41 HOTEL BARATO EN NIZHNI NÓVGOROD
HOTEL BARATO EN NIZHNI NÓVGOROD
—He concertado una reunión para dentro de quince minutos.
Tom miró a Cloutard y frunció el ceño. —¿Una reunión? ¿Con quién?
—Con alguien que puede proporcionarnos el equipo necesario. ¿O es que pensabas que te lo iban a traer a casa? —dijo Cloutard.
—Estoy deseando verlo —comentó Tom mientras se dirigían al ascensor—. ¿Vamos a conocer al Cloutard ruso?
—No exactamente. Ya sabes que solo puede haber uno.
—Pues díselo a los que hicieron Highlander 2, 3 y 4 —replicó Tom.
—Tom, deja de hablar en esa jerga de excéntrico del cine, por favor. Tenemos que pensar en lo que vamos a hacer cuando tengamos el equipo. Le hiciste una solemne promesa al cura de que encontrarías a su padre. Pero, si te conozco bien, no tienes ni idea de cómo vamos a hacerlo.
—Lo primero es lo primero —respondió Tom con calma, haciendo una seña para detener un taxi.
Veinte minutos después, el taxi los dejó en una granja vieja, ruinosa y de aspecto abandonado a las afueras de Nizhni Nóvgorod. Todo a su alrededor parecía desierto. O casi todo… Cloutard señaló la línea del tejado, por encima de una verja en el muro que rodeaba la propiedad. —Cámara.
Tom se llevó una mano a la frente para protegerse del sol. —Mierda. Jamás me habría dado cuenta.
Cloutard se acercó al lado izquierdo de la vieja verja de madera y dio varios golpes bajo la bisagra inferior. —El viejo y fiable código Morse —dijo.
Tom lo miró sorprendido. —¿Sabes morse?
Cloutard le devolvió la mirada y enarcó las cejas. —¿Tú no? ¡Menudo aficionado! Hoy en día es muy difícil encontrar ayuda competente.
—A mí me lo vas a contar —dijo Tom, sonriendo. Sonó un zumbido y la vieja cancela de madera empezó a moverse—. Bueno, inspector Clouseau, ¿volvemos a lo importante?
Tom ya estaba entrando por la verja y atravesando el patio, donde había tres vehículos de aspecto estrafalario.
Parecían híbridos, improvisados en forma de tanque, helicóptero, barco y hasta un vehículo anfibio.
Cada uno de ellos, ensamblado a partir de una colección aleatoria de piezas sueltas.
De hecho, más que vehículos militares en funcionamiento, parecían esculturas.
Solo entonces pudieron ver Tom y Cloutard que el patio interior tenía un aspecto muy diferente al del exterior: no se parecía tanto a una granja en decadencia como a una base militar moderna.
Un perro de raza rottweiler monstruoso salió trotando de una puerta.
Se detuvo y se les quedó mirando, luego enseñó los dientes y ladró, aunque su ladrido sonó más como el rugido de un oso o de un león.
—Quieto, Isidor —ordenó una voz que rasgó el aire. Los ladridos cesaron y el perro se tumbó; la expresión de su cara pasó de amenazante a curiosa. Tom nunca había visto a un perro responder tan rápida y directamente a las órdenes humanas.
En el umbral se encontraba un hombre de unos cuarenta y cinco años, en pantalones cortos y con unas gafas de sol muy oscuras, pero lo más llamativo de él era la chillona camisa hawaiana que llevaba abierta hasta el ombligo.
—Flavio Briatone ha llamado. Quiere que le devuelvas su ropa —le susurró Tom a Cloutard.
—¡François! —exclamó el hombre. Luego corrió hacia el francés y lo rodeó con los brazos en un cálido abrazo.
—¿Hay algún lugar en el mundo donde no tengas amigos? —preguntó Tom, asombrado.
—¡Este tipo! —exclamó el hombre, dándole una palmada en el hombro a Cloutard—. Me salvó la vida cuando unos desagradables agentes del KGB estaban a punto de descuartizarme.
—Les robaste su dinero —señaló Cloutard.
—No. Lo tomé prestado. Pensaba devolvérselo. Algún día.
—Tom, quiero presentarte a Modest Gagarin —dijo Cloutard—. Y, antes de que lo preguntes, no, su padre no se llama Yuri. Modest, este es Tom Wagner.
Modest asintió. —Ya he oído hablar bastante de ti. ¡Pasen, pasen!
No muy lejos de allí, un todoterreno negro llevaba varios minutos parado. El Kahle, sentado dentro, había observado cómo Tom y Cloutard se bajaban del taxi y entraban en la granja.