39 UN HOTEL BARATO EN NIZHNY NÓVGOROD
UN HOTEL BARATO EN NIZHNY NÓVGOROD
—¿Cómo vamos a averiguar adónde se han llevado al padre Lazarev? —preguntó Hellen. Junto con el padre Fiódor, los cuatro se habían registrado en el primer hotel que encontraron. Necesitaban paz y tranquilidad para trazar un plan.
—Ustedes son un equipo de vanguardia, ¿verdad?
¿No conocen a nadie que sepa manejar bien computadoras?
Pulsas unas cuantas teclas y, ¡voilà!, la información aparece en la pantalla como por arte de magia —bromeó Arthur, agitando las manos igual que un prestidigitador. El padre Fiódor sonrió entre dientes.
Pero Hellen, Cloutard y Tom se miraron unos a otros con desánimo.
—¡Merde! —maldijo Cloutard, disgustado. Era demasiado pronto: la herida aún estaba abierta. Noah había sido su hombre para ese tipo de cosas. Pero esos días habían quedado atrás.
—Estamos en Rusia. ¿No crecen los hackers aquí en los árboles? —bromeó Hellen, intentando aligerar el ambiente, que de repente se había vuelto sombrío.
Tom miraba al vacío, pero una sombra de sonrisa asomó a su rostro. Se levantó y se disculpó un momento.
—¿Adónde vas? —preguntó Hellen.
Tom desapareció en el cuarto de baño sin decir palabra.
—Así que no hay hacker —dijo Arthur, y se reclinó en la silla.
Diez minutos después, Tom salió del baño y se reunió en silencio con los demás. Puso su portátil sobre la mesa que tenía delante, lo abrió y miró a su alrededor. Ellos intercambiaron miradas de perplejidad y, al final, todos los ojos se posaron en Tom.
—¿Qué? —inquirió Tom, sorprendido de que todos lo estuvieran mirando fijamente.
—¿A qué ha venido eso? —preguntó Hellen.
—¿A qué te refieres?
—¿Por qué tanto secretismo?
—¿Qué secretismo? He ido al baño.
Hellen, Arthur y Cloutard empezaban a molestarse.
—Tom, si intentas tomarnos el pelo, vas a tener que esforzarte más. ¡Ni siquiera has tirado de la cadena! —lo reprendió su abuelo.
—Ni se ha lavado las manos. ¡Terriblement! —Cloutard negó con la cabeza.
—Tom, aquí no estamos en nuestra gran suite. Las paredes son muuuy finas —añadió Hellen.
Supo que lo habían pillado. Enfandado consigo mismo, intentó salvar la situación como pudo.
—Tenía una idea y quería comprobarla antes de decir nada y hacerles ilusiones —dijo—. Si esto funciona, pronto sabremos qué ha pasado —lanzó una mirada al padre Fiódor— y dónde ha acabado tu padre.
El desconcierto de sus amigos no hizo más que aumentar.
—¿Y bien? —preguntó Hellen.
—¿Cómo que «y bien»? —Tom no quería decir más, pero nadie iba a dejar que se librara. Arthur prácticamente fulminaba a su nieto con la mirada.
—¡Vale, vale! Me puse en contacto con un tipo del Pentágono, un colega de mi tío, y le pedí que me enviara imágenes por satélite de la zona del lago de la que nos hablaste —dijo, mirando al padre Fiódor.
El desconcierto en los rostros que lo rodeaban se transformó en asombro.
—¿Así, sin más? —preguntó Hellen.
—Eh, sí, así, sin más —dijo Tom a la defensiva—. El tipo todavía le debía un favor al tío Scott, y llevan mucho tiempo vigilando Rusia muy de cerca desde el espacio. Eso no ha cambiado ni un ápice —continuó. Justo en ese momento, sonó la notificación de su correo electrónico y abrió el mensaje.
—Echemos un vistazo —dijo, haciendo clic en el enlace del correo. Se abrió una nueva ventana.
—¿Google Earth? —preguntó Hellen. Decidió guardarse por el momento cualquier otra duda sobre el secretismo de Tom. A primera vista, la ventana que se abrió se parecía a Google Earth, salvo que la calidad y los controles eran diferentes.
—No exactamente. ¿Cuándo secuestraron exactamente a tu padre?
—El martes por la noche —dijo el padre Fiódor.
