64 BAJO LA IGLESIA DE NUESTRA SEÑORA DE KAZÁN
BAJO LA IGLESIA DE NUESTRA SEÑORA DE KAZÁN
LAGO SVETLOYAR
Tardaron bastante, pero al final llegaron al pie de la escalera de caracol, donde se encontraron en una sala inclinada del tamaño de la pista central de Wimbledon, aunque con un techo considerablemente más bajo.
De repente, oyeron un estruendo atronador sobre sus cabezas y la escalera vibró con fuerza.
Lo primero que pensaron fue que se trataba de otro temblor, y Tom y Hellen apuntaron con las linternas hacia los escalones.
—Eso no fue un temblor —dijo Tom, señalando el camino por el que habían venido—. Ha sido una explosión. Bryce tiene una prisa del demonio.
—¡La vache! —exclamó Cloutard, quitándose la gorra y pasándose los dedos por el pelo. Bajar por las escaleras ya lo había sacado de su zona de confort.
—Entonces, más vale que nosotros también aligeremos el paso —dijo Arthur.
—¿Cuánto falta? —preguntó Hellen.
—Ya casi hemos llegado, querida —la tranquilizó el padre Lazarev, y señaló un pasadizo en forma de V entre paredes de roca.
Hellen dirigió la luz de la linterna en la dirección que le indicaba—.
Y ya no vas a necesitar más esto —añadió, apuntando hacia la linterna de Hellen—.
Mi padre y yo tardamos más de un año en instalar estas luces —comentó, pulsando un interruptor en una vieja caja de fusibles junto a la escalera.
Cuando se encendieron las luces, los cuatro recién llegados miraron a su alrededor asombrados. Unos cables colgaban de las paredes como guirnaldas. Había una bombilla cada diez metros, en una hilera que se perdía pasadizo adentro.
—Cuando era joven, juré que, mientras viviera, exploraría cada centímetro de esta maravilla subterránea, y no pensaba hacerlo con una lámpara atada a la cabeza —dijo el padre Lazarev con una risita.
Tom y Hellen apagaron las linternas.
—Oigo pasos. Ya vienen. Tenemos que movernos —dijo Tom con urgencia.
—Por aquí. —El padre Lazarev se puso al frente y se adentró en el estrecho pasadizo, siguiendo las luces.
El sacerdote y su padre no solo habían instalado el sistema de iluminación; también habían encajado tablones de madera donde las paredes de roca se unían en la parte inferior del pasillo en forma de V.
Lentamente, el equipo avanzó en equilibrio por los tablones a través de la brecha en la roca.
—¿Qué es eso? —Hellen levantó la vista, sorprendida.
—¿El qué? —preguntó Tom, justo detrás de ella.
—Ese sonido. —Volvió a encender la linterna y la enfocó hacia la parte alta del pasadizo. Algo se movió en las sombras.
—¡Miren eso! —exclamó Hellen, asombrada, al contemplar los cientos de murciélagos que colgaban del techo.
—Mon dieu, esto de saquear tumbas no es para mí —dijo Cloutard, meneando la cabeza con asco y acelerando el paso—. Por eso siempre me dediqué a la gestión.
—Ten cuidado, no se te vaya a meter uno en el pelo —le dijo Tom a Hellen con una carcajada, y ella sonrió también mientras él le alborotaba el cabello.
Pero la sonrisa de Tom se desvaneció. Se le erizó el vello de la nuca y, en el mismo instante, oyó el sonido de un cerrojo de un AK-47 al amartillarse.
—¡Corran! —Saltaron chispas cuando una lluvia de balas impactó en las rocas a su alrededor.
Tuvieron suerte de que ningún proyectil de rebote los alcanzara.
Agachados, con las manos sobre la cabeza, corrieron tan rápido como pudieron.
Mientras avanzaban, oyeron el aleteo y los chillidos de cientos de murciélagos que se descolgaban del techo y volaban por encima de sus cabezas.
—¡Sigan adelante! —gritó Tom, haciendo señas a sus amigos para que continuaran—. Intentaré detenerlos.
Las maldiciones en ruso y el sonido de los disparos retumbaron por el pasadizo cuando la nube de murciélagos alcanzó a los soldados que los perseguían.
Para Tom, los mamíferos voladores supusieron una bienvenida distracción.
Mirando al techo, tuvo una idea. Se agazapó un momento en una grieta oscura hasta que vio venir al primer soldado.
Tom disparó y el hombre cayó. Luego apuntó la pistola hacia arriba y vació el cargador entero.
Funcionó: una avalancha de piedras se desprendió y cayó sobre el soldado abatido, sepultándolo y bloqueando el pasadizo con unos buenos dos metros de escombros.
«Eso los mantendrá ocupados un rato», pensó Tom, mientras se daba la vuelta y corría tras sus amigos. A sus espaldas oyó los gritos y las maldiciones de Berlin Bryce. Momentos después, cuando Tom llegó al final del pasadizo, casi se le desencajó la mandíbula del asombro.