La ciudad invisible (Una aventura de Tom Wagner 3) 49 CASTILLO DE SHEREMETEV
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YURINO

Normalmente, Tom evitaba matar, si era posible, pero en ese momento no le quedaba otra alternativa. No podía arriesgarse a que uno de ellos diera la voz de alarma. Sin pérdida de tiempo, volvió junto al padre Lazarev, que lo miró, consternado por lo que acababa de ocurrir.

—Lo siento, padre. No había otra opción —susurró—. Tenemos que irnos. Su hijo está esperando fuera. Necesitamos llegar al sótano sin que nos vean. Esa es nuestra única salida.

—Tom —dijo el sacerdote, mirándolo fijamente con urgencia—. Tenemos que encontrar el cofre. Cuando me lo enseñaron, me temí lo peor. Pensé que habían asesinado a tu abuelo para conseguirlo.

—Paps está bien. Se encuentra en el sótano en este mismo instante. Vamos a reunirnos con él. Nos encargaremos del cofre más tarde. Lo más importante ahora es ponerlo a usted a salvo.

El sacerdote asintió y juntos descendieron lentamente por la estrecha e interminable escalera de caracol de la torre.

Tom iba delante, con el subfusil preparado, y el padre Lazarev justo detrás, apoyándose en su hombro.

El anciano sacerdote gozaba de una salud excelente para su edad, pero los días de interrogatorios, torturas y las largas jornadas sentado le habían debilitado muchísimo.

Ahora se hallaba al límite de sus fuerzas.

Se detuvieron al pie de las escaleras y Tom miró a su alrededor.

—El acceso al sótano se encuentra al final de este pasillo —susurró, señalando hacia la derecha—. ¿Puede llegar hasta allí?

El sacerdote asintió con seguridad y le dio un codazo a Tom para que siguiera.

De repente, una puerta se abrió de golpe delante de ellos, y Tom casi choca con ella.

Él y el padre Lazarev se quedaron paralizados.

Tom bajó lentamente la P-90 y, cuando la puerta volvió a cerrarse, saltó sobre la espalda del hombre que acababa de salir.

Con una llave de estrangulamiento, lo mandó al mundo de los sueños sin hacer el más mínimo ruido.

El padre Lazarev asintió con aprobación.

Obviamente, prefería este método. Tom leyó el letrero que había en la puerta y por un momento pegó la oreja para escuchar a través de ella.

Luego la abrió con cuidado y arrastró al hombre, a quien ahora reconocía como Qadir, de vuelta a la habitación de la que acababa de salir.

—La próxima vez, lávese las manos después de ir al baño.

—Tom le dio una palmadita en la mejilla a Qadir y lo registró rápidamente.

Todo lo que encontró fue una radio. Tom tomó nota del canal en el que estaba sintonizada y la apagó.

Luego, él y el sacerdote salieron de la habitación, corrieron por el pasillo y bajaron la ancha escalera de caracol que conducía al sótano.

Tom no esperaba encontrarse a nadie más allí abajo, pero de repente, casi al final, oyeron un ruido.