58 SALA DE INTERROGATORIOS
SALA DE INTERROGATORIOS
BASE MILITAR CERCA DE PIGALEVO, RUSIA
—¿Por qué has robado el coche del general? —le espetó el oficial ruso en un inglés bastante malo.
Al llegar, los separaron de inmediato. Tom sospechó que se habían llevado a sus amigos a los calabozos que había visto al entrar en la base.
«Espero que al menos estén cuidando del padre Fiódor», pensó mientras dos soldados lo conducían, todavía esposado, a una habitación sin ventanas.
En el centro de la estancia había una silla bajo una bombilla que colgaba del techo y producía una luz tenue.
El suelo estaba salpicado de residuos resecos de diversos fluidos corporales.
El lugar apestaba; el hedor a sudor de los soldados que lo arrastraron hasta la silla era lo de menos.
Aquella no era una sala de interrogatorios normal.
Era algo completamente distinto, y Tom no quería ni pensar en lo que podría haber ocurrido allí.
En una esquina había un cubo de agua con una toalla gris parduzca colgada del borde, y Tom sospechó que no estaba allí para limpiar el suelo.
Contra la pared había una mesa; en la penumbra, Tom distinguió varios cuchillos e instrumentos quirúrgicos.
Sintió una oleada de náuseas y el corazón empezó a latirle con fuerza.
El goteo constante —cloc, cloc, cloc— de un grifo sobre el sucio lavamanos de metal que había debajo no ayudaba en absoluto.
La inquietud de Tom fue en aumento, mezclándose poco a poco con una pizca de miedo.
Tras lo que le pareció una eternidad, la puerta de acero se abrió de golpe y un oficial entró, flanqueado por dos soldados.
—¿Quién eres? ¿Por qué has robado el coche del general? —le ladró ahora el oficial en un inglés chapurreado, con las comisuras de los labios torcidas hacia abajo.
—Es una historia muy larga, y me temo que no tenemos tiempo para historias largas. ¿Por qué no te pones en contacto con tu jefe, y que él llame al suyo, y así sucesivamente hasta que llegues al presidente Gennady Vlasov? Él te dirá quién soy. Si no puedes localizarlo, entonces…
El oficial se acercó a Tom y le dio una bofetada en la cara, con la fuerza suficiente para volcar la silla hacia atrás. Tom cayó dolorosamente sobre el frío suelo de piedra.
—No me vengas con jueguecitos. ¿Quién eres? —gritó de nuevo el oficial después de que los dos soldados hubieran enderezado la silla.
—¡Ay! —dijo Tom en voz alta y con calculada insolencia—.
Has hecho que me muerda la lengua. —El sabor metálico de la sangre le llenó la boca.
Escupió en el suelo, delante del oficial—.
Ah. Eso explica todas las manchas del suelo —dijo, y le sonrió al oficial con los dientes ensangrentados.
Este se disponía a pegarle por segunda vez, pero Tom se adelantó—.
Bueno, en serio. Me llamo Tom Wagner. Trabajo para el Blue Shield.
Sí, ya sé, ¿quién demonios ha oído hablar del Blue Shield?
, ¿no? Es una agencia que pertenece a la UNESCO.
Protegemos el patrimonio cultural, pero bueno, da igual.
Demasiado complicado. Mira. ¿Puedes al menos llamar al gobernador de Nizhny Novgorod y al patriarca de Moscú?
Ellos lo aclararán todo. El herido es el secretario personal del patriarca.
El oficial no dijo nada, pero se quedó de pie, reflexionando un momento. Tom solo podía ver la mitad inferior de su rostro adusto. El resto estaba en la sombra.
El oficial hizo una seña a uno de sus soldados, luego se dio la vuelta y salió de la habitación a grandes zancadas.
—Oye, ¿adónde vas? El presidente Vlasov está esperando tu llamada —le gritó Tom. Entonces los dos soldados se pusieron delante de él—. Bueno, chicos. ¿Y ahora qué? —dijo.