La ciudad invisible (Una aventura de Tom Wagner 3) 59 BASE MILITAR CERCA DE PIGALEVO
81%

59 BASE MILITAR CERCA DE PIGALEVO

BASE MILITAR CERCA DE PIGALEVO

Hellen, Cloutard y el padre Lazarev caminaban junto a la camilla en la que el padre Fiódor era transportado.

Los soldados los habían tratado con una hostilidad manifiesta, pero no eran monstruos.

Veían que el padre Fiódor estaba gravemente herido y lo llevaban a que fuera socorrido en este mismo instante.

Sin la improvisada estabilización de la herida que le había practicado Hellen, podría haber muerto.

—¿Y ahora qué hacemos? —susurró Arthur mientras la escolta militar los conducía a la enfermería.

—Tom encontrará la forma de liberarnos y de llevarnos a Kítezh —respondió ella en un susurro, con confianza.

—¿Y cómo se supone que va a hacer eso? —El abuelo de Tom parecía desesperado.

—Mon ami, parece que no conoces muy bien a tu nieto. Tom es un imán para los desastres, lo admito, pero también es un maestro a la hora de salir de ellos. Es como dice Hellen: encontrará la manera.

—Haga lo que haga el señor Wagner, yo me quedaré aquí. Puede que sea el guardián de Kítezh, pero no dejaré a mi hijo aquí solo —dijo el padre Lazarev.

Los soldados le habían quitado las esposas al anciano sacerdote —no representaba ningún peligro para ellos— y este le sujetaba la mano a su hijo herido mientras caminaba junto a la camilla.

Hellen asintió. Por muy exultante que estuviera la científica que habitaba en ella, por haber descubierto que Kítezh aún existía, también comprendía que la vida del padre Fiódor era de mayor prioridad. Cloutard y Arthur, por su parte, sentían una gran compasión por el anciano sacerdote.

Pero el padre Fiódor, con el rostro contraído por el dolor, susurró:

—No puedes hacer eso, papá. Tienes que cumplir con tu deber y poner el artefacto a salvo. A mí no me pasará nada aquí. Me ayudarán, no te preocupes. Es imprescindible que vayas a Kítezh. Ya sabes lo que sucederá si el artefacto cae en las manos equivocadas.

La expresión del anciano se ensombreció. De repente, su rostro se volvió pétreo y su voz adquirió un matiz gélido.

—Tienes razón, hijo mío. Tengo un deber, y debo cumplirlo —dijo. Se inclinó y besó a su hijo en la frente. Habían llegado al final del pasillo, y al padre Fiódor lo introdujeron en una sala de tratamientos.

—Por aquí —se oyó una voz desde el otro lado del pasillo.

Dos soldados los escoltaron al ala de la prisión y los encerraron a todos en la misma celda.