44 IGLESIA ORTODOXA DEL ARCÁNGEL MIGUEL
IGLESIA ORTODOXA DEL ARCÁNGEL MIGUEL
CERCA DEL CASTILLO DE SHEREMÉTIEV, YURINO
Hellen condujo la enorme camioneta por la estrecha calle lateral que llevaba a la puerta norte de la iglesia. Detuvo el coche y ella, Arthur y el padre Fiódor se bajaron.
—De esto me encargo yo. Esperen aquí —indicó el sacerdote, y se dirigió hacia la gran reja de hierro. Tiró del cordón de la campanilla que colgaba de la entrada y esperó.
Eran casi las diez de la noche. El padre Fiódor volvió a llamar. Finalmente, se percibió movimiento en el interior. Se encendió una luz en la casa contigua a la propiedad y un hombre de avanzada edad se asomó a una ventana.
—¿Quién anda ahí? —preguntó una voz ronca en ruso. El padre Fiódor le explicó al anciano que lo enviaba el patriarca de Moscú. Poco después, sonaron unos cerrojos, la puerta se abrió y el viejo sacerdote, vestido con su hábito, hizo pasar al padre Fiódor.
—Vuelvo enseguida. Será solo un minuto —les dijo a Hellen y a Arthur, y desapareció dentro de la casa.
Fuera, el silencio era casi absoluto. En la pequeña localidad de apenas tres mil quinientos habitantes, no pasaba gran cosa a esas horas de la noche.
Ni coches. Ni gente. Se oía el Cri-Cri de los grillos en la hierba y, de vez en cuando, el ladrido de un perro.
El cielo despejado relucía de estrellas y la luz de la luna bañaba la noche con un místico resplandor blanco azulado.
Al principio, Hellen y Arthur no hablaron, pero, tras varios minutos de silencio ininterrumpido, Arthur preguntó:
—Entonces. ¿Por qué no siguen juntos? —La pregunta cogió a Hellen desprevenida. Era lo último que se esperaba.
—Ehhh… —Se quedó sin palabras durante unos segundos y finalmente consiguió decir—: Arthur, no creo que este sea el momento más adecuado para hablar de la vida amorosa de Tom y mía. —Se cruzó de brazos y se apoyó en la camioneta.
—Estoy totalmente de acuerdo contigo —agregó de pronto la voz de Tom en el auricular de Hellen. Ella toqueteó el comunicador a toda prisa y pulsó el botón de silencio.
—Ustedes hacían una extraordinaria pareja —comentó Arthur—. Tú eras maravillosa para él, y se le rompió el corazón cuando te fuiste a trabajar para ese viejo conde. Me alegro de que hayan encontrado la forma de volver.
Hellen se quedó boquiabierta.
—No estamos…, no hemos… —empezó a decir, pero justo en ese momento la puerta de la casa del sacerdote se abrió e interrumpió su intento de protesta. El padre Fiódor salió, sonrió y les tendió un pesado y viejo manojo de llaves.
—Bueno. ¿Nos ponemos en marcha? —dijo Arthur. Cogió las llaves que le ofrecía el sacerdote y, al momento, abrió la pesada reja de hierro.
Hellen encendió su linterna, Arthur y el padre Fiódor encendieron sus pequeñas lámparas LED y entraron en el camposanto.