70 PRESENTE, FRENTE A LA IGLESIA DE NUESTRA SEÑORA DE KAZÁN
PRESENTE, FRENTE A LA IGLESIA DE NUESTRA SEÑORA DE KAZÁN
LAGO SVETLOYAR
Tom fue el primero en recuperarse de la conmoción, solo para encontrarse con el cañón de un Kaláshnikov apuntándole y, tras él, los ojos del padre Fiódor.
Tom tardó unos instantes en darse cuenta de lo que estaba viendo.
Tal y como Hellen sospechara, la herida del padre Fiódor no había sido más que superficial; en estos momentos estaba más que vivo.
—Espero tener ahora toda su atención —dijo el padre Fiódor.
Cuando el padre Lazarev se percató de lo que había sucedido, miró a su hijo con ojos tristes. —¿Aún te sorprende que no te transmitiera el legado de los guardianes de Kítezh? —le preguntó. Sus palabras estaban cargadas de reproche y arrepentimiento.
—Dame el cofre con el tesoro de los nibelungos —le espetó Fiódor a su padre—.
Habría dado igual lo que hiciera; de todos modos, nunca nada era lo bastante bueno para ti.
—El padre Lazarev no pronunció palabra alguna—.
La custodia debe pasar de padre a hijo. Me has robado la herencia que me correspondía por derecho.
—La voz del padre Fiódor estaba llena de rencor.
—Odio entrometerme, pero, por cómo se está comportando, lo único que le puedo decir al padre Lazarev es: «Enhorabuena, buena decisión» —intervino Tom.
—Se taire —le dijo Cloutard a Tom en tono conciliador. Él también se acababa de recuperar de la conmoción de la explosión, pero, con la pierna herida, se quedó en el suelo. Los demás ya estaban todos de pie.
Arthur le puso una mano en el hombro a Tom. —Tom, cuidado, que va armado —le dijo. Tom se giró hacia su abuelo, y el anciano pudo leer en su rostro: «Lo sé, y me importa una mierda». —Solo quería asegurarme —dijo Arthur.
El padre Fiódor se acercó a Tom y le apretó el cañón del Kaláshnikov contra la frente.
—No se meta. Esto es entre padre e hijo —gruñó Fiódor con los dientes apretados—. Tráigame el cofre —ordenó, de nuevo con la voz bajo control.
Tom, con las manos en alto, fue hacia donde estaba el cofre. Se había caído a un lado tras la explosión. Lo cogió y lo dejó a los pies del padre Fiódor, y luego retrocedió un paso.
—¿Cómo se abre esto? —preguntó Fiódor, volviéndose hacia su padre.
—Solo los puros de corazón...
—¡Déjate de esa mierda de los puros de corazón! —gritó Fiódor.
—Lo único que haces es seguir demostrando lo indigno que eres de la custodia.
—¿Indigno? ¿Yo? ¿Por qué no iba a ser digno?
—No tienes ni idea de lo difícil que fue para mí tomar esa decisión.
Durante años, intenté ver la rectitud en ti.
Durante años, procuré hacerte comprender el deber que recaería sobre ti y lo importante que sería usar el poder con responsabilidad.
Para mi desgracia, fracasé. Nunca entendí por qué te metiste a sacerdote y tomaste los hábitos.
El sacerdocio no encaja con tu naturaleza.
—¿Y tú qué sabrás, viejo? Siempre me hiciste sentir que no era lo bastante bueno, ni para ti ni para el mundo. Pero la religión no es solo fe. También es política. ¿Crees que podría haber llegado tan lejos como he llegado a base de buenas obras y piedad?
El padre Lazarev suspiró con decepción. Tom le miró a la cara y vio la angustia que estaba sufriendo.
—Y a diferencia de ti —continuó Fiódor, gruñéndole al anciano—, yo nunca he sido responsable de la muerte de otra persona.
El padre Lazarev lo miró confundido.
—¿Creías que no lo sabía? —bramó Fiódor—. ¡Lo sé todo!
—¿El qué sabes? No tengo ni idea de a qué te refieres —dijo el padre Lazarev, perplejo. Miró a los demás a su alrededor, como si alguno de ellos pudiera ayudarlo.
—Mataste a mi madre. Asesinaste a tu propia esposa.
—Yo... ¿qué?
—Enviaste a un asesino del KGB para que la envenenara.
El padre Lazarev negó con la cabeza. Trató de decir algo, pero su hijo se le adelantó: —No intentes negarlo. Sé la verdad. Toda la verdad. Descubriste que madre tenía una aventura y que yo no era tu hijo. Así que te vengaste de ella y le encargaste el trabajo sucio a un asesino del KGB.
El rostro del anciano sacerdote se puso blanco como el papel. Le costaba encontrar las palabras y el aire. No solo parecía aturdido, sino también completamente incapaz de entender lo que Fiódor acababa de echarle en cara.
—¿Qué quieres decir con que no eres mi hijo? ¿Qué quieres decir con que tu madre tenía una aventura? —Sus palabras salían en ráfagas cortas, le costaba respirar y de repente parecía muchos años más viejo.
—No finjas que no lo sabes desde hace años. Mi verdadero padre me lo contó todo. Me envió las cartas que madre le escribía y me mostró pruebas de que tus contactos del KGB fueron los responsables de su muerte.
—Entonces..., entonces, ¿quién es tu verdadero padre? —La voz del anciano era un susurro resignado.
—¡Berlin Bryce!
—Vaya —le susurró Tom a Cloutard—. El padre Lazarev puede alegrarse de que este tipo no sea su hijo. No solo es un psicópata, también es excepcionalmente estúpido.
—Eres un viejo santurrón. Y un maldito asesino —escupió Fiódor.
El padre Lazarev había abandonado la lucha. Aquellas revelaciones eran demasiado para él y cerró los ojos. Una lágrima le resbaló por la mejilla.
—Y ahora, me gustaría saber de una vez cómo se abre este maldito cofre.
Un estruendo hizo que Fiódor se diera la vuelta. La puerta de la iglesia se había cerrado de golpe, de la nada. Fiódor se giró de nuevo hacia los demás.
—¿Dónde está su amiga? ¿Dónde está Hellen?