36 HOTEL KULIBIN PARK
HOTEL KULIBIN PARK
NIZHNI NÓVGOROD
—¿Hellen? ¿Estás lista? El servicio de habitaciones traerá el desayuno en cualquier momento. —Miró su reloj mientras caminaba de un lado a otro por el salón de la suite que compartían con dormitorios separados, por supuesto.
—Estupendo —exclamó Hellen al salir de su habitación—. Me muero de hambre. —Se había puesto una sencilla camiseta blanca, vaqueros y unas zapatillas New Balance. No llevaba nada de maquillaje y se había recogido el pelo en una práctica coleta.
A Tom le costaba imaginar un atuendo más simple, pero a pesar de ello —o quizá por eso mismo—, la encontró absolutamente cautivadora. —A mí también me rugen las tripas —dijo él.
Llamaron a la puerta y Tom, por si acaso, miró por la mirilla. Enarcó las cejas, sorprendido.
Hellen interpretó la mirada correctamente. —Supongo que no es el desayuno —expresó—. ¿Quién es?
Tom se limitó a abrir la puerta como respuesta.
—Buenos días. ¿Me permite entrar? —Era el padre Fiódor.
—Por supuesto —respondió Tom, y se hizo a un lado.
El padre Fiódor sonrió al volverse hacia Hellen e inclinó la cabeza a modo de saludo. Miró a su alrededor, inspeccionando el interior de la suite por un momento.
—Por favor, tome asiento —agregó Hellen, y señaló los pequeños sillones de cuero dispuestos alrededor de la mesa que se hallaba en mitad del salón.
—Lamento presentarme así sin avisar, pero es una emergencia.
—No se preocupe —dijo Tom—. ¿Qué podemos hacer por usted?
—Eso es algo que preferiría tratar en otro lugar, si no les importa —susurró el sacerdote, mirando alrededor con recelo—. En este lugar no. Estamos en Rusia. Aquí las paredes tienen oídos.
—Pero el desayuno está en camino —protestó Tom, lo que solo le valió una mala mirada de Hellen.
—Es sobre la cruz. Prefiero que salgamos. Podremos hablar sin peligro ahí fuera —explicó el padre Fiódor, y se giró hacia la puerta.
—Por supuesto —dijo Hellen. La cruz era más importante que el desayuno.
Tom suspiró. Cogió la mochila con el portátil dentro y siguió a Hellen y al sacerdote fuera de la habitación.
El hotel estaba situado al borde del parque Kulibin, frente a la iglesia de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo.
Justo después de la iglesia, el padre Fiódor se desvió por un sendero que se adentraba en el parque.
Tras un corto trecho, y sin dejar de mirar a su alrededor con cautela, volvió a hablar.
—Temía que intentaran robarla —dijo.
—¿Quiénes son «ellos»? ¿Y qué sabe usted de la cruz que nosotros no sepamos? —preguntó Tom.
—Debería haberles advertido que otros..., ejem, individuos también están buscando la ciudad invisible.
—Eso no me sorprende —dijo Hellen—. El mito de Kítezh existe desde hace cientos de años, y la gente lleva buscándola desde entonces.
El padre Fiódor bajó la mirada al suelo. —Es cierto. Pero la gente de la que hablo no duda en secuestrar, chantajear y matar para conseguir lo que quiere. Probablemente sean los mismos que intentaron robar la cruz anoche.
—¿Quiénes son? —preguntó Tom.
—No lo sé con exactitud —dijo el sacerdote—. Pero estoy seguro de que solo quieren apropiarse de los tesoros de la ciudad invisible, y harán cualquier cosa por conseguirlos. La mitología y el patrimonio histórico de Rusia no significan nada para ellos. Solo les importa el dinero.
El padre Fiódor se detuvo varios segundos, como si estuviera librando una lucha interna. Parecía a punto de decir algo más, pero se contuvo y no dijo nada.
—Padre. ¿Puedo preguntarle por qué ha acudido a nosotros? Obviamente, sabe más de lo que nos ha contado hasta ahora —inquirió Hellen. Tom observaba al sacerdote con atención.
—Robar la cruz no tiene ningún sentido. La cruz no les ayudará a encontrar Kítezh. No tengo ni idea de por qué la persiguen —dijo el padre Fiódor, casi para sí mismo.
Tom y Hellen intercambiaron una mirada de recelo.
Estaba claro que el sacerdote sabía más sobre Kítezh de lo que decía.
Y Hellen conocía bien a Tom: a él no le gustaba nada que intentaran llevarlo por un camino equivocado, y mucho menos tenderle una trampa.
En el mundo de Tom, ocultar información equivalía a mentir, así que su reacción no la sorprendió en absoluto.
—Con todos mis respetos, padre Fiódor, cualesquiera que fuesen sus razones para no revelar la totalidad de lo que sabía, ahora es el momento de que nos cuente la completa verdad. O estaremos en un avión de vuelta a Viena más rápido de lo que tarda en decir Na sdorówje.
Hellen sonrió. Tom, como muchos otros, no era consciente de que «Na sdorówje» no era la forma en que los rusos decían «salud». Decidió que no era el momento de sacarle del error.
—Sí, por supuesto. Se han ganado el derecho a conocer toda la historia. —El padre Fiódor respiró hondo varias veces y cerró los ojos antes de continuar—: Fui yo quien colocó la Cruz de Kítezh sobre la tumba de San Pedro.