La ciudad invisible (Una aventura de Tom Wagner 3) 66 TORRE DE LA IGLESIA DE KÍTEZH
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66 TORRE DE LA IGLESIA DE KÍTEZH

TORRE DE LA IGLESIA DE KÍTEZH

BAJO EL LAGO SVETLOYAR

—¿Qué está haciendo? —preguntó Bryce mientras Hellen sacaba una bengala de la mochila.

—Solo quiero echar un vistazo ahí abajo, nada más.

La mirada de Bryce saltó de Hellen a la bengala y, después, a la superficie del lago.

Asintió e indicó con su pequeño revólver que Hellen debía lanzar la luminaria a las aguas oscuras, donde se hundió lentamente hacia el lecho del lago.

El agua era cristalina y parecía no tener fondo.

Hellen lanzó una segunda bengala tras la primera, y tanto ella como Bryce escudriñaron las profundidades con avidez.

La luz ígnea les permitió ver al menos una parte de lo que se ocultaba bajo la superficie; enormes estructuras aparecían difusas ante el parpadeante resplandor rojizo anaranjado de las bengalas.

Las ruinas parecían extenderse hasta el infinito, y algunos restos parecían increíblemente intactos.

«Un explorador podría pasarse meses buceando aquí sin llegar a verlo todo», pensó Hellen.

Por un momento, olvidó que Tom y ella estaban a punta de un AK-47. Era evidente que al joven soldado que lo empuñaba le habría gustado echar un vistazo por la borda, pero mantuvo la atención fija en Tom.

Hellen se sentía emocionada y profundamente apenada a la vez. Todo lo que estaba contemplando desaparecería pronto para siempre. Y sabía que, si alguna vez se lo contaba a alguien, no la creerían.

Crujidos y chirridos resonaron por la cueva infinita.

La roca parecía estar viva. Aquí y allá, se desprendían trozos que se hundían en las profundidades.

El agua del lago Svetloyar había empezado a filtrarse por las grietas del techo de la cueva, formando pequeñas cascadas.

—¡Tom, mira! —Hellen señaló el agua que manaba de la cubierta rocosa, por encima del hombro de Tom, pero él siguió remando sin volverse.

Hellen estaba preocupada por él. Nunca lo había visto tan serio y decidido.

En pocos minutos, llegaron a la enorme torre y ahora flotaban a la deriva junto a ella.

Desde la orilla, aparentaba ser el campanario de una pequeña iglesia de pueblo.

«Qué engañosa puede ser la distancia», pensó Hellen.

La torre circular era enorme. Se erguía sobre el agua como la punta de un iceberg, ligeramente inclinada, con su cúpula dorada en forma de bulbo casi rozando el techo de la cueva.

—Imposible —dijo Hellen, contemplando su reflejo distorsionado en la superficie dorada—.

La cúpula más antigua que se conoce de este estilo forma parte de la catedral de la Dormición, en Moscú.

No se construyó hasta 1475, doscientos cincuenta años después de la fundación de Kítezh —añadió, incapaz de contener su asombro.

—Fascinante —replicó Tom, con el rostro como una máscara de piedra.

Se puso de pie y, estirándose, consiguió agarrarse al borde de la pequeña ventana que había bajo la cúpula dorada.

Sin mediar palabra, se impulsó hacia arriba y se coló por la abertura; luego se giró y tendió la mano para ayudar a Hellen.

—Ni un solo truco, o mi buen amigo Qadir podría verse obligado a hacerle daño a su querido Cloutard.

Hellen se incorporó cogiéndole la mano a Tom, y él tiró de ella para subirla.

Por dentro, la torre tenía unos cuatro metros y medio de diámetro.

Los haces de sus linternas iluminaban una oscuridad insondable.

Una estrecha escalera descendía en espiral por la pared interior de la torre.

No había barandilla, por lo que Tom y Hellen se mantuvieron pegados al muro mientras bajaban.

—¿Se te ocurre alguna forma de sacarnos de esta? —inquirió Hellen.

Tom ignoró la pregunta e iluminó las paredes de la torre con su linterna. —¿Por qué la torre no está inundada? —se cuestionó en voz alta—. Es lo que llaman una paradoja hidrostática, ¿no? El nivel del agua en el interior debería ser el mismo que en el exterior.

