60 BASE MILITAR CERCA DE PIGALEVO
BASE MILITAR CERCA DE PIGALEVO
Tom no tenía ni idea de cuánto tiempo llevaba inconsciente, pero debían de haber pasado horas. Fuera, el cielo ya empezaba a clarear.
Le palpitaba la cabeza. Se incorporó con dificultad y se recostó contra la pared, agotado.
Estaba sentado en un catre de madera, en una celda húmeda con barrotes en la ventana y un cubo de agua en una esquina; «probablemente más para las necesidades corporales que para practicar los ahogamientos simulados», pensó.
La puerta de la celda tenía una pequeña mirilla a la altura de los ojos y una trampilla para la comida al nivel de la cintura.
Se palpó con cuidado la contusión que le había dejado en la cabeza la culata de un Kaláshnikov y luego se puso de pie.
Aún inseguro sobre las piernas, fue trastabillando hasta el cubo, olfateó su contenido y se echó el agua helada por la cabeza.
«Mejor», reflexionó y sintió que recuperaba la lucidez.
«Tengo que salir de aquí lo antes posible», pensó. Se ha demostrado que las fuerzas de la naturaleza tienen por costumbre no tomar en cuenta las necesidades humanas, ni esperar por ellas.
Tom fue hasta la puerta y miró por la mirilla.
Delante de la celda había una mesa de madera.
El soldado que estaba de guardia tenía la cabeza apoyada sobre los brazos cruzados y roncaba con fuerza.
Tom recordó que había escondido el frasquito de agua regia en un bolsillo secreto de sus pantalones cargo, en un pequeño compartimento cosido en el interior de la pernera derecha, cerca del tobillo.
Era probable que en un cacheo superficial en busca de armas no lo detectaran, y, en efecto, el frasquito seguía donde lo había puesto.
«Qué pena», pensó Tom. Le habría encantado intentar una fuga como la de James Bond en Goldfinger.
Tom sonrió. Recordaba con cariño la primera vez que vio la película con su abuelo y lo genial que le pareció Sean Connery en el papel de Bond al engañar con tanta astucia al guardia de la prisión coreana.
Pero el agua regia sería más rápida. Tom levantó el catre de madera y lo colocó bajo la ventana enrejada.
Después, se subió en él. El ácido se comió sin piedad los viejos barrotes.
Pronto pudo sacarlos con facilidad y deslizarse por la ventana.
Por desgracia, había utilizado hasta la última gota de agua regia.
La base estaba en silencio bajo la luz del amanecer.
En una esquina del patio de armas, una lámpara iluminaba la entrada al comedor de oficiales, mientras que el foco de la torre de vigilancia apuntaba a un punto fijo.
Tom levantó la vista y vio que los guardias apostados allí también estaban en los brazos de Morfeo.
«En la época soviética esto nunca habría sido tolerado», pensó.
Por aquel entonces, dormirse durante la guardia le habría valido a un soldado un billete a Siberia, o algo peor.
«Me alegra ver que ahora se toman las cosas con un poco más de ligereza».
A pesar de eso, Tom sabía que no podía confiarse; actuar con extrema precaución era imprescindible.
Pegado a la pared, llegó a la sombra del tejado de un porche, donde pudo tomarse un momento para planificar sus siguientes pasos.
Primero: un vehículo en condiciones. Segundo: liberar a sus amigos; una vez más.
Había hecho todo lo posible por memorizar la distribución de la base cuando llegaron allí.
Se arrastró bajo el tejadillo, siguiendo la pared del edificio principal, y echó un vistazo cauteloso a la esquina.
Allí era donde guardaban los vehículos. El sol naciente hacía que incluso la base militar pareciera pintoresca.
Desde su posición podía ver varios UAZ-3151, que eran básicamente los todoterrenos rusos, fabricados por Uliánovski Avtomobilny Zavod.
Vehículo: listo.
Esperó unos instantes, escuchando, pero aparte del rumor del río cercano, no oyó nada.
No había tiempo que perder. Todo el campamento se despertaría pronto.
La base era pequeña, apenas un puñado de edificios, así que encontrar el almacén donde guardaban las cosas confiscadas no debería ser muy difícil, razonó Tom.
Y tras unos minutos y varios intentos, abrió la puerta correcta.
Allí encontró todo lo que los rusos les habían quitado al detenerlos.
Lo único que faltaba era el P-90, que muy probablemente habría sido robado.
El cofre, la cruz e incluso la petaca de Cloutard estaban allí, ordenadamente dispuestos ante él.
Pero eso no fue todo lo que encontró. Tom llenó rápidamente dos mochilas militares con algunos uniformes y cogió dos pistolas Jarygin PJa y un Kaláshnikov, unas cuantas cajas de cartuchos, algunas bengalas y dos cuchillos militares.
El tiempo se le echaba encima y se vio obligado a correr más riesgos de los que sabía que eran sensatos en aquella situación.
Miró hacia la torre de vigilancia y recorrió con la vista el patio de armas.
La costa seguía despejada. Era ahora o nunca.
Tom se echó las dos mochilas al hombro y corrió por el terreno descubierto hasta donde estaban aparcados los vehículos.
Desató rápidamente las correas de la lona de uno de los todoterrenos y arrojó las mochilas en la parte de atrás.
Luego fue hacia delante y comprobó el cabrestante.
Ya tenía un plan para sacar a sus amigos.
Si no podía fugarse de la cárcel como Bond, al menos podría liberar a sus amigos al estilo John Wayne.