Los dedos de Tom volaron sobre el teclado, y los resultados aparecieron al instante. Grabaciones por satélite de alta resolución en modo de imagen térmica parpadearon en el monitor. Hellen, Cloutard y Arthur, picados por la curiosidad, estaban ahora de pie y miraban por encima del hombro de Tom.
—Es un nivel de detalle aterrador —murmuró Hellen—. Bueno, no es Google Earth.
La pantalla mostraba una zona boscosa que rodeaba un pequeño lago. No lejos de la orilla se alzaba una iglesia. El vídeo mostraba a dos personas frente al edificio y a una más en el interior. Había un coche aparcado delante de la iglesia.
De repente, otras cuatro figuras, de un naranja brillante, entraron en la imagen por el borde de la pantalla, en dirección a la iglesia.
Hubo un destello y las dos figuras apostadas frente a la iglesia cayeron al suelo.
Tres de los recién llegados irrumpieron en la iglesia.
Unos segundos después, apareció una furgoneta que se detuvo delante.
El padre Fiódor suspiró y se tapó la boca con una mano.
Tom se dio cuenta de lo doloroso que debía de ser aquello para el sacerdote y avanzó rápidamente unos minutos para ahorrarle las escenas que siguieron.
Al poco tiempo, la furgoneta se alejaba.
El sacerdote, visiblemente conmocionado, se sentó en el pequeño sofá. Hellen se le acercó.
—Encontraremos a tu padre —afirmó Hellen, rodeando al hombre con un brazo para tranquilizarlo.
Arthur asintió y dijo:
—Mi nieto es el mejor en lo que hace. Recuperará a tu padre, estoy seguro.
Tom ya había seguido la furgoneta hasta su destino y estaba investigando un poco en internet.
—No vais a creer esto —anunció al cabo de un par de minutos. Una vez más, captó toda su atención.
—Mon dieu... ¡Es El Galés! —exclamó Cloutard al reconocer una foto de Berlin Bryce en el monitor de Tom—. Es una versión repugnante de mí.
—Sabía que había una razón por la que parecía sospechoso —dijo Tom.
La pantalla mostraba un artículo sobre Berlin Bryce, un reportaje acerca de cómo el empresario británico había comprado el legendario castillo de Sheremetev en la pequeña ciudad de Yurino, a orillas del río Volga.
Según el comunicado oficial, tenía previsto renovar el lugar y devolverle su antiguo esplendor.
—Ahí es donde tienen retenido a tu padre —dijo Tom, señalando el castillo que se veía al fondo de la foto.
—Conozco ese lugar —intervino el padre Fiódor—. La gente lo llama la «Perla del Volga». Lo construyó la familia Sheremetev. Eran de la vieja nobleza, parientes de los Romanov. Y si no recuerdo mal, el anterior propietario del castillo está enterrado en la cercana iglesia de San Miguel Arcángel.
Tom estudiaba con atención las imágenes por satélite. —Parece que El Galés tiene allí un pequeño ejército acuartelado. He contado más de cincuenta hombres pululando por el lugar. Esto no va a ser nada fácil..
—Necesitamos los planos de la propiedad —dijo Cloutard.
—Había algo ahí sobre unas reformas, ¿verdad? ¿Quizá los planos estén en el despacho del arquitecto? —añadió el abuelo de Tom. Había estado de pie, en silencio y sin participar, todo ese tiempo.
—Muy bien, gracias por ofrecerte voluntario.
Hellen, tú y Paps pueden encontrar los planos —dijo Tom.
Había adoptado un tono de mando que los pilló a todos por sorpresa—.
Solo falta una cosa. No podemos llamar a la puerta principal y decirles que vamos a inspeccionar los tapices.
—Hizo una pausa, y su abuelo le sonrió para animarlo—. Necesitamos armas. Muchas armas.
—Tranquilo, Neo —dijo Cloutard, y le dio una palmada conciliadora en el hombro a Tom.
El padre Fiódor frunció el ceño y levantó las manos como si se rindiera. —Soy un hombre de Dios. En eso no puedo ayudarles.
—Pero yo sí —afirmó Cloutard.
—A ver si lo adivino —dijo Tom con una sonrisa—. Conoces a alguien que conoce a alguien que se enriquece de una forma no del todo legal comprando y vendiendo cosas que reducen la esperanza de vida.
—Estamos en Rusia. El tráfico de armas aquí es tan normal como el vodka y el borscht. —El francés sonrió de oreja a oreja y se puso a buscar en la lista de contactos de su móvil.