La ciudad invisible (Una aventura de Tom Wagner 3) 46 IGLESIA ORTODOXA DEL ARCÁNGEL MIGUEL
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46 IGLESIA ORTODOXA DEL ARCÁNGEL MIGUEL

IGLESIA ORTODOXA DEL ARCÁNGEL MIGUEL

CERCA DEL CASTILLO SHEREMETEV, MINUTOS ANTES

—La cripta del último propietario del castillo debería estar en el lado sur de la iglesia —explicó el padre Fjodor.

Al otro lado de la iglesia, no tardaron en encontrar la pequeña parcela de césped vallada con la lápida deforme, coronada por una cruz ortodoxa.

La inscripción de la losa estaba muy erosionada por el paso del tiempo y era difícil de leer.

Delante de la tumba, una estrecha escalera descendía a la cripta, que se encontraba justo debajo de la parcela de césped.

La delgada escalerilla se parecía a las que conducen a esas piscinas de inmersión para refrescarse en las saunas, pero sin agua.

La emoción de Hellen iba en aumento. Miró su reloj: iban bien de tiempo. Tenían quince minutos para llegar al final del pasadizo secreto. Debía reunirse allí con Tom y en el mejor de los casos, también con el padre Lazarev.

—Espera aquí y mantén al cura local a raya, por si le entra la curiosidad —le dijo Hellen al padre Fjodor. Acto seguido, empezó a bajar las escaleras.

El padre Fjodor asintió y dijo:

—No se preocupen por él.

—Y llámanos por radio si ves algo sospechoso —añadió Arthur y el padre Fjodor asintió de nuevo.

Hellen utilizó una de las grandes llaves para abrir la vieja puerta de madera blindada y la verja que había detrás de la misma mientras Arthur la alumbraba con la linterna.

La reja se abrió hacia fuera con un chirrido y Hellen entró en la desnuda y desolada cripta.

La entrada era muy baja y tuvo que agacharse.

—La verdad es que me lo imaginaba más espectacular —dijo Arthur mientras observaba la diminuta habitación de tres metros cuadrados—.

La Cripta Imperial de Viena es de un calibre totalmente diferente.

—El techo apenas alcanzaba los dos metros de altura.

Un sencillo sarcófago rectangular se apoyaba contra la pared de la izquierda; el escudo de armas de la familia Sheremetev, en relieve dorado, decoraba la modesta tapa lisa.

Frente a la entrada había una pequeña repisa blanca sobre la que descansaban unas cuantas velas, y por encima del mueble colgaba una cruz de aspecto austero con una figura de Jesús. Hellen iluminó con su linterna todos los rincones de la pequeña cámara, con Arthur pegado a su espalda.

—Tiene que ser eso —dijo ella cuando el haz de luz se detuvo en la cruz.

Se acercó y la examinó con atención. La cruz no colgaba simplemente de un gancho, sino que parecía estar fijada directamente a la pared.

La sacudió con cuidado e intentó girarla.

Cedió, y pudo girarla noventa grados hacia la izquierda.

Se oyó un raspado y un chasquido, y de repente cayó polvo de la esquina del techo, encima de la cruz. La pared se había movido un centímetro.

—Ayúdame —le dijo a Arthur. Ambos se apoyaron contra la pared y empujaron con todas sus fuerzas. Al principio con dificultad, y luego con más facilidad, consiguieron desplazar el muro casi un metro hacia dentro.

Sin aliento, se detuvieron. Hellen iluminó con la linterna el espacio a su derecha, donde se extendía un pasadizo que parecía interminable. Desactivó el botón de silencio de sus auriculares.

—Estamos en posición.

Sacó la pistola que Tom había insistido en que llevara y, junto a Arthur, se adentró en el oscuro túnel que los conduciría hasta debajo del castillo.