La ciudad invisible (Una aventura de Tom Wagner 3) 37 CASTILLO DE SHEREMETEV
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37 CASTILLO DE SHEREMETEV

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YURINO

El padre Lazarev estaba llegando al límite de su resistencia.

En las últimas horas, varios hombres le habían gritado, golpeado y torturado.

Llevaba mucho tiempo sin beber nada. El sudor y la sangre cubrían su envejecido cuerpo.

Le dolía todo. Y ya no podía soportar la presión mental a la que lo habían sometido.

Lo único que lo mantenía con vida era el deber que le habían encomendado hacía mucho tiempo.

Eso, y el pensamiento de que no estaba solo a la hora de garantizar que el secreto de Kitezh siguiera a buen recaudo, pues muchos años antes había tomado la precaución de entregarle el cofre a Arthur para que lo custodiara.

Podía confiar plenamente en Arthur Julius Prey Estaba convencido de que el cofre se encontraba a salvo en algún lugar al otro lado del mundo.

Era muy poco probable que los hombres que lo retenían hubieran dado con la pista que llevaba hasta su fiel amigo.

El padre Lazarev cerró los ojos, se reclinó y respiró con calma.

Que lo mataran. Aunque les contara lo que sabía, no les serviría de nada. En sí, el camino era solo una parte del todo, y no serían capaces de reunir todas las demás. A pesar del terrible dolor que atenazaba su cuerpo, el padre Lazarev sonrió. El legado de Kitezh sobreviviría.

Se abrió la puerta y el hombre calvo, el que más dolor le había infligido en las últimas horas —y que incluso parecía disfrutar con ello—, entró en la pequeña estancia.

El padre Lazarev rezó a Dios para que aquel fuera el final; quería ser liberado de su sufrimiento.

Sabía que podía permitirse ser débil, porque no necesitaba llevarse el secreto a la tumba.

—Ha llegado a nuestro poder algo que te resultará familiar, viejo —dijo el Kahle.

Un oscuro presentimiento arraigó en la mente del padre Lazarev.

Antes de que pudiera preguntarse qué quería decir el hombre, este le puso un teléfono móvil delante de la cara.

En la pantalla se veía una imagen nítida del cofre.

El sacerdote palideció por completo. No pudo controlar sus emociones; un horror absoluto se apoderó de él.

El hombre sonrió.

—Ha sido una coincidencia la que nos ha llevado hasta él.

Lamentablemente, el destino no siempre está del lado de ustedes, los hombres de la Iglesia.

—Se dio la vuelta y le gritó a alguien que estaba fuera—.

Tráiganle algo de comer y de beber, y cúrenle las heridas.

Todavía lo necesitamos un poco más. Hay que ayudarlo a recuperar sus fuerzas.

Parece que aún tiene mucho que contarnos.

El rostro del Kahle se contorsionó en una mueca diabólica.

—Nadie ha podido resistir nunca mis métodos, y no vas a ser el primero, viejo.

También quebrantaré tu voluntad. —Salió de la estancia y, pocos minutos después, entró otro hombre con agua y un cuenco de sopa caliente.

El corazón del padre Lazarev se aceleró.

Tenía miedo, pero había recuperado el ánimo.

Así que, después de todo, ahora dependía de él.

Empezó a rezar. Con la ayuda de Dios, seguiría soportando la tortura.

De repente, el anciano se sintió sobrecogido, como si el mismísimo Creador le hablara directamente.

Sintió que no era el final. Sintió que el Todopoderoso enviaría a sus ángeles para ayudarlo. Solo tenía que aguantar un poco más.