Hellen a menudo olvidaba que, en realidad, Tom era un tipo extraordinariamente inteligente. Normalmente, lo único que dejaba ver a la gente era al niño grande.

—No sé por qué… —admitió Hellen—. Pero alegrémonos de no tener que volver a bucear —añadió mientras seguían bajando.

Tuvieron que saltar sobre algún que otro hueco en la escalera y, al acercarse a la parte inferior, vieron que el suelo de la torre estaba sumergido. —Ahí tienes tu agua —dijo Hellen.

A los pies de la torre, el agua les llegaba por la cadera y se filtraba desde el lago a través de unas grietas en las paredes, creadas por el último temblor de tierra. Lenta pero inexorablemente, la torre se estaba llenando de agua helada.

—¿Y ahora qué? —preguntó Tom.

Hellen se encogió de hombros e iluminó a su alrededor con la linterna.

—Tengo la respuesta a tu pregunta hidrostática.

Aquí abajo no hay puertas ni ventanas. Es un sistema completamente cerrado.

Seguramente alguien selló la torre desde fuera hace mucho tiempo.

¿Quizá para dificultar el acceso? —especuló Hellen, mientras se adentraba en el agua gélida.

—Bueno, pues parece que los sistemas están empezando a reconectarse —dijo Tom—. Es mejor que nos demos prisa.

Hellen caminó en círculo, iluminando el suelo de la torre con su linterna. —Aquí abajo hay algo. Dame otra bengala.

—Están arriba, en tu mochila, pero todavía me quedan unas cuantas de estas. —Sacó tres barritas luminosas de unos quince centímetros de un bolsillo lateral de su mono. Al entrar él también en el agua, dobló las barritas y un brillo azul fue llenando lentamente la estancia.

—Luz azul —articuló Hellen—. Por alguna razón, me recuerda a Rambo.

—Le sonrió a Tom, y una sonrisa también apareció en el rostro de él, aunque solo fuera por un segundo.

Tom lanzó las barritas a distintos puntos del agua y ambos retrocedieron para contemplar el enorme relieve que refulgía bajo la luz azul de las barritas luminosas.

—Esto está fuera de lugar aquí —dijo Hellen, sorprendida—. Estamos en el corazón de Rusia y, que yo sepa, este es un círculo de runas nórdicas. Estos caracteres se usaban ya en tiempos de los vikingos.

—¿Vikingos? —Tom se frotó la nariz. Primero a la izquierda, luego a la derecha, después chasqueó los dedos y gritó: —¡Lo tengo!

— ¡Hey, hey Vicky, hey Vicky, hey! —Corearon al unísono.

Se miraron y ambos rompieron a reír. Durante unos segundos, pudieron olvidar que se encontraban en una cueva que podía derrumbarse en cualquier momento, que el abuelo de Tom y el padre Lazarev estaban muertos y que Cloutard era un rehén. Durante unos segundos, todo volvió a estar bien entre ellos.

—¿Puedes leerlo? —preguntó Tom.

—Por suerte para nosotros, resulta que conozco el código nórdico —presumió Hellen y soltó nuevamente un gracioso y triunfal: —¡Hey Vicky!

—¿Y me llamas a mí niño grande? —dijo Tom, dándole un codazo cariñoso.

La mirada de Hellen se tiñó de melancolía. —Hacíamos buena pareja, tú y yo. ¿Qué nos pasó? ¿Por qué exactamente ya no estamos juntos?

El momento se vio bruscamente interrumpido por otro retumbar ominoso que los devolvió a ambos a la urgencia de la situación.

—Está bien —dijo Tom—. Si estas son runas nórdicas y estamos buscando artefactos de la mitología nórdica, entonces nos encontramos en el lugar correcto. Pero no veo nada parecido al cofre que mencionó el padre Lazarev.

—Creo que tengo una idea —expresó Hellen, y un segundo después se sumergió. Cogió una de las barritas luminosas y examinó el círculo de runas más de cerca. Tom vio que en realidad eran una serie de círculos concéntricos, y ahora Hellen pasaba la mano por algunas de ellas.

—Creo que lo tengo. Es una especie de cifrado César —explicó cuando salió a la superficie—. Déjame pensar un minuto.

—Por mí puedes tomarte el tiempo que quieras, pero no estoy seguro de que la madre naturaleza vaya a esperarte —replicó Tom.

