La ciudad invisible (Una aventura de Tom Wagner 3) 68 BAJO LA IGLESIA DE NUESTRA SEÑORA DE KAZÁN
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BAJO LA IGLESIA DE NUESTRA SEÑORA DE KAZÁN

LAGO SVETLOYAR

Se hizo el silencio durante un instante mientras procesaban lo que estaban viendo.

—¡Paaaaps! —exclamaron Tom y Hellen al unísono, y luego se miraron avergonzados.

—No es un dinosaurio, pero nos servirá para salir de aquí —dijo Arthur, y dio una palmada sobre la oxidada plancha de acero de la nave que acababa de emerger en el lago subterráneo.

El abuelo de Tom los miraba desde la escotilla abierta de un viejo sumergible de investigación civil. La cúpula de observación de la proa estaba inmersa en dos tercios, pero podían ver al padre Lazarev dentro, saludándolos con entusiasmo.

—¡Fantastique! —gritó Cloutard, e intentó ponerse en pie.

—¿Vienen? ¿O pensaban esperar el próximo temblor? —les indicó Arthur que subieran a bordo y desapareció en el interior del sumergible.

—¿Una ayudita? —pidió Cloutard. Tom y Hellen corrieron hacia él y lo pusieron en pie de un tirón. Juntos, lo ayudaron a pasar por la estrecha escotilla, y Hellen bajó detrás de él.

Entonces sucedió. El verdadero terremoto se desató quebrando el silencio.

Las sacudidas previas ya habían sido bastante violentas, pero inofensivas comparadas con lo que ahora los golpeaba.

Una roca del tamaño de un coche cayó del techo de la cueva, pasando a unos milímetros de distancia del sumergible y lanzando una pared de agua sobre la nave que casi la hizo zozobrar.

—¡El cofre! —gritó Hellen con todas sus fuerzas para hacerse oír por encima del terremoto.

Había vuelto a asomarse por la escotilla en el mismo momento en que la ola impactaba con fuerza contra ella, dejándola empapada.

Tom asintió y echó a correr de vuelta, luchando por mantener el equilibrio.

El cofre empezó a deslizarse, pero él se abalanzó hacia el lugar donde se encontraba, justo a tiempo para evitar que cayera en la grieta recién abierta.

Lo rodeó con los brazos y regresó al sumergible zigzagueando, esquivando las rocas que caían.

Saltó a la cubierta y pasó el cofre por la escotilla.

Entonces levantó la vista y se quedó helado: donde antes se alzaba la torre, el techo de la cueva se estaba derrumbando con un estruendo.

Unos brillantes rayos de sol se colaban por la abertura; los haces que se filtraban a través del polvo parecían casi divinos.

—¡Tom! ¿A qué esperas? —lo llamó Hellen desde la escotilla.

Pero, durante unos segundos, él se quedó quieto, contemplando maravillado el espectáculo.

Entonces, un trozo de roca del tamaño de una pelota de tenis golpeó con estrépito el sumergible de acero, sacándolo de su ensimismamiento.

Reaccionó, deslizándose hacia el interior del submarino.

Tenían que darse prisa: en unos instantes, la cueva entera se derrumbaría y los sepultaría.

Arthur cerró la escotilla. Pequeñas piedras caían como granizo sobre el casco exterior del sumergible mientras los cinco se apretujaban en la diminuta y oxidada cabina.

—¿Todos a bordo? —preguntó el padre Lazarev, y luego añadió—: ¡Pues en marcha! —Y la nave se sumergió en un frenesí de burbujas.

El sacerdote sonrió con complicidad mientras encendía los focos del vehículo subacuático, y todos contuvieron la respiración.

La visión que tenían ante ellos era algo que no olvidarían mientras vivieran.

Acurrucados, miraban a través de la cúpula de observación.

Los focos iluminaban las ruinas de Kitezh en el fondo del lago.

