50 PASAJE SECRETO BAJO EL CASTILLO SHEREMETEV
PASAJE SECRETO BAJO EL CASTILLO SHEREMETEV
Hellen sacudió la vieja verja de hierro, pero no se movió ni un ápice.
Lo único que consiguió fue hacer sonar la cadena.
El candado estaba completamente oxidado; era imposible forzarlo.
La humedad de allí abajo llevaba varias décadas carcomiendo el metal.
Hellen no veía otra forma de abrir la reja que no fuera usando la fuerza bruta.
Oyó unos pasos y apagó la linterna al ver un cono de luz doblar una esquina a lo lejos. Rápidamente, le hizo una seña a Arthur para que se pusiera a cubierto, y ambos se pegaron a unos nichos en las paredes a izquierda y derecha del pasadizo. Contuvieron la respiración. Los pasos se acercaban.
—Tom, ¿dónde estás? —susurró Hellen por el comunicador.
—Aquí mismo —dijo él, y Hellen apenas pudo contener un grito de alegría al verlo al otro lado de la verja.
Hellen y Arthur salieron de las sombras y se encontraron con un rostro que sonreía ampliamente. Detrás de Tom vislumbraron la figura del padre Lazarev que también avanzó en dirección a la luz.
—¡Artjom!
Arthur corrió felizmente hacia la puerta de hierro y se apretó contra ella. Los dos viejos amigos intentaron abrazarse a través de los barrotes.
—Me temí lo peor —dijo el padre Lazarev.
—Lo siento mucho. No pude proteger el cofre —se disculpó Arthur con tristeza en la voz.
—¿Podemos dejar el reencuentro para dentro de unos minutos? —preguntó Tom mientras examinaba la cadena y los barrotes de hierro.
—¿Cómo piensas abrir el candado? Está completamente oxidado —dijo Hellen. Ella también había recuperado la compostura.
Tom sacó del bolsillo un pequeño frasco de cristal con pulverizador y miró a Hellen con expectación.
—Encontré esto en el taller de Gagarin. Siempre he querido probarlo.
Es mejor que se aparten un poco —dijo, y los ahuyentó a todos de la verja.
Luego, roció generosamente el líquido sobre dos eslabones de la cadena y volvió a guardarse el frasco en el bolsillo.
—Es agua regia —explicó—. Tres partes de ácido clorhídrico y una de ácido nítrico.
Todas las miradas se clavaron en la cadena, que siseaba, burbujeaba y humeaba.
Poco después, los dos eslabones estaban casi completamente carcomidos por el ácido.
Tom golpeó la cadena con la culata de la P-90 y esta cayó al suelo.
La alegría se hizo visible en todos sus rostros.
Arthur y el padre Lazarev pudieron por fin abrazarse, y Hellen le dio a Tom un puñetazo en las costillas.
—No vuelvas a asustarme así en lo que te queda de vida —dijo ella.
Luego lo estrechó entre sus brazos fugazmente y, con la misma rapidez, volvió a soltarlo.
Tom los condujo a todos de vuelta al pasadizo y les hizo señas para que avanzaran.
Era imprescindible que se salieran de allí lo más rápido posible.
Pero el padre Lazarev no se movió. —Todavía nos falta recuperar el cofre —dijo, señalando hacia el castillo.
—¿Por qué es tan importante el cofre? Llevo preguntándomelo desde que me lo diste —preguntó Arthur, intrigado.
—No puedo decírtelo. Pero es vital que lo recupere —respondió el cura, con una seriedad mortal en la voz.
—¿Tiene que ver con Kitezh? —preguntó Hellen sin rodeos, y el padre Lazarev palideció.
—Kit… ¿cómo…? —No le salían las palabras.
—Por tu hijo. Larga historia —dijo Hellen.
La expresión del sacerdote se ensombreció, pero asintió para confirmar—.
Kitezh está en peligro —continuó Hellen—.
Y no solo por los hombres que hay aquí. En menos de veinticuatro horas, un terremoto va a arrasar toda la zona del lago.
Y Kitezh, si es que existe, se hundirá para siempre.
El último resquicio de color desapareció por completo del rostro del padre Lazarev. —Oh, sí que existe, pero…
—¡Basta! —lo interrumpió Tom—. Seguimos en territorio enemigo.
No tenemos tiempo para hablar de esto ahora.
De un momento a otro, van a descubrir que se ha ausentado sin permiso —añadió Tom, señalando al padre Lazarev—, y entonces se desatará el infierno —añadió apremiándolos a todos para que avanzaran, pero el religioso no se movió.
—El cofre contiene la llave de Kitezh —fueron las palabras del cura. Con eso captó la atención de sus rescatadores. Tom, Hellen y Arthur lo miraron conmocionados. Pasaron unos segundos.
—De acuerdo —dijo Tom—. Nuevo plan. Salgan de aquí a toda prisa. Yo iré a buscar el cofre. —Miró al padre Lazarev—. ¿Dónde está?
—Creo que los oí decir que lo tiene alguien al que llaman El Galés —respondió el sacerdote.
—Bien. Pónganse en marcha ahora mismo. Yo encontraré otra salida. —Sin esperar respuesta, se dio la vuelta y echó a correr de regreso al castillo.