La ciudad invisible (Una aventura de Tom Wagner 3) 73 EN ALGÚN LUGAR DE NUEVO MÉXICO
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73 EN ALGÚN LUGAR DE NUEVO MÉXICO

EN ALGÚN LUGAR DE NUEVO MÉXICO

El oficial de la puerta observó con curiosidad cómo se acercaba el Mercedes GLE Coupé.

Por regla general, las visitas a aquellas instalaciones secretas de máxima seguridad eran restringidas para los civiles.

Si no le hubieran informado de la visita unos minutos antes, ya habría dado la voz de alarma.

Pero las instrucciones procedían de las más altas esferas y no se le ocurrió hacer preguntas al respecto.

«Llegará un agente de alto rango del FBI para interrogar a un prisionero», fueron las palabras de su superior.

—Su documentación, por favor, señor —dijo cuando el coche se detuvo.

El hombre le entregó una carta y su identificación del FBI, pero no dijo nada.

El oficial comprobó la documentación del recién llegado y lo verificó todo con los controles de acreditación rutinarios.

Nada fuera de lo normal. Su ordenador le dio luz verde para permitirle la entrada al ala de alta seguridad.

—Gracias, señor. Bienvenido a las instalaciones. El comandante Tanner lo está esperando y lo acompañará a la sala de interrogatorios, tal y como ha solicitado.

El hombre asintió y aparcó el coche en la plaza que le habían asignado. Tras pasar por una serie de medidas de seguridad adicionales, lo condujeron a una sala de interrogatorios. Aparte de una mesa y dos sillas, la habitación estaba vacía. Sin ventanas y sin espejo unidireccional.

—Los micrófonos y las cámaras han sido desactivados, señor, tal y como estipulan las instrucciones que hemos recibido de la sede del FBI. Traerán a la detenida en breve.

El hombre asintió y el comandante Tanner salió de la habitación. Segundos después, la puerta volvió a abrirse y una mujer delgada de piel oscura, con grilletes en las manos y los pies, fue conducida al interior.

Ossana Ibori miró al hombre. Cuando él se levantó y se acercó a ella, lo recorrió con la mirada de arriba abajo y enarcó las cejas, asombrada.

—Así que ha funcionado —dijo ella.

Una sonrisa triunfante asomó por un instante al rostro de Noah. Hasta hacía muy poco, no había podido levantarse de su silla de ruedas; un destino que le debía a Tom Wagner.

—Tu sicario ha fallado. Wagner sigue vivo. Y, por si fuera poco, Tom mató a su hermano, así que tu asesino está… molesto.

Ossana iba a decir algo, pero Noah levantó la mano con rabia.

—¡Y han recuperado el tesoro de los nibelungos! ¿Por qué no sabíamos nada de eso?

—Porque ni siquiera Palffy lo sabía todo —se defendió Ossana—. No había nada al respecto en sus documentos.

Noah sonrió con aire encantador. No cabía duda de que su estatus dentro de la organización había mejorado.

Incluso Ossana se justificaba ante él. Y ahora que la organización —de hecho, el hombre en la cúspide— había hecho posible que volviera a caminar, podían estar seguros de su lealtad incondicional.

—No importa. No ha sido fácil averiguar dónde estabas. Los americanos se toman muy en serio a sus «personas de interés». Pero, como puedes ver, hemos ampliado nuestro radio de influencia.

—¿Cuándo voy a salir de este puto agujero? —preguntó Ossana.

—Pronto. Aún tenemos que hacer algunos preparativos.

—¿Papá tiene ya un nuevo proyecto?

—Sí. Y esta vez sabemos cómo evitar que Wagner y su pandilla se interpongan en nuestro camino.

—¿Una trampa?

—No, algo mejor. Mucho mejor.

- FIN -