Ella no dijo nada, se limitó a quedarse de pie mirando las runas.

Luego, se zambulló de nuevo. Empujó los círculos concéntricos como si girara los diales de una cerradura de combinación, y se movieron con una facilidad sorprendente.

Tom oyó un ruido de chirridos y rozaduras, amortiguado por el agua, mientras ella giraba cada uno de los círculos, a veces en una dirección y luego en el sentido contrario.

Entre una acción y la otra, salía a la superficie para respirar.

—Uno más y lo tengo —dijo, después de haberse sumergido varias veces.

De repente, unas burbujas de gas subieron a la superficie mientras el círculo central se alzaba de golpe con un chirrido.

Un pequeño pilar se elevó unos cuarenta y cinco centímetros del suelo inundado.

Los ojos de Tom se abrieron como platos al ver un compartimento construido en la columna de piedra.

Dentro había una caja alta y estrecha: tenía que ser el cofre del que había hablado el padre Lazarev.

—No te quedes ahí parado como una estatua.

¡Ayúdame! —dijo Hellen. Con cuidado, levantaron el largo cofre de su compartimento.

Luego, retrocedieron un poco por la escalera de caracol para salir del agua helada y colocaron el cofre en un escalón.

¡Lo habían encontrado! Se miraron con una mezcla de alegría y alivio.

Sin previo aviso, la tierra tembló de nuevo, devolviéndolos al presente con el grave estruendo.

Sin mediar palabra, cogieron el cofre y comenzaron el ascenso, con Hellen a la cabeza.

Algunas piedras cayeron hacia las profundidades pasando muy cerca de ellos.

Aparecieron más grietas y el agua empezó a entrar a chorros por más y más fracturas de la pared.

—¿No podemos esperar a que la torre se llene y luego nadar? Me parece más fácil —jadeó Hellen.

—Claro, pero ¿y si la torre se derrumba? No, tenemos que salir de aquí cuanto antes.

La tierra se estremeció de nuevo, y Tom levantó la vista justo a tiempo.

—¡Cuidado! —gritó. Hellen soltó el cofre y saltó hacia delante en el mismo instante en que una de las campanas de la torre caía directamente entre ellos.

Con un fuerte «gong», arrancó un trozo enorme de la escalera y se precipitó a las profundidades.

Tom apenas pudo sujetar el cofre y pegarse a la pared.

—¿Están bien? —vociferó Bryce desde arriba—. No quisiera que perecieran ahí abajo.

—Su preocupación es realmente conmovedora —fue la respuesta que le dio Tom a gritos. Dos vueltas más a la torre y estarían de regreso en la ventana.

Donde la campana había destruido la escalera, apareció una fractura y un chorro de agua salió disparado de la pared. La presión del agua arrancaba los azulejos del interior de la torre, agrandando el agujero por segundos.

—Coge el cofre —ordenó Tom, tendiéndoselo a Hellen.

—¿Y tú?

—No te preocupes por mí. ¡Cógelo! —Hellen miró con temor a los ojos de Tom—.

¡Cógelo ahora! —le gritó él. Aturdida, hizo lo que le decía y alargó la mano hacia el cofre.

Manteniendo el equilibrio a duras penas, Tom levantó el cofre por encima del chorro de agua que los separaba.

Hellen lo agarró y lo atrajo hacia su lado.

—Vete. Estaré justo detrás de ti. —Hellen dudó un instante más, luego se dio la vuelta y subió corriendo las escaleras, mientras la pared seguía agrietándose y el agua destrozaba la escalera.

Hellen llegó a la ventana por la que habían entrado en la torre. El Galés estaba de pie en el bote inestable, esperando impaciente el regreso de ambos. —¿Lo han encontrado? —Hellen asintió y le pasó el cofre por la ventana—. ¿Dónde está Wagner?

—Está justo detrás de mí —dijo mientras se subía al alféizar.

Se dio la vuelta en el instante en que otra sacudida retumbaba en la inmensidad de la cueva, haciendo temblar la torre, y ella resbaló de la ventana, cayendo de mala manera en el bote.

Un peñasco de gran tamaño se desprendió también del techo rocoso de la gruta y se precipitó directamente sobre la cúpula dorada.

—¡Tom! —gritó Hellen mientras la torre se derrumbaba y se hundía en la negrura del lago.