51 CASTILLO DE SHEREMETEV
CASTILLO DE SHEREMETEV
YURINO
Tom no fue muy lejos. En cuanto sus amigos desaparecieron en la oscuridad, cambió al canal de radio de los guardias, y no podía haberlo hecho en mejor momento.
—¿Quién coño anda correteando por mi castillo?
¡Tráiganme a ese cabrón! —bramó la voz de Berlin Bryce en el oído de Tom.
«Eso solo podía significar una cosa», pensó Tom.
Habían encontrado los cadáveres en la torre y ahora todos los hombres disponibles lo estaban buscando.
Tenía que ocurrírsele algo. Justo cuando comenzaba a darse cuenta del significado de aquel descubrimiento, casi choca con un guardia apostado en la entrada del sótano.
Ágilmente, se agazapó tras una esquina justo a tiempo.
Desenfundó su Glock con silenciador y esperó.
Por fortuna, el hombre no lo había visto.
Estaba de espaldas a Tom, mirando a su alrededor.
Tom actuó con rapidez. Salió de su escondite y ordenó en voz baja: —¡El arma al suelo, las manos en alto y de rodillas!
—El guardia hizo lo que se le pedía. Sabía que cualquier movimiento en falso significaría la muerte, y no le pagaban lo suficiente para eso.
Lentamente, depositó su metralleta en el suelo de piedra, entrelazó los dedos detrás de la cabeza y se arrodilló.
—¿Dónde guarda Bryce el relicario del sacerdote? —le preguntó Tom, dándole un golpecito en la nuca con la pistola—. ¡Habla!
El hombre apretó los párpados. Cuando habló, le temblaba la voz. —No lo sé. Lo siento. Solo estaba haciendo la ronda.
—¿Tiene una oficina o algo parecido?
—Sí. En la segunda planta. A la derecha, al final de la escalera.
—¿Cuántos hombres hay dentro? —El guardia vaciló, pero Tom volvió a darle un empujoncito con el cañón de la pistola.
—Cinco, más el calvo ese raro, el Kahle. Los demás están fuera. Es todo lo que sé. Por favor, no… —La culata de la Glock de Tom lo dejó inconsciente.
Necesitaba una distracción. No podía limitarse a deambular por el castillo y disparar a todo el que se encontrara. Entonces se le ocurrió una idea descabellada.
Dos minutos después, subió corriendo las escaleras a la planta baja con su P-90 preparada.
El castillo estaba casi a oscuras, iluminado únicamente por las luces de emergencia de los pasillos.
En el vestíbulo, Tom encontró una chimenea tan alta como él.
Recordó la lección de historia de Hellen con relación al castillo, en particular el pasaje sobre la gran cantidad de estas enormes chimeneas que se encontraban en la fortaleza.
En uno de los salones hubo una vez una chimenea extraordinaria; le había dicho ella: dos estatuas, un atlante y una cariátide sostenían el dintel de piedra que la coronaba.
La chimenea fue descubierta durante las excavaciones entre las cenizas de Pompeya y trasladada al castillo.
Pero, en el transcurso de la era soviética, el castillo sufrió un saqueo; arrancaron la chimenea de la pared y se la llevaron.
Hoy, en su lugar, se hallaba una chimenea rudimentariamente improvisada y revestida con azulejos de Pompeya.
Tom se metió de un salto en la profunda chimenea y esperó.
Instantes después, una explosión masiva sacudió el castillo.
El suelo tembló y una nube de polvo ascendió por la escalera desde el sótano.
Dos minutos antes, Tom había colocado una de las granadas que le quedaban en la entrada del túnel.
Con la ayuda del agua regia y la anilla de la granada, consiguió improvisar un temporizador.
Eso sería suficiente como distracción y, con suerte, la explosión también bastaría para derrumbar la entrada del túnel e impedir que nadie siguiera a Hellen y a los demás. Oyó gritos y pasos apresurados.
—¡Vamos! ¡Vayan a ver qué coño pasa ahí abajo!
—El rugido emitido por El Galés resonó por todo el castillo.
Cuatro hombres bajaron corriendo de la planta superior, pasaron justo por delante de Tom y entraron en el sótano.
Tom tomó la dirección contraria, escaleras arriba.
Al llegar al rellano, se detuvo y miró con cautela por la esquina.
Vio al galés hablando con uno de sus hombres.
Tom salió de su escondite y… pop, pop. El esbirro cayó al suelo.
Sorprendido, pero imperturbable, Bryce se miró el traje salpicado de sangre.
—¿Dónde está el relicario? —Tom no necesitaba respuesta. Después de una pregunta así, casi todo el mundo se delataba con la mirada. Invariablemente, se volvían hacia el escondite—. ¡Vamos! Entra ahí. —Tom señaló con la barbilla la puerta que el villano había mirado anteriormente.
—Wagner, ¿verdad? —Entraron en el despacho provisional de Bryce y Tom echó un vistazo rápido.
—Siéntate. Manos a la espalda —ordenó Tom, y ató al galés a la silla. El elaborado cofre estaba sobre una sencilla mesa de madera.
—No pensarás en serio que vas a salir de aquí con vida, ¿verdad?
Tom lo ignoró. Cogió una mochila que había en un rincón de la habitación, guardó el relicario dentro y se la colgó a la espalda.
—Colabora conmigo, Wagner. Encontremos la ciudad juntos. Puedo hacerte rico, más rico de lo que tu amigo Cloutard fue jamás.
—Deberías probar a cerrar la puta boca para variar. —Tom sacó el pañuelo del bolsillo del pecho de Bryce y lo amordazó. Luego volvió a cambiar la radio al canal de sus amigos y salió del despacho.
—¿François? Contesta. Necesito tu ayuda.
Una vez que le expuso su plan a Cloutard, subió corriendo las escaleras hasta el último piso, desde donde salió al tejado de metal pintado de verde y se dirigió a la gran cúpula de cristal que cubría el jardín de invierno.
Mientras escudriñaba el cielo nocturno, no se percató de la presencia del Kahle, que se había deslizado hasta el tejado desde la terraza sur.