La ciudad invisible (Una aventura de Tom Wagner 3) 65 BAJO LA IGLESIA DE NUESTRA SEÑORA DE KAZÁN
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BAJO LA IGLESIA DE NUESTRA SEÑORA DE KAZÁN

LAGO SVETLOYAR

Tom había entrado en otro mundo. Con la boca abierta y en silencio, Hellen, Cloutard y Arthur se encontraban en la orilla de un enorme lago subterráneo, contemplando una cueva que parecía no tener fin.

—Oh. Mon dieu. Esto debe de ser lo que sintió Otto Lidenbrock.

—Gollum se sentiría como en casa aquí —dijo Arthur.

—El lugar perfecto para esconder un horrocrux —susurró Hellen.

—Solo faltan los nazis cabalgando sobre dinosaurios —dijo Tom, uniéndose a sus amigos.

El padre Lazarev sonrió. Cuando su progenitor lo trajera aquí por primera vez, su propia reacción había sido similar. Ahora, sin embargo, sentía una punzada de tristeza: puede que todo aquello fuera a destruirse para siempre, y nunca más volvería a ver ese lugar mágico.

El techo de la magnífica cueva, creado por el último terremoto hacía ochocientos años, se alzaba a unos nueve metros sobre la superficie del lago, que era mucho más grande que el lago Svetloyar, cuya ubicación se encontraba muy por encima de sus cabezas.

Primero tuvieron que asimilar aquella revelación; se hallaban exactamente varios pisos por debajo del lecho del pequeño lago Svetloyar.

Solo entonces fue posible apreciar la siguiente maravilla: a lo lejos, en el gigantesco cuerpo de agua, se alzaba la parte superior de una torre, coronada por una reluciente cúpula dorada en forma de cebolla.

—¡Ay! —exclamó Hellen. Tom le había pellizcado el brazo.

—Solo para comprobarlo —dijo él con descaro.

Ella se frotó la zona del pellizco y se volvió hacia el padre Lazarev.

—¿Cómo ha…? ¿Cómo es…? —Estaba tan abrumada que no podía terminar ni una sola frase.

Influenciada por su padre, Hellen creció rodeada de arqueología y se había convertido en una autoridad de cierto renombre en ese campo.

Pero aquel lugar estaba revolucionando por completo su comprensión de lo que significaba dicha profesión.

Ese sitio no debería existir y, sin embargo, ahí estaba.

El padre Lazarev estaba radiante por poder compartir al fin su secreto con alguien, aunque solo fuera durante unas últimas horas.

—¿Saben lo que esto significa? —les preguntó Hellen a Tom, Arthur y François, que seguían contemplando el lago.

Los tres respondieron con una simple negación de cabeza—.

Si este lugar existe de verdad, un lugar que la gente de ahí fuera considera poco más que un emocionante cuento para dormir, debe de haber incontables secretos y mitos como este, esperando a ser descubiertos.

—Entonces. ¿Qué hacemos ahora? —preguntó Cloutard.

—Tenemos que remar hasta allí con la barca —dijo el padre Lazarev, señalando hacia la magnífica construcción—. Al pie de la torre hay un cofre. Dentro encontraremos la capa de Sigfrido y la espada con la que se dice que mató al dragón.

Por un momento, se habían olvidado de los sanguinarios mercenarios que les pisaban los talones.

Pero tenían otro enemigo mucho más peligroso, que hizo notar su presencia justo en ese instante con una despiadada demostración de poder: una vez más, la tierra tembló.

A Tom y a sus compañeros les costó mantenerse en pie, y varias rocas se desprendieron del techo.

—Vamos. Para encontrar el tesoro tenemos que llegar a la torre.

—El padre Lazarev les hizo un gesto a los demás invitándolos a que lo siguieran.

Arthur, que era el que estaba más cerca, se adelantó de inmediato adentrándose a un pasadizo que el padre Lazarev le había indicado.

El sacerdote iba justo detrás de él, pisándole los talones.

—¡Rápido! —les urgió el cura. Tom, Hellen y Cloutard empezaron a rodear una gran roca, pero antes de que alcanzaran el pasadizo, el padre Lazarev gritó—: ¡Alto! ¡Se va a derrumbar!

—¡Paps! —gritó Tom. Al mirar hacia delante, solo vio el rostro de su abuelo, lleno de pánico. Cloutard tuvo que sujetar a Tom mientras una lluvia de polvo, arena y pequeñas piedras comenzaba a caer.

—Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán la verdad —dijo el padre Lazarev, mirando fijamente a Hellen.

Con un estruendo de rocas y polvo, el estrecho pasadizo se derrumbó, sepultando al padre Lazarev y al abuelo de Tom.

—¡¡Paps!! —gritó Tom horrorizado. Se zafó de Cloutard y empezó a arañar las piedras que habían caído del techo de la cueva, pero Cloutard tiró de él justo a tiempo, mientras un segundo desprendimiento se venía abajo.

Tan rápido como había empezado, la sacudida premonitoria cesó.

Tom forcejeó para liberarse del agarre de Cloutard y Hellen.

Las lágrimas le anegaron los ojos y se dejó caer de rodillas en el suelo de la cueva, abrumado por el dolor.

Tras el asesinato de sus padres, Arthur lo había criado.

Se había convertido más en un padre que en un abuelo para Tom, y más aún: era el mejor amigo que tenía.

Hellen se adelantó y le puso una mano en la mejilla para consolarlo.

—Tom. Tom, no sabemos qué ha pasado. Quizá lo hayan conseguido. No conocemos hasta qué punto se ha derrumbado el pasadizo. Seguro que el padre Lazarev conoce otra salida.

Tom asintió, todavía desolado. Se secó los ojos y se esforzó por calmarse.

—Será mejor que salgamos de aquí cuanto antes —les apremió Cloutard.

—¡No! —replicó Tom con voz férrea mientras se ponía en pie—. Si mi abuelo ha muerto, no puede haber sido en vano. Vamos a coger esa maldita capa, aunque sea lo último que hagamos.

—Me has quitado las palabras de la boca —oyeron decir de repente a Berlin Bryce. El Galés salió del pasadizo principal con un revólver del calibre veintidós en la mano.

—¡Suelta el arma! —espetó Qadir, apareciendo por la galería justo detrás de Bryce, con los tres soldados que quedaban. Tom vio que no tenían ninguna oportunidad. Dejó su pistola en el suelo y la apartó de una patada. Él, Hellen y Cloutard levantaron las manos.

—¿Qué ha sido del padre Lazarev y de su abuelo?

—preguntó Bryce. No obtuvo respuesta, pero no era necesaria.

Lo vio en sus rostros—. Mi más sentido pésame.

Yo solo quería la capa y llegar a ver por fin este increíble lugar.

Nadie tenía por qué salir herido o morir.

Pero ese guardián egoísta quería quedárselo todo para él y nadie más.

Tenía el propósito de esconderlo del mundo.

—Eso es porque el mundo no está preparado para un poder como… —Empezó Hellen, pero Tom la interrumpió.

—Hellen, no enfades a este sociópata más de lo que ya está. —Tom se había acercado a Hellen como para susurrarle al oído, pero había hablado lo bastante alto con la intención de que todos lo oyeran.

—Debes de creerte muy gracioso, ¿no? —dijo Bryce, e hizo un gesto casi imperceptible con la cabeza hacia Qadir. Qadir dio un paso al frente y le hundió el puño en el estómago a Tom con todas sus fuerzas. Tom cayó de rodillas, boqueando en busca de aire.

—¡Tom! —gritó Hellen. Bajó las manos y fue a ayudarlo a levantarse, pero la visión del Kaláshnikov de Qadir en su cara la hizo cambiar de opinión.

—Bueno, pues… —dijo Bryce, paseándose de un lado al otro, frente a ellos—. ¿Pasamos a la parte incómoda? ¿Adónde vamos ahora? No me cabe duda de que el buen padre les dijo dónde encontrar la capa.

Hellen y Cloutard no dijeron nada. Tom luchaba por ponerse de nuevo en pie. —La tienes metida en el culo —dijo, pero le dio un ataque de tos y volvió a caer de rodillas, incapaz de recuperar el aliento.

—¡Espere! —suplicó Hellen, interponiéndose entre Tom y Qadir.

—Hellen, no —jadeó Tom—. No le digas nada.

—Tenemos que coger el bote —empezó Hellen, señalando la pequeña barca amarrada a la orilla del lago— y remar hasta la torre.

—Entonces. ¿A qué esperamos? —dijo Bryce, indicándoles con un gesto a Hellen y a Tom que bajaran hacia la orilla—.

Quédate aquí y vigila al francés —le ordenó a Qadir.

Hellen y Tom se subieron a la barca, seguidos por uno de los soldados.

Bryce empujó la embarcación para alejarla de la orilla y se montó tras ellos.