42 EMPRESA DE ARQUITECTURA Y CONSTRUCCIÓN MOSTOSTROI
EMPRESA DE ARQUITECTURA Y CONSTRUCCIÓN MOSTOSTROI
NIZHNI NÓVGOROD
—Por favor, tomen asiento —dijo el hombre, señalando con un gesto dos sillas frente a su caótico escritorio—.
Me alegra enormemente que hayan acudido a mí para que los asesore.
El castillo de Sheremetev fue uno de nuestros proyectos más ambiciosos.
Por desgracia, los inversores se quedaron sin dinero.
—Mantenía los hombros excesivamente rectos y la barbilla levantada—. Intentamos...
No pudo decir más, porque, en el instante en que la puerta se cerró tras ellos, Arthur le clavó una pistola paralizante en el cuello. Sujetaron al hombre mientras caía entre espasmos y depositaron con cuidado su cuerpo inconsciente en el suelo.
—De todos modos, la conversación era muy aburrida... —dijo Arthur, y le guiñó un ojo a Hellen. Ella frunció el ceño e inclinó la cabeza con gesto interrogante—. Star Wars. Han Solo. —Arthur puso los ojos en blanco y se rio.
—Conque de ahí lo saca Tom. Siempre está citando películas.
Pero ahora no hay tiempo para eso. Y como no tenemos a R2 con nosotros, tendrás que usar la Fuerza para encontrar los planos.
¡Manos a la obra! —Esta vez fue Hellen quien le sonrió, y Arthur se echó a reír—.
Tú encárgate de ese archivador de planos, yo revisaré la computadora.
—Pulsó la barra espaciadora para sacar al viejo ordenador del modo de suspensión.
En la pantalla apareció un campo para la contraseña, en cirílico.
—Olvídalo —dijo—. Jamás conseguiré entrar aquí.
A pesar del pequeño contratiempo, centró su atención en un segundo archivador de planos y abrió el primer cajón con el mayor sigilo posible.
—La señorita Moneypenny, esa golondrina de recepción de ahí fuera, podría entrar en cualquier momento con los aperitivos que supongo que su jefe le ha pedido antes —dijo Arthur.
—Se dice “asistente ejecutiva” —lo rectificó Hellen, arrugando la nariz ante la ocurrente elección de palabras de Arthur, por muy acertada que fuera.
Sacaron frenéticamente un cajón tras otro, revisando los distintos planos y documentos que había dentro. Hellen sacó una gran carpeta del cajón inferior y la puso sobre el archivador. La abrió y ojeó los planos.
—He encontrado algo —susurró.
—Yo también.
Arthur se acercó a ella y examinó los planos que tenía delante.
—Ese no es el castillo. Lo tengo aquí. —Levantó varios planos enrollados.
—Lo sé, pero mira esto. Son los planos originales del siglo XIX. —Señaló un punto en el dibujo y su dedo recorrió varias líneas sobre el papel.
—Recógelo —dijo Arthur con urgencia—. Tenemos que largarnos de aquí. Ya lo miraremos luego.
—Está bien, lo tengo. —Enrolló los planos y se apresuraron hacia la puerta.
Hellen ya estaba alargando la mano hacia el pomo cuando la puerta se abrió de golpe desde fuera.
La ayudante apareció de repente en el umbral, con una amplia sonrisa y sosteniendo en equilibrio una bandeja con café y galletas en una mano.
Lo primero que vio fueron las piernas de su jefe, que sobresalían por detrás de la puerta. Su sonrisa se desvaneció.
—¿Qué está ocurriendo aquí?
—Se ha sentido tan abrumado por la noticia que se ha desmayado —dijo Hellen, y pasó junto a la mujer apartándola de un empujón.
A la secretaria se le cayó la bandeja del susto y corrió al lado de su jefe, gritando e insultando a Arthur y a Hellen en ruso mientras estos huían.
Ellos la ignoraron y se dirigieron a la salida del edificio tan rápido como pudieron.
El padre Fiódor arrancó el coche en cuanto los vio atravesar corriendo el umbral del edificio. El conserje salió justo detrás de ellos, gritando, con un teléfono en la mano, llamando ya a la policía.
—¿Qué ha pasado? —preguntó el padre Fiódor.
—¡Pisa a fondo! —fueron las palabras de Arthur una vez que él y Hellen estuvieron en el coche.
—¡Somos literalmente un equipo de impacto! —exclamó Hellen feliz mientras agitaba los planos en el aire—. ¡Y sé cómo podemos sacar a tu padre de ahí!