La ciudad invisible (Una aventura de Tom Wagner 3) 63 IGLESIA DE NUESTRA SEÑORA DE KAZÁN
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IGLESIA DE NUESTRA SEÑORA DE KAZÁN

LAGO SVETLOYAR

La madera se astilló cuando la puerta de la iglesia se abrió de golpe.

El polvo cayó del techo, brillando bajo la cruda luz del sol matutino que inundaba el interior a través de las ventanas.

Berlin Bryce entró, seguido de cerca por su mano derecha, Qadir, y cuatro reclutas de las Fuerzas Armadas rusas.

Los soldados no eran especialmente fieles a la cadena de mando; trabajaban también con El Galés para complementar sus míseros sueldos.

Bryce tenía informantes por todas partes, incluso en el ejército ruso; fueron ellos quienes le habían notificado que Wagner y su gente estaban bajo arresto en una base militar.

Por desgracia, había llegado demasiado tarde. Tom Wagner ya se había escapado.

—Encuentren la entrada. Tiene que estar aquí, en alguna parte.

—Los cuatro hombres asintieron obedientes y se apresuraron a registrar cada rincón de la iglesia.

Mientras tanto, Bryce se acercó al altar.

Lo primero que le llamó la atención fue la imponente Biblia. La cogió y pasó unas cuantas páginas.

—Has hecho un trabajo de primera, viejo —susurró, impresionado, mientras sus dedos se deslizaban por las hendiduras de la cubierta. Dejó la Biblia a un lado y paseó la mirada por el altar hasta que vio el cofre abierto. Estaba vacío.

—¿Y Wagner? ¿De quién fue la brillante idea de meter al puto Tom Wagner en esto? —dijo entre dientes, mientras sus dedos arañaban la madera centenaria.

—¿Señor? —preguntó Qadir, confuso.

—Era una pregunta retórica. —Presa de la ira, Bryce arrojó el cofre sobre el altar con demasiada fuerza, tirando todo al suelo.

Se dio la vuelta y avanzó con paso decidido hacia la entrada.

A medio camino, se detuvo en seco y bajó la mirada.

Estaba de pie en el centro de un relieve ornamental de más de metro ochenta de diámetro que representaba los siete días de la Creación.

Se agachó y pasó los dedos por los bordes del marco metálico que separaba los paneles.

—Lo he encontrado, partida de inútiles. —Se irguió y dio una patada en el suelo. Los cuatro soldados se acercaron a toda prisa.

—¡Aquí! ¡Abran esto!

Uno de los hombres salió corriendo y regresó un instante después con una palanca, con la que se puso a trabajar en el marco metálico incrustado. Pero sus esfuerzos fueron inútiles. La estructura había sido construida con demasiada precisión; ni siquiera la palanca cabía.

—¿Es que estoy rodeado de imbéciles? —bramó Bryce, arrancándole la herramienta de las manos al hombre y tirándola a un lado.

Cogió una de las granadas que colgaban del chaleco táctico del soldado, le quitó la anilla y volvió a poner el explosivo en la mano del hombre, que lo miraba desconcertado.

Le dio una palmada en el hombro y salió tranquilamente con Qadir.

—Cuando quiera, soldado —gritó mientras desaparecía por la esquina una vez fuera de la iglesia.

Segundos después, la granada explotó, justo en el momento en que el último de los soldados salía corriendo por la puerta para ponerse a salvo.

Después de que el polvo se asentara, Bryce volvió a entrar.

El relieve de siete paneles había quedado reducido a un amasijo de metal retorcido y un enorme agujero en el suelo. Contempló el pozo, satisfecho.

—La puerta de entrada a Kítezh —suspiró, maravillado. Había dudado de que alguna vez pudiera ver aquel lugar legendario. Los cuatro soldados, con cara de pocos amigos, regresaron, sacudiéndose el polvo de los uniformes.

—¡Venga, bajen ahí! —ordenó Bryce. Los soldados se limitaron a mirarlo con poco entusiasmo.

—Pero… ¿Y el terremoto? —dijo uno de ellos, ganándose una mirada airada e intimidatoria de El Galés.

Tras un instante de vacilación, obedecieron la orden —al fin y al cabo, él era el que pagaba— y empezaron a bajar las escaleras.

La escalera era muy estrecha y, al principio, a los soldados les costó descender con sus AK-47.

—Quiero ese tesoro en mis manos hoy mismo —dijo Bryce bajando tras los reclutas rusos, con Qadir cerrando la marcha.