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NIZHNI NÓVGOROD
Hellen, Arthur y el padre Fiódor estaban sentados en su pequeño coche de alquiler, mirando el edificio de oficinas al otro lado de la calle.
El padre Fiódor, que conocía bien las calles de Nizhni Nóvgorod y se negaba a quedarse de brazos cruzados esperando en el hotel, se ofreció como chófer.
La vida de su padre estaba en juego y quería ayudar.
Hellen había investigado un poco por su cuenta en internet y, con el apoyo del padre Fiódor —el Traductor de Google no le sirvió para nada—, consiguió encontrar su destino.
Descubrieron que, antes de que lo comprara El Galés, el castillo había sido reconvertido parcialmente en un hotel.
Anterior a eso, permaneció vacío durante décadas.
Yendo aún más atrás en su historia, descubrieron que fue utilizado como hospital tanto en la Primera como en la Segunda Guerra Mundial.
La transformación del ruinoso castillo en un hotel había sido encargada a un estudio de arquitectura local, pero la falta de dinero y de huéspedes hizo que el proyecto fracasara.
Eso allanó el camino a un inversor extranjero bien relacionado con los políticos corruptos de la zona.
Berlin Bryce compró el lugar por una miseria y, desde entonces, solo Dios sabía qué había hecho con él.
Tras analizar las imágenes por satélite con más precisión, Tom llegó a la conclusión de que Bryce tenía toda la finca rodeada con vallas electrificadas que seguían el trazado de las antiguas murallas.
El plan de Hellen y Arthur era encontrar los planos originales del castillo con la esperanza de hallar una forma alternativa de entrar.
—Vámonos. El tiempo apremia —dijo Hellen, y salió del coche. Ella y Arthur cruzaron la calle juntos. El padre Fiódor se quedó sentado al volante, de mala gana.
La empresa de arquitectura y construcción Mostostroi tenía sus oficinas en la última planta del modesto edificio.
Mientras Hellen y Arthur caminaban desde el ascensor hacia la puerta de cristal, a ambos les quedó claro que no estaban en Londres ni en Nueva York.
La recepción era pequeña y cargada. La secretaria sentada detrás de un mostrador le dio una larga calada a su cigarrillo y tosió.
Cuando vio que Hellen y Arthur se acercaban, apagó rápidamente el recién comenzado pitillo y roció ambientador por todas partes como una loca.
—Dobry den —dijo la joven, forzando una sonrisa.
—Hola. ¿Habla usted inglés? —preguntó Hellen.
—Sí. ¿En qué puedo ayudarles? —respondió la mujer con un fuerte acento.
—Me llamo Hellen de Mey. Trabajo para Blue Shield, una organización asociada a la UNESCO.
Nos gustaría hablar con uno de sus ingenieros, el señor Mischa Kusnezov.
La UNESCO está considerando incluir el castillo de Sheremetev, en Yurino, en su lista de Patrimonio de la Humanidad.
Me gustaría tratar este asunto con el señor Kusnezov lo antes posible.
La secretaria se esforzó por asimilar cada palabra, pero Hellen pudo ver que el traductor simultáneo que tenía en la cabeza sufría un ligero retraso.
Sin embargo, al oír la palabra «UNESCO», la mujer se irguió un poco y, cuando vio la identificación de Blue Shield de Hellen, se puso en pie de un salto.
—Por supuesto. ¡Ahora mismo! Por favor, tomen asiento.
—Es muy urgente —insistió Hellen, y solo aceptó de mala gana que la condujeran a la zona de espera. Tanto ella como Arthur rechazaron bruscamente el ofrecimiento de un café.
—¡Vuelvo enseguida! —dijo la mujer, y luego se disculpó varias veces y corrió por el pasillo hacia el despacho de su jefe, al fondo del edificio.
—No hay duda de que estamos en Rusia —murmuró Arthur, mirando los cuadros y planos que decoraban las paredes.
Un minuto después, el hombre salió apresuradamente de su despacho, con su ayudante girando a su alrededor como un satélite, dándole tironcitos y cepillándole el traje.
Mientras él se metía la camisa por dentro del pantalón y se pasaba los dedos por el pelo, ella le arregló rápidamente la corbata.
Unos nerviosos murmullos en ruso subrayaban la surrealista escena.
—¡Buenas tardes! ¡Bienvenidos! —saludó Mischa Kusnezov, estrechando con entusiasmo las manos de Hellen y Arthur—. Por favor, pasen por aquí. —Le ladró algo en ruso a su ayudante y esta desapareció en la cocina a por unos refrescos. El ingeniero acompañó a Hellen y a Arthur hasta su despacho.