67 BAJO LA IGLESIA DE NUESTRA SEÑORA DE KAZÁN
BAJO LA IGLESIA DE NUESTRA SEÑORA DE KAZÁN
LAGO SVETLOYAR
—¿Dónde está Tom? —preguntó Cloutard mientras ayudaba a arrastrar la barca a la orilla. Hellen negó con la cabeza, ausente, y clavó la vista en la nada. Su mirada lo decía todo.
—Wagner está haciendo un poco de turismo —dijo El Galés con una risa. Hizo una seña a Qadir y le entregó el cofre.
Hellen salió de la barca y Cloutard la tomó en sus brazos.
Ahora podía desahogarse y rompió a llorar.
Cloutard la abrazó con fuerza y apretó su mejilla contra la cabeza de ella.
Se le hizo eterno el tiempo que tardó Hellen en recobrar la compostura.
Se veía que ella no quería abandonar el abrazo protector de Cloutard, pero Qadir se acercó y los separó.
—Basta ya de llantos y gimoteos —dijo El Galés—.
Es usted la señorita De Mey, ¿verdad? Sinceramente, lamento terriblemente lo que le ha ocurrido a su amigo…
—Hizo una pausa y luego continuó, divertido—: En realidad, no lo lamento en absoluto.
Me alegro de haberme librado por fin de ese alborotador.
—Se rio con malicia y miró fijamente a Hellen.
Ella habría intentado estrangularlo si Cloutard no la hubiera sujetado, y los soldados no estuvieran apuntándole con sus Kaláshnikovs para mantenerla a raya.
—Malditos canallas, miserables —siseó Hellen—. Les prometo que pagarán por lo que le ha pasado.
Bryce y Qadir rieron a carcajadas.
—¿Y cómo piensa hacerlo, señorita? Es muy posible que la mandemos a que se reúna con su amigo allá fuera…
, eso todavía no lo hemos decidido —dijo Bryce, señalando hacia la oscuridad del lago—.
Ahora bien, que eso ocurra dependerá enteramente del porcentaje de cooperación que sea capaz de proporcionarnos.
Hasta este momento, ha sido usted extremadamente sensata.
—Se acercó al cofre y se agachó sobre él.
No había cerradura visible, solo dos asas, una a cada lado—.
Y ahora, ¿cómo demonios abro esto? —Molesto, agarró el cofre por las asas y lo zarandeó con brusquedad.
—No lo sé —dijo Hellen—. Apenas he sostenido esa cosa en las manos unos minutos antes de entregártela y entonces tenía otras cosas más importantes de las que ocuparme. Averiguar cómo se abría no era mi prioridad. Así que sé tanto como sabes tú.
El Galés se levantó de nuevo y se volvió hacia Hellen y Cloutard.
—Pues mire, eso es exactamente lo que no me creo. —Sacó su revólver del calibre 22 y le disparó a Cloutard en el muslo. François gritó y cayó al suelo, maldiciendo. La sangre manaba a borbotones del agujero por donde había entrado el proyectil.
—Fils de pute —masculló Cloutard, presionándose la herida con una mano.
—¡Maldito cabrón desquiciado! —le gritó Hellen a Bryce.
—¿Con esa boquita besa a su madre? Intentémoslo de nuevo, ¿le parece? ¿Cómo abro esta maldita caja? —El Galés se acercó a Hellen de forma incómoda y la miró a los ojos amenazadoramente. Ella apartó la cara.
—Es evidente que no ha estudiado las leyendas de Kítezh con la suficiente profundidad —dijo Hellen—.
De lo contrario, sabría que solo los de corazón puro pueden ver la verdad.
Y como ha demostrado de forma tan impresionante, usted es cualquier cosa menos eso.
—Se arrodilló junto a Cloutard, se quitó el cinturón y se lo ató alrededor de la pierna.
Lentamente, para no dar la impresión de que iba a coger un arma, Cloutard se llevó la mano al bolsillo de la chaqueta, sacó su petaca y bebió un trago del coñac de tres mil dólares la botella.
Luego miró con tristeza del frasco a la herida, dio un último trago y vertió el resto del líquido sobre ella.
Hizo una mueca de dolor mientras Hellen, con el cinturón y un trozo de tela de su mono, le aplicaba un vendaje de compresión improvisado para contener la hemorragia.
Enfurecido, El Galés se dirigió con paso firme hacia uno de sus soldados, le arrebató el Kaláshnikov, montó el cerrojo y apuntó con el arma a Hellen y Cloutard, que estaban acurrucados en el suelo.
—A eso me refiero exactamente —dijo Hellen—. Adelante, dispare. Ya no vamos a ayudarle más. —Cloutard miró a Hellen con admiración y luego asintió en señal de acuerdo.
—¡Aaaargh! —gritó Bryce, y se giró y vació el cargador entero contra el cofre en una única ráfaga sostenida.
Todos se agacharon para cubrirse, e incluso Qadir dio un respingo.
