La ciudad invisible (Una aventura de Tom Wagner 3) 61 BASE MILITAR CERCA DE PIGALEVO
84%

61 BASE MILITAR CERCA DE PIGALEVO

BASE MILITAR CERCA DE PIGALEVO

—¡Servicio de habitaciones! —dijo Tom en un fuerte susurro, lanzándoles los uniformes militares.

Cloutard fue el primero en ponerse en pie.

—Mon dieu —masculló adormilado.

—Sé que habían pedido abandonar la habitación más tarde, pero me temo que van a tener que desalojar esta suite de lujo un poco antes de lo previsto —dijo Tom mientras se agachaba hacia el parachoques del UAZ-3151, sacaba el gancho del cabrestante y enrollaba el cable de acero alrededor de los barrotes de hierro—.

Vi esto en una película del oeste de John Wayne cuando era niño y siempre he querido intentarlo.

Con una amplia sonrisa, Tom volvió a saltar al coche, dio marcha atrás con cuidado hasta que el cable se tensó y pisó el acelerador a fondo.

Al principio, las ruedas patinaron y el anclaje del cabrestante gimió de forma amenazadora.

Tom aflojó el acelerador y volvió a intentarlo, esta vez soltando el embrague de golpe.

El UAZ-3151 dio un brinco hacia atrás. Los barrotes se mantuvieron firmes en el hormigón, pero había conseguido arrancar media pared de la prisión, y sus cuatro compatriotas salieron de la celda sin dificultad.

Tom liberó el gancho mientras los demás se metían atropelladamente en el vehículo.

Despertado bruscamente por el estruendo, el hombre de la torre de vigilancia se levantó demasiado rápido y se golpeó la cabeza con una viga.

Cuando vio lo que estaba ocurriendo, hizo sonar la alarma y, segundos después, se encendió una luz en el comedor de oficiales.

Pero Tom y los demás ya se alejaban a toda velocidad en el UAZ-3151.

Los primeros disparos procedieron de la torre de vigilancia y el centinela de la entrada de la base, sobresaltado por el ruido, todavía forcejeaba con su Kaláshnikov cuando Tom pisó el acelerador a fondo y el coche destrozó la barrera.

Segundos después, ya estaban en la carretera.

—Nos perseguirán—dijo Hellen.

—No, no lo harán —replicó Tom—. A no ser que sean tan buenos cambiando ruedas como los equipos de boxes de Ferrari en Montecarlo.

—A ver si lo adivino —articuló Cloutard—. Les has rajado los neumáticos.

—Correctamente —afirmó Tom.

Cloutard puso los ojos en blanco.

—Por favor, Tom, no estropees así el idioma más hermoso del mundo. Ta prononciation est horrible.

—Su turno, padre —propuso Tom, de repente serio, y miró al padre Lazarev a los ojos por el retrovisor—. Es hora de que se sincere. ¿Qué se supone que tenemos que salvar en Kítezh?

A Hellen le brillaron las pupilas, dilatadas por el entusiasmo. No solo estaba agradecida de que Tom los hubiera liberado, sino que se sentía emocionada porque pronto vería la ciudad invisible de Kítezh con sus propios ojos.

El padre Lazarev suspiró. Todos se volvieron hacia él expectantes.

—No se le llama a Kítezh «invisible» porque se hundiera y nadie pudiera verla. La mitología que rodea a la ciudad «invisible» tiene un origen diferente.

Hellen enarcó las cejas.

—¿Qué quiere decir?

—Tendré que remontarme un poco en la historia —empezó el sacerdote.

—Te ha salido competencia —dijo Tom, sonriendo malévolamente a Hellen—.

A ver si las lecciones de historia del padre Lazarev son tan apasionantes como las tuyas —miró de nuevo al sacerdote—.

Debería saber que, cada vez que Hellen explica algo, tiene que repasar primero media historia de la humanidad.

—Tom, cállate y deja hablar al hombre —lo regañó Arthur, impacientándose.

