La ciudad invisible (Una aventura de Tom Wagner 3) 57 DACHA CERCA DE YURINO
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57 DACHA CERCA DE YURINO

DACHA CERCA DE YURINO

RUSIA

—Hemos pasado por una especie de cobertizo de lujo, ahí atrás, en la carretera —mencionó Tom mientras subían la colina al trote.

—¿Te refieres a una dacha?

—¡Salud! —bromeó Tom, sonriendo.

—Una “dacha” es una casa de campo para rusos ricos. Es donde van los fines de semana —explicó Cloutard, a quien no le hizo ninguna gracia la broma. Tom asintió impresionado.

—Esta es una casa de fin de semana señorial.

Solo cuando se acercaron vieron la valla que rodeaba toda la propiedad.

Al llegar al gran portón, Tom no dudó y llamó al timbre de inmediato.

Pasaron unos segundos y no ocurrió nada.

Volvió a llamar una segunda vez, luego una tercera, y después mantuvo el dedo pulsado en el botón durante al menos treinta segundos. Nada.

—Merde —dijo Cloutard.

De repente, la gran cancela se abrió y un Tesla X flamante descendió casi en silencio por el camino de entrada.

Al volante iba un joven. Cuando vio a Tom y a Cloutard, se detuvo y bajó la ventanilla.

Tom se giró un poco para ocultar la pistolera, y Cloutard, señalando la columna de humo que se alzaba a casi un kilómetro, le explicó en pocas palabras que habían tenido un accidente y que un sacerdote estaba gravemente herido.

—Lo siento —dijo el conductor—. No puedo ayudarlos. Tengo una cita que no puedo anular por nada del mundo.

Se disponía a subir la ventanilla de nuevo, pero el puño de Tom fue más rápido.

El conductor, inconsciente, se desplomó hacia delante, su cabeza cayó sobre el claxon y el coche empezó a avanzar lentamente.

Tom abrió la puerta de un tirón, sacó al hombre a rastras con gran habilidad y saltó al interior del vehículo para detenerlo.

—¿Qué hacemos con él? —preguntó Cloutard—. ¿Lo dejamos aquí o nos lo llevamos?

—Lo dejamos aquí —dijeron al unísono. Lo arrastraron hasta la cancela y lo apoyaron contra ella.

—Mira si tiene un teléfono —dijo Tom—. No queremos que llame a la caballería en cuanto se despierte. —Cloutard le registró los bolsillos. No solo encontró un teléfono, sino también una pistola: una Jarygin PJa.

—¿Qué tenemos aquí? —dijo el francés, sosteniendo un revólver en alto. Tom arqueó las cejas, sorprendido.

—¿Por qué llevaría ese tipo un arma así? —Él y Cloutard subieron al coche y condujeron al encuentro con los demás.

Cuando Tom y Cloutard regresaron en el Tesla robado, Hellen ya había curado las heridas del padre Fjodor de la mejor manera posible.

Rasgó tiras de la sotana del sacerdote para hacer un vendaje y consiguió estabilizar la metralla.

Al menos ahora ya no podía moverse. Pero la acción fue demasiado dolorosa para el padre Fjodor, que terminó perdiendo el conocimiento.

—¡Perfecto! —exclamó Hellen al ver el espacioso coche—.

Ayúdame con él. —pidió. Abrieron las puertas del ala de gaviota y acostaron al sacerdote herido en la fila central de asientos.

El padre Lazarev entró por el otro lado y apoyó la cabeza de su hijo en su regazo.

Cloutard ocupó el asiento del copiloto y Arthur y Hellen, los de la tercera fila, en la parte trasera.

Tom se giró hacia ellos, mientras Cloutard intentaba descifrar el sistema de navegación.

—Disculpen que no sea tan cómodo —expresó—, iré tan rápido como pueda. —Luego se volvió de nuevo hacia delante y salió a toda velocidad. En pocos minutos llegaron a una carretera más grande y asfaltada, y Tom puso el Tesla al límite.

—Se pondrá bien —afirmó Arthur para consolar a su amigo, posando con delicadeza una mano en el hombro de Artjom.

—Gracias, viejo amigo —dijo el padre Lazarev, agarrando la mano de Arthur—. No hemos tenido la mejor de las relaciones en estos años pasados. Ha transcurrido mucho tiempo desde la última vez que nos vimos. Sería imperdonable perderlo ahora. —Acarició el pelo de su hijo y se secó las lágrimas.

—¿Cuál es exactamente su conexión con Kítezh? —preguntó Hellen.

—Me asusta, jovencita. Pero Arthur dice que puedo confiar en usted y me ha salvado la vida.

