43 AFUERAS DE NIZHNY NÓVGOROD
AFUERAS DE NIZHNY NÓVGOROD
Más al fondo, Tom vio una mesa enorme sobre la que reposaba una cantidad ridícula de armas automáticas. Reconoció algunas, pero otras no las había visto en su vida. Se encontraban demasiadas cosas acumuladas en aquel espacio inmenso. Asimilar todo de un vistazo era prácticamente imposible.
—Bonita colección —dijo, mirando a su alrededor con una sonrisa de entusiasmo.
—Seguro que están pensando que debo de haber hackeado las cuentas de unos cuantos oligarcas rusos para reunir todo esto.
¿Qué les puedo decir? Pues, que están en lo cierto —Modest sonrió con malicia—.
François me ha dicho que necesitan armas y puede que alguna que otra cosilla.
No entró en detalles y, sinceramente, tampoco me interesa saberlos.
—Se volvió hacia Cloutard—. Confío en ti.
Modest los condujo más allá de la mesa de las armas automáticas hasta una puerta al final de la sala.
Tecleó un código en el panel que había junto a la misma.
Se oyó un pitido y la puerta se abrió. Durante unos segundos, Tom y Cloutard solo pudieron quedarse boquiabiertos.
El equipo que había dentro superaba con creces sus expectativas.
—¡Impresionante! —dijo Tom—. ¿Y qué haces con todo esto?
—Estaba contemplando una enorme colección de armas de diferentes tipos, colgadas en las paredes que formaban la estancia.
Como si fueran piezas de museo, cada arma tenía una placa al lado con el nombre del modelo y algunos datos de importancia.
Tom vio pistolas, revólveres, subfusiles y rifles de francotirador de todos los fabricantes del sector.
También allí había varios modelos que le resultaban completamente desconocidos.
—Es mi afición. Colecciono armas.
—¿Para qué? —preguntó Tom—. ¿Para el apocalipsis zombi? —Incluso a él, aquella cantidad de armamento le pareció un poco sospechosa.
—Por diversión. Simplemente, me encantan estas cosas.
—¿De dónde ha salido todo esto?
—Tras la caída de la Unión Soviética, el mercado negro se inundó. Se podía conseguir casi cualquier cosa, desde misiles atómicos hasta submarinos. Por desgracia, el modelo que yo quería se lo quedó otro. Habría sido un juguete estupendo. No tengo ni idea de quién lo tiene ahora.
—¿También vendes? ¿O solo coleccionas?
—A veces vendo. Normalmente, a la misma gente cuyas cuentas saqueé unos meses antes.
Cloutard rio con complicidad. —Ah, sí. Nosotros solíamos hacer eso todo el tiempo.
—Mucha gente adinerada anda a la caza de armas exóticas —dijo Modest—.
Y están dispuestos a pagar bien por ellas.
Lo mejor es que la mayoría solo las quieren para presumir y, en realidad, nunca llegan a usarlas.
—Miró a Tom con seriedad—. No soy ningún traficante de armas sin escrúpulos, por si es eso lo que estás pensando.
Venga, sírvanse. Cojan lo que necesiten.
Tom sacó tres granadas de mano de una caja de madera y se puso a hacer malabares con ellas, sonriendo a Cloutard.
—Mon ami, ya sabes que las armas no son precisamente mi fuerte.
—No te pongas así. No es que vayamos a la guerra. Solo quiero tener algo a mano para cuando aparezcan los malos. Piensa en Ossana —expresó Tom.
Al oír el nombre de Ossana Ibori, Cloutard asintió con entusiasmo y cogió una Walther PPK. —El arma elegida por los caballeros —dijo.
Modest se rio y señaló un gran armario en una de las paredes. —La munición está ahí dentro. —Se volvió hacia Tom—. ¿Algo más?
—Sí. Necesitaremos comunicadores —contestó Tom mientras metía en una bolsa negra un FN P90 y una Glock ambas con silenciador, una funda de pistola, un chaleco antibalas, un cuchillo y las granadas de mano.
—¿Así que tendremos que aguantarte de nuevo en nuestros oídos? —dijo Cloutard.
Gagarin los llevó a una de las muchas mesas que había en la sala.
A Tom se le iluminó la cara al ver el último equipo de comunicaciones de combate audiovisual.
—Perfecto —exclamó, añadiendo algunas piezas seleccionadas a su bolsa—.
También vamos a necesitar un vehículo —añadió Tom, más en broma que otra cosa.
En realidad, no esperaba que Modest tuviera algo así para ofrecer.
Pero Modest sonrió. —Creo que podría tener justo lo que necesitan.
Cloutard y Tom se miraron sorprendidos y siguieron al ruso, que abrió de un empujón una puerta de madera al final de la sala. A Tom se le paró el corazón. Ante él había un Toyota Tundra 6x6 Hércules totalmente nuevo con todos los extras.
—¿Servirá esto? —preguntó Gagarin retóricamente.
—Oh, desde luego —dijo Tom.
Modest rebuscó en un cajón y sacó dos llaves que le entregó a Tom sin dudarlo.
—¿Las tarifas de siempre? —preguntó Cloutard.
Modest asintió.
De repente, unas sirenas se pusieron a sonar, como en las películas de ciencia ficción cuando algo en la nave se estropea.
—¿Qué demonios es eso? —gritó Tom por encima del estruendo.
—El timbre —respondió Gagarin con una carcajada. Miró una serie de monitores—. Un anciano, una joven y… —La voz de Gagarin vaciló un instante—. ¿…un cura?
—Sé que parece el principio de un chiste, pero solo son nuestros amigos —dijo Tom—.
Tenemos nuestros localizadores de teléfono activados, así que siempre sabemos dónde está cada uno.
—A Gagarin no le hizo ninguna gracia oír aquello.
Apreciaba mucho su anonimato. Pero los amigos de Cloutard eran también amigos suyos.
Un poco más tarde, una vez hechas las presentaciones, Hellen desplegó los planos del castillo y de la iglesia cercana sobre una de las grandes mesas y le explicó a Tom lo que había descubierto.
Estudiaron los dibujos arquitectónicos con detenimiento y volvieron a echar un vistazo a las imágenes por satélite. Entonces Tom se dirigió hacia Gagarin.
—Modest. ¿No tendrás por casualidad un helicóptero o una avioneta?
—No, pero tengo algo mucho mejor —dijo Modest, arqueando las cejas con picardía.
Cuando el crepúsculo se cernía sobre la vieja granja, el imponente Toyota Tundra salió con estruendo por el portón.
Desde su posición, el Kahle no podía ver qué había ocurrido en el patio de la granja.
Llevaba horas sentado en su todoterreno aparcado, fuera de la vista de la entrada, observando.
Cuando el Toyota se marchó, se bajó del coche y se acercó lentamente al portón de la granja. Lo aporreó varias veces con el puño.