45 A TRES MIL METROS DE ALTURA SOBRE EL CASTILLO DE SHEREMETEV
A TRES MIL METROS DE ALTURA SObrE EL CASTILLO DE SHEREMETEV
YURINO
—¿Un sorbito? —preguntó Cloutard, ofreciéndole una petaca a Tom. Tom negó con la cabeza, aunque el ofrecimiento le hizo sonreír. Cloutard se encogió de hombros y luego le dio un buen trago a la elegante petaca de metal.
—Gracias a Dios que siempre llevo esto encima. Este trasto asqueroso ni siquiera tiene minibar —rio Cloutard, y bebió otro sorbo.
—Oh, qué demonios —dijo Tom, y agarró la petaca que Cloutard le tendía nuevamente para tomar un trago—.
Por nuestro aniversario —añadió. Hacía exactamente un año que ambos habían estado en una situación similar.
La única diferencia era que, en aquella ocasión, huían de Ossana y sus secuaces en Túnez, y lo hacían en el helicóptero de lujo del propio Cloutard, que sí tenía minibar.
Hoy, en cambio, estaban sentados en una cafetera oxidada de casi sesenta años, en mitad de Rusia, de camino a meter el dedo en el avispero.
—Esta vez te has pasado de la raya, ¿eh?
—dijo Cloutard con una rápida mirada de reojo.
Tom parecía un Quasimodo de hoy en día de camino a la batalla.
Llevaba el paracaídas a la espalda, el chaleco antibalas, el subfusil P-90 con silenciador cruzado sobre el pecho y las granadas colgando de unas presillas a su lado.
Ni qué decir de los cargadores metidos en infinidad de bolsillos, además de la pistola y el cuchillo que exhibía sujetos al muslo.
Se veía que le costaba incluso mantenerse erguido en la diminuta cabina.
—Estoy totalmente de acuerdo contigo —rio Tom. Cloutard se sorprendió de que Tom le diera la razón, pero este negó con la cabeza y se dio unos golpecitos en los auriculares.
—Perdona, Paps está interrogando a Hellen. Deberías encender la radio —le dijo a Cloutard, que obviamente no había oído lo que ella decía.
—Pardonnez-moi —dijo Cloutard, corrigiendo el descuido de inmediato.
—¡Ja! Lo acaba de apagar—sonrió Tom—. Paps la estaba atosigando sobre por qué no seguimos juntos.
—Ah. Y bien, ¿por qué no siguen juntos ?
—¿En serio? ¿Tú también? —Tom puso los ojos en blanco—. Hablemos de ese tema con un par de whiskys sours, no a tres mil metros de altura cuando estoy a punto de saltar de un cortacésped volador.
—Assez juste. Pero no creas que te vas a librar tan fácilmente. Un día de estos espero oír la historia completa de boca de ambos.
Tom le dedicó una sonrisa de sufrimiento y se ajustó el micrófono de laringe. Estar así sentado era cada vez más incómodo.
—¿Hemos llegado ya? —preguntó y, por un momento, sonó como un niño en un viaje largo, retorciéndose impaciente en el asiento.
—¿Ahora entiendes por qué echo de menos todos mis juguetitos caros? —preguntó Cloutard.
Los auriculares de Tom crepitaron. Oyó a Hellen decir:
—Estamos en posición.
—¡En avant! —dijo Cloutard.
—Por fin —añadió Tom. Abrió la puerta de la pequeña aeronave y el ruido aumentó exponencialmente.
Se giró a la izquierda, listo para saltar, pero volvió a mirar a Cloutard una vez más—.
Y respondiendo a tu pregunta de antes: no, no me he pasado de la raya en absoluto.
—Con una sonrisa, se puso las gafas sobre los ojos y se dejó caer en la claridad de la noche.