La magnificencia de aquella antigua ciudad solo podía conjeturarse.

Como meteoritos que impactaran contra la tierra en cámara lenta, innumerables rocas y peñascos se hundían cayendo sobre la ciudad.

Las últimas estructuras semiintactas iban siendo destruidas irremediablemente.

A pesar de lo espectacular del suceso, un ambiente sombrío recorrió el sumergible.

De repente, una roca los golpeó, sacudiendo la nave y a sus ocupantes.

—Conduce hacia la luz, por allí —dijo Tom, señalando el lugar donde antes, el campanario de la iglesia, estuviera asomado sobre el agua, y el padre Lazarev dirigió el sumergible en la dirección que él indicaba, esquivando hábilmente las rocas que se hundían.

—¡Cuidado! —gritó Hellen, cubriéndose la cara con las manos. El sumergible se escoró a la derecha y luego de nuevo a la izquierda. Una y otra vez, las piedras se estrellaban inevitablemente contra el casco.

—Las posibilidades de atravesar con éxito un campo de asteroides son de una entre tres mil setecientas veinte —citó Cloutard.

—Esa fue buena —dijo Tom, mientras él y Arthur asentían con aprobación.

—¿Pueden dejar las citas de películas para cuando no estemos a punto de morir? —añadió Hellen, y todos rieron, aunque solo fuese brevemente.

—¡Agárrense! —gritó el padre Lazarev mientras hacía que el sumergible iniciara un repentino descenso en picado.

Un trozo del techo del tamaño de un campo de fútbol se había desprendido y se precipitaba hacia el fondo del lago.

Una roca de esa dimensión los habría aplastado como a un insecto, pero en el último segundo el sumergible pasó rozando el enorme fragmento.

Una vez que estuvieron a salvo al otro lado, la brillante luz del sol inundó la diminuta cabina.

Los ocupantes del sumergible levantaron las manos instintivamente para protegerse de la luz.

Como un patito de goma, la nave salió a la superficie y se quedó flotando, meciéndose en el lago.

Todos vitorearon y se abrazaron. El terremoto había terminado. Lo habían conseguido. Estaban vivos. Tom abrió la escotilla y miró hacia fuera. Era un día precioso, con el sol en lo alto de un cielo sin nubes.

Miró a su alrededor asombrado. El terremoto y el derrumbe de la cueva habían creado un nuevo lago mucho más grande.

Sonrió al ver la iglesia de Nuestra Señora de Kazán, que parecía haber salido ilesa del seísmo.

Tom le indicó al padre Lazarev la dirección correcta y se dirigieron hacia la iglesia.

Todos saltaron aliviados a tierra al llegar a la orilla.

—Tengo que preguntárselo: ¿de dónde demonios ha sacado un submarino? —dijo Tom mientras subían por el terraplén que conducía a la iglesia.

—Es como les expliqué antes: decidí dedicar mi vida a la exploración de Kitezh. Y esta parecía la nave adecuada para el trabajo.

—Yo le he preguntado lo mismo —dijo Arthur—. Y tampoco he obtenido una respuesta clara —hizo una pausa y luego continuó con naturalidad—: Si quieres mi opinión, creo que se lo consiguió uno de sus amigotes de la KGB.

—¿La KGB? —preguntaron Hellen, Cloutard y Tom al unísono.

—Podría decirles el secreto, pero entonces tendría que matarlos —dijo el viejo sacerdote con una sonrisa pícara—. Ahora sí puedo decirles esto: tras la desintegración de la URSS, se podía conseguir casi cualquier cosa en el mercado negro…

Tom y Cloutard asintieron. Ya habían oído eso antes.

—…incluido este prototipo de sumergible. Tenía…

Pero el padre Lazarev no pudo terminar la frase. De repente, una explosión enorme destruyó el todoterreno, que estaba parqueado frente a la iglesia. La onda expansiva los derribó a todos.