Saltaron chispas y los rebotes de las balas les silbaron por encima de las cabezas, pero milagrosamente nadie resultó herido.
Cuando el humo se disipó, todos los ojos se clavaron en el cofre, que no había sufrido ni un solo rasguño.
—Eso no es po…
El Galés no pudo decir más. Para Hellen, los siguientes instantes transcurrieron en cámara lenta.
Al principio no oyó el estruendo ni sintió la sacudida, pero vio trozos de roca, grandes y pequeños, caer del techo y estrellarse contra el suelo de la cueva como granadas.
Y a pesar de la absoluta desesperanza de su situación, una inquebrantable certeza se extendió con cristalina claridad en su interior: «Hoy no moriré».
Justo en ese momento, una roca cayó directamente sobre uno de los soldados, aplastándolo. Los otros dos cayeron al suelo, se pusieron en pie a trompicones y corrieron hacia el pasadizo que conducía al exterior. Bryce y Qadir también perdieron el equilibrio y cayeron de bruces.
—¿Adónde van, cobardes? —les gritó Bryce a los soldados—. ¡Ayúdenme!
—Lo siento. No vale la pena morir aquí, ni por todo el dinero del mundo —le respondió uno de ellos. Los soldados lanzaron sus fusiles al suelo y desaparecieron por el camino por el que habían entrado. Por un momento todo quedó en silencio. Pero no por mucho tiempo.
Qadir se estaba reincorporando justo cuando, como surgido de la nada, Tom apareció en la orilla y se abalanzó sobre él.
—¿Tom? —Hellen lo miró con la boca abierta mientras él luchaba contra Qadir en el suelo de la cueva, frente a ella.
Por un momento, Tom tomó la delantera y le asestó un golpe duro y furioso en la nariz al esbirro.
Mientras tanto, Bryce se había puesto en pie y se disponía a coger el cofre.
Pero justo entonces otra sacudida, más potente que ninguna anterior, hizo temblar la cueva nuevamente.
Sus dedos no pudieron alcanzar el asa del cofre y este se deslizó en dirección a Hellen.
Ella consiguió agarrarlo justo a tiempo, evitando que se cayera a las profundidades del lago.
Qadir había conseguido liberarse de Tom y estaba de pie cuando el sismo parecía darles la siguiente tregua.
—¿Eso es todo lo que tienes? —dijo. Se agarró la nariz rota con una mano y se la enderezó con un chasquido repugnante.
Hasta Tom se estremeció al oírlo, y Qadir le hizo un gesto para que se acercara.
—Vamos, acaba con él —instigó Bryce a su hombre de confianza. Como dos boxeadores, los dos contrincantes se rodearon el uno al otro.
—Espero que se haya lavado las manos esta vez.
Algo así podría infectarse fácilmente —dijo Tom, señalando la nariz de Qadir.
Si Qadir no tenía conocimiento de que había sido Tom quien lo arrastrara al lavabo en Yurino, ahora lo sabía con certeza.
De repente, la tierra se sacudió y gimió de nuevo, y todos buscaron apoyo en la roca más cercana.
Parte del suelo de la cueva se combó y una profunda grieta se abrió detrás de Qadir, que luchaba por mantener el equilibrio.
Tom se abalanzó hacia delante y le dio una patada en el pecho.
Qadir trastabilló retrocediendo y cayó con un último grito en el abismo que se abría a sus espaldas.
Cuando el temblor por fin cesó, Hellen miró a su alrededor. Bryce había desaparecido. Se puso en pie de un salto y le echó los brazos al cuello a Tom.
—¿Ya estamos muertos o has venido a guiarnos a la otra vida? —preguntó Cloutard, todavía tumbado en el suelo de la cueva y no del todo convencido de que Tom estuviera realmente de pie delante de él.
Habían sobrevivido a otro temblor, pero salir con vida del siguiente parecía cada vez más improbable. Tenían que escapar de la cueva lo antes posible, pero su única salida se hallaba bloqueada por la enorme grieta que se había tragado a Qadir.
—¿Y ahora cómo vamos a salir? —dijo Cloutard.
Pero Tom y Hellen no lo escuchaban. Se miraban a los ojos. Hellen todavía no podía creer que lo hubiera conseguido. Le pellizcó el brazo.
—¡Ay!
—Solo comprobaba —dijo ella. Luego se inclinó lentamente, invitando a Tom a que la besara.
Cloutard puso los ojos en blanco y levantó la petaca con intenciones de tomar otro trago, solo para darse cuenta con horror de que ya se la había acabado.
—¡Merde! —maldijo mientras alzaba la vista en dirección a sus amigos.
Tom aceptó la invitación de Hellen, atrayéndola hacia él e inclinándose. Pero justo cuando iban a besarse, los interrumpió una voz familiar.
—Entonces, en serio. ¿Por qué exactamente no siguen juntos ustedes dos? —preguntó Arthur Julius Prey, con una amplia sonrisa.