Por ello, le doy las gracias desde el fondo de mi corazón —expresó con sinceridad el padre Lazarev—.

Ahora, respondiendo a su pregunta: soy el guardián de Kítezh.

El secreto de la ciudad se ha transmitido en mi familia de generación en generación, de padres a hijos.

En el cofre —indicó la caja que Cloutard tenía en el regazo —está la llave.

—Si tenemos la llave, ahora solo necesitamos la entrada —dijo Hellen.

—La entrada se encuentra debajo de la iglesia de Nuestra Señora de Kazán, la iglesia de mis antepasados que está ubicada junto al lago Svetloyar.

La reconstruí hace unos treinta años. El lugar siempre ha sido venerado por los fieles, y por eso siempre se ha alzado allí una iglesia —reveló el padre Lazarev.

—Para empezar, cuéntenos, ¿cómo se hundió Kítezh? —preguntó Arthur.

—Un terremoto —dijo el anciano sacerdote—. Ocurrió cuando los soldados de Batu Kan asediaban la ciudad. Hoy yace semisumergida en un lago subterráneo. El lago Svetloyar es solo la punta del iceberg.

—El problema es que esta vez el terremoto no será tan benévolo con Kítezh como lo fue el primero —intervino Tom—. Si ese experto en sismología, sir Hillary Graves, tiene razón, la ciudad será borrada del mapa para siempre.

El padre Lazarev suspiró. —Sé que no podemos salvar toda la ciudad. Pero hay un artefacto en particular que tengo que poner a buen recaudo. Berlin Bryce no se detendrá ante nada para conseguirlo, aunque eso signifique que tenga que excavar la mitad de Rusia.

—¿Qué es lo que tenemos que rescatar? —quiso saber Hellen, mirando expectante al sacerdote.

—Ce n'est pas bon —dijo de pronto Cloutard.

—¿Qué es lo que no es bueno? —preguntó Tom, mirándolo de reojo.

—Mi ruso está un poco oxidado, pero, si no me equivoco, estamos sentados en el coche oficial de un general de las Fuerzas Armadas rusas.

—Ah. Eso explicaría por qué ese tipo llevaba una pistola militar. Supongo que era el chófer del general —dijo Tom.

Cloutard le pasó unos documentos que había encontrado en la guantera al padre Lazarev, quien los examinó rápidamente.

—Tienes razón. El general Lubomir Orlovski. Los documentos son triviales, solo son formularios de pedido de equipamiento de cocina para el comedor de oficiales. —Se los devolvió a Cloutard.

—Estupendo —dijo Arthur con sorna—. Le has robado el coche a un general ruso.

—Tienes que acostumbrarte a estas cosas si pasas mucho tiempo en la compañía de Tom —explicó Hellen—. Solemos ir dando tumbos de una catástrofe a la otra.

—Venga, no exageres —replicó Tom—. Todo está bajo control.

—A menos que nos topemos con el ejército ruso y con el general —añadió Cloutard mientras le daba un trago de coñac a su petaca.

Sin previo aviso, Tom dio un frenazo. La sacudida despertó al padre Fjodor, que gimió de dolor. La mano de Tom se disparó hacia delante. —Mierda, Cloutard, como tú lo has dicho —masculló, y todos clavaron la vista en los soldados que custodiaban un control de carretera justo delante de ellos.

—Tenías razón —dijo Arthur, mirando a Hellen—. De una catástrofe a la otra.

Tom avanzó lentamente hacia el control. El padre Lazarev abrió la ventanilla trasera. Un soldado se acercó y el sacerdote le explicó la situación en ruso. A su lado, su hijo semiconsciente se quejó. Tras una breve conversación con el soldado, el padre Lazarev asintió con resignación.

—Han acordonado la zona de Nizhni Nóvgorod. Las autoridades han emitido una alerta sísmica y están evacuando toda la región. Pero el soldado dice que pueden escoltarnos a una base cercana. Allí tienen una enfermería donde pueden tratar a mi hijo.

—Pero no nos dejarán pasar al lago Svetloyar, ¿verdad? —preguntó Hellen.

—Me temo que no.

—Explíqueselo otra vez. A lo mejor si le dice la palabra mágica «Kítezh», hace la vista gorda —dijo Tom, tan optimista como siempre.

Entretanto, otros dos soldados se habían unido al que estaba en la ventanilla y ahora miraban el coche con recelo. Uno de ellos cogió la radio.

—Tengo un mal presentimiento… —dijo Tom.

El hombre de la radio ladró una orden y, segundos después, más de veinte Kaláshnikovs les apuntaban.

—Creo que el general Orlovski quiere que le devuelvan su coche —dijo Tom levantando las manos. En ese mismo instante, la tierra empezó a temblar.