47 CAÍDA LIBRE SOBRE EL CASTILLO SHEREMETEV
CAÍDA LIbrE SObrE EL CASTILLO SHEREMETEV
Había pasado mucho tiempo desde que absolviera su último curso de paracaidismo y realizara su último salto.
Pero era como montar en bicicleta: tiras de la anilla y flotas hasta el suelo.
«Pan comido», pensó Tom. Solo existía un inconveniente.
Si quería minimizar el riesgo de ser un blanco fácil, tenía que esperar hasta el último momento para abrir el paracaídas.
Gagarin le había explicado qué tipo de paracaídas era y a qué altitud tenía que tirar de la anilla.
¿Pero había dicho ciento cincuenta o doscientos cincuenta metros?
El acento del ruso era muy marcado y difícil de entender.
Ciento cincuenta metros. Tom estaba seguro.
Echó un vistazo al altímetro de su muñeca.
Caía a cincuenta metros por segundo. Todavía faltaban veinte segundos.
Esperaba que Gagarin, ese loco de las armas, hubiera plegado bien el paracaídas; de no ser así, no le daría tiempo a usar el de reserva.
Tom sonrió. Ese era el tipo de estimulación que impulsaba a un adicto a la adrenalina como él a correr tales riesgos: caer en picado hacia la tierra a más de doscientos kilómetros por hora con una sonrisa en la cara.
Atravesó a gran velocidad unos jirones de nubes y entonces lo vio justo debajo en todo su esplendor: el castillo Sheremetev.
La luna llena bañaba a plenitud la histórica estructura de ladrillo rojo y toda la finca con una luz pintoresca y misteriosa.
La iluminación no era precisamente la ideal para una operación de semejante índole, pero el tiempo apremiaba y no le quedaba esa opción. Tenían que arriesgarse.
Habían estudiado con atención los planos del castillo y las imágenes por satélite. Las grabaciones de hacía tres días tendrían que bastar.
—¿Cómo? ¿Tu “conocido” del Pentágono no puede conseguirte una transmisión en directo?
Tom, estoy decepcionada —se había burlado Hellen.
Tras analizar todo lo que tenían, coincidieron en que El Galés debía de tener un gran sentido del humor.
Parecía que el padre Lazarev se encontraba retenido en lo alto de la torre del castillo.
Tom tiró de la anilla y se alegró enormemente al ver que el paracaídas se abría exactamente como debía.
«El público enloquece», pensó mientras se dirigía hacia la torre, en el lado sudeste del edificio.
El aterrizaje no sería fácil. La torre tenía solo unos cinco metros de almena a almena y, para complicar las cosas, una antena de un metro de altura se alzaba hacia el cielo, justo en el centro.
La costa parecía despejada: no se veían guardias en el tejado.
Por las imágenes satelitales, sabían que la mayoría patrullaba la alta valla eléctrica del perímetro, y que unos pocos más vigilaban en el linde del bosque.
Nadie se esperaba la llegada de un intruso desde el cielo, y todos los miembros del equipo, él incluido, se habían decidido finalmente por un asalto combinado: Tom en paracaídas, y Hellen y Arthur a través del túnel que ella descubriera en los planos antiguos.
Tom aterrizó hábilmente tras las almenas y recogió con rapidez el paracaídas en cuanto se deshinchó.
—El águila ha aterrizado —bromeó. El micrófono de laringe transmitía sus palabras con claridad a los demás.
—Mil novecientos setenta y seis. Película de guerra británica. Michael Caine, Donald Sutherland, Robert Duvall —oyó recitar a su abuelo al instante por la radio.
—Todavía estás en forma, Paps —dijo Tom, mientras se quitaba el arnés del paracaídas y tiraba las gafas a un lado.
—Je vous demande pardon?
—Es un juego que tienen —explicó Hellen—. No les hagas caso.
Tom se centró en la tarea que tenía entre manos. Con una ganzúa, no tardó en abrir la puerta de la torre.
—Silencio de radio por ahora. Voy a entrar.
Con el P-90 en alto y listo para disparar, Tom atravesó el umbral con cuidado y bajó sigilosamente por la empinada escalera, que para su disgusto crujía y gemía a cada paso que daba.
Agachándose por debajo de la barandilla, siguió descendiendo pegado a la pared y dobló una esquina, para luego continuar bajando en dirección a la única habitación de la torre.
Avanzó deteniéndose en cada escalón y escuchando con atención. Nada.
Se asomó por la barandilla de madera y observó la habitación que se encontraba debajo.
La luz de la luna que se filtraba por tres estrechas ventanas arrojaba un débil resplandor, y Tom pudo distinguir una figura oscura sentada en una silla en el centro de la estancia.
El crujido de los escalones parecía ensordecedor, pero abajo nada se movía.
Siguió bajando con el mayor sigilo posible.
Al acercarse, pudo escuchar los leves gemidos del sacerdote que se encontraba atado a la silla.
—¿Padre Lazarev? —susurró Tom, aproximándose al anciano con cautela. El sacerdote parecía ya medio muerto.
—Aléjese de mí. No tengo nada más que decirle —dijo el padre Lazarev sin levantar la vista, con una voz que era poco más que un susurro. Tenía el cuerpo desplomado hacia delante y los brazos y las piernas atados a la silla con bridas. De su rostro devastado goteaban sangre y sudor.
—He encontrado al sacerdote. ¡Está vivo! —anunció Tom por la radio.
—Gracias a Dios —dijo Arthur. Su alivio era casi palpable.
—Padre Lazarev —susurró Tom, agachándose frente a él. Le levantó la cabeza con cuidado, y el anciano por fin abrió los ojos y lo miró.
—¿No eres un poco joven para ser un asesino? —dijo.
—Me llamo Tom Wagner. Estoy aquí para rescatarlo.
—¿Quién eres?
—He venido con su hijo y con Arthur Prey.
El espíritu y la vida regresaron de repente a aquel cuerpo envejecido y frágil.
—¿Arthur está vivo? ¿Está aquí?
—Sí. Soy su nieto, Tom —explicó, mientras cortaba las bridas que ataban los brazos del sacerdote. El padre Lazarev levantó una mano y le acarició la mejilla.
—Tom —dijo el prelado, recuperando la fuerza—. Tu abuelo me ha hablado mucho de ti.
—Espero que solo te haya contado cosas buenas —bromeó Tom con una sonrisa mientras ayudaba al padre Lazarev a ponerse en pie.
Las fuerzas del anciano regresaban gradualmente.
La llegada de Tom le había infundido nuevas esperanzas.
De repente, agarró a Tom por el hombro y lo miró con los ojos muy abiertos.
—¡El cofre! ¡El cofre está aquí! Tenemos que encontrarlo.
—¿Qué, el cofre del que me habló mi abuelo…? —Tom no pudo terminar la pregunta. Se acercaban voces y pasos; alguien subía por la estrecha escalera de caracol desde abajo. Estaban atrapados.