La ciudad invisible (Una aventura de Tom Wagner 3) 62 IGLESIA DE NUESTRA SEÑORA DE KAZÁN,
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62 IGLESIA DE NUESTRA SEÑORA DE KAZÁN,

IGLESIA DE NUESTRA SEÑORA DE KAZÁN,

LAGO SVETLOYAR

—Normalmente no toleraría ningún tipo de armas en mi iglesia, pero, dada la gravedad de la situación, estoy dispuesto a hacer una excepción —dijo el padre Lazarev, mirando con desagrado la pistolera que Tom llevaba atada a la pierna.

Apenas unos días antes, el sacerdote había sido secuestrado con violencia de este lugar sagrado.

Apartó de su mente los dolorosos recuerdos, se santiguó, entró en el recinto sagrado y se apresuró hacia el altar.

La iglesia era tan austera por dentro como por fuera.

En el altar, el padre Lazarev volvió a santiguarse y abrió un relicario, del que sacó una Biblia grande y profusamente encuadernada.

Dos pequeñas cerraduras mantenían cerrado el libro sagrado.

La cubierta era de plata pura, decorada con elaborados grabados y relieves.

En las hendiduras de la plata se habían incrustado gemas rojas y botones de oro.

A continuación, el sacerdote se sacó una cadena que llevaba al cuello.

De ella colgaba un medallón ovalado, de unos cinco centímetros de alto grabado con una cruz ortodoxa.

El padre Lazarev lo abrió y extrajo de él una llave diminuta.

Usó la llave para abrir la Biblia y levantó la magnífica cubierta.

Tom, Hellen, Cloutard y Arthur se congregaron alrededor del altar y observaron cada uno de los diestros movimientos del clérigo.

El padre Lazarev cogió un cáliz del altar y desenroscó la base.

De ella cayó un pequeño disco con aspecto de moneda.

Apoyó la Biblia en el altar y la mantuvo abierta en posición vertical con una mano, mientras que con la otra, hizo caer el disco en el interior de la cubierta y lo dejó que se deslizara sobre ella siguiendo un patrón invisible.

Para su asombro, siete de los botones de oro, del tamaño de una nuez, saltaron de sus huecos en la cubierta.

—Los polos iguales se repelen… —dijo el sacerdote con una sonrisa mientras recogía las piezas doradas—.

¿Podría colocar el cofre ahí, por favor?

—le pidió a Hellen, señalando un espacio vacío en el altar.

Hellen sacó la caja, minuciosamente decorada, de la mochila e hizo lo que le pedía el sacerdote.

Este examinó el cofre durante un instante.

Para los no iniciados, no había forma de saber qué lado era el de arriba y cuál el de abajo, y los adornos y las decoraciones no servían de ninguna ayuda.

Cogió el cofre y le dio varias vueltas, como se examina un cubo de Rubik antes de empezar a girar las caras.

Satisfecho, lo volvió a dejar y colocó los botones dorados, uno tras otro, en puntos estratégicos de las cinco caras visibles del cofre.

Con cada uno que colocaba, la caja emitía un suave clic; era evidente que los imanes movían algún tipo de mecanismo en su interior.

Cautivados, sus espectadores siguieron cada paso.

—… y los polos opuestos se atraen —dijo con un gesto teatral, dejando caer el último imán.

Como atraído por una mano mágica, cayó en el lugar que le correspondía.

Con un sonoro clac, la tapa se abrió de golpe.

Hellen dio un respingo ante el ruido repentino, sorprendida y encantada, aunque no esperaba menos.

Le sonrió radiante a Tom, que parecía tan fascinado como ella.

—Genial —susurró él.

Cloutard y Arthur asintieron con gesto de apreciación. Dentro del cofre había dos placas de metal, cada una de unos diez centímetros de largo, dos y medio de ancho y tres milímetros de grosor.

—La cruz, por favor. —Sin mediar palabra, Tom le entregó la cruz que había encontrado solo unos días antes en la tumba de san Pedro.

A diferencia de la cruz católica romana, la cruz rusa, ortodoxa o bizantina no tiene uno, sino tres travesaños.

El travesaño superior simboliza la tabla en la que se inscribió «INRI» —la abreviatura latina de «Jesús de Nazaret, rey de los judíos»—, mientras que el inferior, colocado en ángulo, representa el tablón que le sostenía los pies.

El padre Lazarev acopló las dos placas de metal a la sección inferior de la cruz.

Encajaron en su sitio casi sin hacer ruido.

—Listo —dijo, presentando el objeto recién creado.

—Con un poco de imaginación, podría pasar por una llave de gran tamaño —dijo Tom.

—Como dije, el cofre contiene la llave de Kítezh.

—¿Y dónde está la cerradura en la que encaja? —preguntó Hellen, incapaz de contener su curiosidad.

—Vengan conmigo.

El sacerdote los condujo al centro de la iglesia.

En el sencillo suelo de piedra se había trabajado un relieve más o menos circular, formado por siete triángulos, cada uno de cuyos siete segmentos estaba cubierto de metal.

De no ser por la bella ornamentación, que representaba los siete días de la creación cristiana, y por el hecho de que estaba encastrado en el suelo de una iglesia, podría haberse confundido fácilmente con una elegante tapa de alcantarilla.

El relieve heptagonal, de más de metro ochenta de diámetro, tenía una pequeña cubierta circular en el centro.

El padre Lazarev la retiró e introdujo el extremo largo de la cruz en la abertura.

La giró en sentido contrario a las agujas del reloj y, entre crujidos, los siete segmentos triangulares se abrieron lentamente hacia arriba y hacia fuera.

Debajo había un pozo circular de metro y medio de diámetro, revestido de ladrillo.

Una escalera de caracol de hierro descendía a las profundidades.

—¿Son resistentes esos escalones? —preguntó Tom—. Tuvimos un pequeño percance hace un año y… —Hellen negó con la cabeza dándole un codazo en las costillas, y él se calló al instante.

—No se preocupe. Es totalmente segura —le aseguró el padre Lazarev.

De repente, Cloutard aguzó el oído. —Se acerca un coche —advirtió. Corrió hacia la entrada de la iglesia y echó el cerrojo a la puerta principal.

—Dense prisa —dijo el padre Lazarev, retirando la cruz. La guardó en un bolsillo de su mono militar y lo cerró con la cremallera.

Uno tras otro, los cinco bajaron rápidamente por la escalera de caracol. El padre Lazarev fue el último en descender y, con la ayuda de un asa oxidada encajada en un hueco de la pared, volvió a cerrar la entrada. Ya no había vuelta atrás.