —gritaron los demás invitados al unísono, alzando sus copas. Y entonces se desató el caos cuando un centenar de vasos se hicieron añicos en el suelo. Cloutard dejó escapar un suspiro de alivio.
—Gracias por traer algo para Blue Shield esta vez, un artefacto maravilloso que podemos prestar a los museos —dijo Theresia con orgullo, abrazando a su hija.
—La espada de Sigfrido —murmuró Hellen, negando con la cabeza; todavía no podía creérselo.
Hasta hacía muy poco, consideraba que la historia de los nibelungos no era más que lo que siempre había sido: una leyenda.
Ahora sabía que la capa de invisibilidad y la espada de Sigfrido existían de verdad.
¿Qué más habría por ahí? ¿Qué más descubrirían en nombre de Blue Shield?
Hellen miró por la sala con aire soñador, bebiendo a sorbos el segundo trago que Cloutard le diera unos instantes antes.
Arthur pareció haberle leído el pensamiento a Hellen y se acercó a ella.
—Es realmente impresionante cuántas maravillas nos reserva el mundo.
Creo firmemente que se encuentran al principio de un viaje, que los llevará a redescubrir los grandes secretos del pasado.
Una pena, la verdad, que no pueda seguir ayudándoles.
—Los ojos del abuelo de Tom brillaban de entusiasmo.
«No me extraña que Tom sea un fanático de las aventuras, si ni siquiera su abuelo se cansa de ellas», pensó Hellen.
—Estoy de acuerdo. Yo también odio estar atrapada detrás de un escritorio —dijo Vittoria Arcano, la mano derecha de Theresia, que acababa de abrirse paso entre los cristales rotos y un enjambre de invitados para unirse a ellos. Cloutard le dio un chupito de inmediato.
—Bueno, ahora que hemos terminado con este pequeño desvío —dijo Theresia, sonriendo a todo el grupo—. ¿Creen que podríamos centrarnos por fin en nuestra verdadera misión?
Vittoria le entregó un dosier a cada uno; los expedientes que los tres ya conocían demasiado bien.
A Cloutard se le iluminó la cara al coger su copia. —Ah, sí, la búsqueda de…
—¡Shhh, aquí no! —dijo Tom, echando una mirada furtiva al dosier que contenía su próxima aventura—. Ya sabemos que en Rusia las paredes tienen oídos.