—La ciudad de Kítezh fue fundada por Yuri II, gran príncipe de Vladímir —dijo el padre Lazarev—. El linaje de Yuri se remonta a la nobleza Ruríkida.

—¿Quiere decir como los Románov, los Habsburgo o los Babenberg? —preguntó Tom.

—No te olvides de los Pálffy —añadió Cloutard, dando un sorbo a su petaca.

—Sí, como ellos —dijo el padre Lazarev—. La dinastía Ruríkida gobernó la Rus de Kiev y fueron los primeros zares de Rusia, aunque la familia en realidad tenía sus raíces en Escandinavia. El artefacto que tenemos que rescatar también tiene conexiones escandinavas.

—¡No me diga que estamos buscando el martillo de Thor! Pero ¿quién podría llevarlo? —El interés de Tom iba en aumento.

—Has visto demasiadas películas, Tom. El martillo de Thor es puramente mitológico.

Si de verdad existiera, significaría que los dioses asociados a él también existen —dijo Cloutard—.

Mi favorito es Loki. Ese sí que es un embaucador ingenioso —añadió.

Le pasó la petaca a Arthur, que tomó un trago. La cara de Hellen era todo un poema⁠—.

—Lo siento, pero en estas circunstancias lo único que uno puede hacer es emborracharse —dijo Arthur, encogiéndose de hombros y bebiendo un segundo trago.

—C'est suffisant —expresó Cloutard, quitándole la petaca; estaba claro que no quería desprenderse de gran parte de su licor de tres mil dólares la botella.

—Pero Thor y Loki no existen —continuó Hellen con mal humor—. Eso sí que es un mito. Ya puestos, podrías decirnos que vamos a buscar la capa de invisibilidad de Sigfrido de la saga de los nibelungos.

El padre Lazarev inspiró bruscamente y miró a Hellen como a un niño al que han pillado metiendo la mano en la caja de las galletas. No dijo ni una palabra. El silencio se apoderó del UAZ-3151 durante varios segundos. Todos se quedaron mirando al sacerdote.

—¿Está de broma? —preguntó Hellen con incredulidad.

—Le aseguro que no. Los Ruríkidas se aferraron a su poder porque, a través de sus antepasados, poseían algunos de los tesoros de los nibelungos.

Y no es casualidad que la caída de la rama de la familia de Yuri II coincidiera con la caída de Kítezh.

—Hizo una pausa antes de continuar enfáticamente—: No se debe permitir nunca que estos poderosos artefactos caigan en las manos equivocadas.

Aunque queden sepultados por el terremoto, Berlin Bryce nunca dejará de buscarlos.

Tom asintió. Él sabía mejor que nadie lo que la gente equivocada podía hacer con poderosas herramientas a su disposición.

—¿El tesoro de los nibelungos está en Kitezh? ¡C’est magnifique! —exclamó Cloutard.

—Olvídate, François. No vas a conseguir nada para el mercado negro —dijo Tom.

—Como se te ocurra decir eso de «pertenece a un museo», te doy un puñetazo en toda la cara ahora mismo —replicó el francés.

—Entonces, ¿cómo llegamos a Kitezh exactamente? —le preguntó Tom al padre Lazarev—. ¿Hay algún ascensor o algo que podamos coger?

—El hombre que se convirtió en el primer guardián se topó por pura casualidad con una cueva que lo llevó bajo el lago Svetloyar, donde descubrió Kitezh y los secretos que allí se ocultan.

Como hombre sensato, quiso evitar que ese poder cayera en las manos equivocadas, así que construyó una iglesia sobre la entrada de la cueva para mantenerla oculta y le transmitió el conocimiento a su hijo.

Ese fue el comienzo de los guardianes de Kitezh.

Durante el resto del trayecto, Hellen permaneció en silencio. Iba a tener que reconsiderar desde los cimientos su visión científica de las leyendas y la mitología.